Son tus ojos los que te engañan

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Con ojos despiertos espero mi próximo trofeo. Retiro suavemente mi arma de su funda, la acaricio, la miro, observo con detenimiento su elegante belleza, es sin duda un instrumento perfecto. Dirijo el objetivo hacia esa nueva presa, pasará por delante de mis ojos y la poseeré eternamente, aguanto la respiración… CLIC! Lo he vuelto a hacer, he detenido el tiempo, he vuelto a plantarle cara al viejo Cronos. Una vez apretado el disparador ya no hay vuelta atrás, ahora, ese preciso instante, me pertenece para siempre.

Se trata del poder de poseer momentos. Tomar fotografías me hace sentir un ser superior, una especie de ladrón del tiempo. Todo está estático, esa quietud permite analizar minuciosamente un momento que no fue tan maravilloso hasta que fue captado por la cámara. A veces siento que la verdadera realidad vive dentro de las fotografías, que la lente es más poderosa que el ojo, que el ojo tiende a falsificar nuestra percepción, y que la cámara es el instrumento que nos enseña a contemplar la cara más sincera de la realidad.

La lente no tiene caprichos ni prejuicios, no siente pena ni complacencia, no se asombra ante lo bello ni se sobrecoge ante lo miserable, sencillamente reproduce la realidad sin esperar nada a cambio. El ojo humano es un instrumento totalmente viciado lejos de toda subjetividad, educado para responder de una u otra manera ante los diferentes estímulos, coartado por consiguiente para percibir la esencia de las cosas, manipulado por ridículos cánones ya establecidos y lleno de absurdas pretensiones.

Por eso ya sólo me fío de los desnudos de Mann Ray, de la guerra de Robert Capa, de la magia de Cartier Bresson, de la injusticia de Dorotea Lange, de la angustia de Raymon Depardon, de la picaresca de Ed Van der Elsken, de los retratos de Philippe Halsman, de la perspectiva de Sally Man, de la naturaleza muerta de Irvin Penn o de la iluminación de Edgard Weston. Ellos también decidieron no fiarse más de sus ojos, decidieron que querían ser privilegiados, decidieron que querían conocer la verdadera realidad, y se percataron de que para eso tenían que contemplarla a través de sus cámaras.

Fotografía de  Michele Clement

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