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Seguro que todos ustedes recuerdan lo que estaban haciendo la noche del domingo 11 de Julio del año 2010. Es una de esas fechas que nunca se olvidan. Una volea perfecta de Andrés Iniesta en el Soccer City de Johannesburgo permitía a la selección española alzar la Copa del Mundo de Fútbol. Toda España se echó a la calle. Nuestro país, que desde el final de la dictadura se ha caracterizado por no ser demasiado generoso a la hora de mostrar públicamente su amor a la patria, se echó a la calle para celebrar un acontecimiento histórico. No hacía falta ser futbolero para estar feliz. La Roja es algo que nos une a todos y, como es evidente, cualquier español prefiere que gane un partido “su selección” antes que otro combinado extranjero. Resumiendo, que todos los españoles quieren que gane España. Esta frase tan obvia es sobre la que gira todo el artículo. En mis 24 años de vida nunca he coincido con una persona nacida en mi mismo país que se declare abiertamente seguidora de otra selección. Nunca he escuchado en un bar: “Yo soy de la selección italiana.” Cuando naces te dan una nacionalidad y esa es la que te representará cada 4 años en la Copa Mundial de la FIFA. Hasta aquí todo claro. Pero, ¿qué pasa con las competiciones de clubes? ¿Alguien me puede explicar por qué un vallisoletano que ha vivido toda su vida en el Paseo Zorrilla prefiere que gane el Real Madrid cuando se enfrenta en un partido liguero al Real Valladolid?

Es una cosa que nunca entenderé. El fútbol es una actividad en la que mandan los sentimientos. Hay 11 jugadores vestidos con un uniforme concreto para representar a un colectivo. Si lo comparamos mediante un símil bélico, son los soldadas de una ciudad o país en una batalla deportiva. Yo no soy capaz de animar a un equipo que no sea el de mi ciudad. Creo que es lógico. Me puede gustar mucho como juega el Barça de Guardiola o puedo quitarme el sombrero ante la clase de Cristiano Ronaldo, pero ninguno de los dos me representa. Cada vez que veo un estadio vacío me da mucha pena. Siento envidia sana (si existe) de la tradición británica. Allí son de su equipo pase lo que pase, y van al estadio sea cual sea el rival. No hay nada más triste que las gradas de un estadio vacías. El fútbol es de la gente, del que grita, del que llora, del que sufre, del que viaja, del que paga… Por muy buenos que sean los jugadores que saltan al terreno de juego, si el partido es a puerta cerrada el espectáculo desaparece. Los aficionados son lo que dan sentido al deporte rey, y por ese motivo tienen que responder a unos valores naturales. La frase que da título a esta columna es, en cierto modo, la traducción al inglés de una leyenda que ya se puede leer en más de un estadio español. Dice así: “Puede que mi equipo no sea el mejor, pero tampoco mi novia es la más guapa y yo la quiero más que a ninguna.”

Si permitimos que los campos de fútbol se vacíen, como ocurre cada 15 días en Getafe, por ejemplo, estaremos siendo cómplices de la destrucción de un deporte que una noche sudafricana nos elevó al Olimpo de los dioses gracias a un gol irrepetible que tantas generaciones habían estado esperando.

1 Comentario

  1. El 11 de julio fue el peor día de mi vida.

    Nací en Madrid y ahí he vivido toda mi vida. No por ello me he de alegrar si un tipo de Albacete mete un gol en la final del Mundial. De hecho he estado en Holanda y la de allí me parece gente mucho más razonable que los españoles.

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