Somalia, el cuerno de África… y del mundo

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La crisis alimentaria sufrida por Somalia a finales del 2011 acabó con la vida de más de tres millones de personas. La desesperanza que se apodera del país refuerza la posición de grupos terroristas como Al-Shabab, cuyo control del territorio impide el acceso de los organismos internacionales a las zonas más afectadas.

Hablar de Somalia es hablar del caso más paradigmático de estado fallido de nuestra historia reciente. Con una población de más de ocho millones de habitantes repartidos a lo largo y ancho de una extensión de terreno que equivaldría aproximadamente a la de Francia, los somalíes sufrieron en la segunda mitad del 2011 la que según los medios de comunicación fue la peor sequía de los últimos veinte años (llegando a afectar también a las zonas fronterizas de Kenia y Etiopía). Como consecuencia se produjo una crisis alimentaria que terminó con la vida de tres millones de personas  y de la cual, una vez transcurrido el tiempo, apenas se han vuelto a tener noticias.

La historia de Somalia nunca fue un camino de rosas y, ya desde su independencia en 1960, el país se caracterizó por su inestabilidad política, económica y social. El grupo armado que derrocó al dictador Siad Biarre en la década de los 80, y que llegó a controlar a principios de los 90 prácticamente todo el territorio, se escindió por diversos motivos, aunque los principales fueron las enemistades entre los miembros de los diferentes clanes y etnias.

Dicha situación propició un panorama todavía más convulso, con la desmembración del territorio en dos estados: Somalilandia y Jubaland (e incluso un tercero en 1998: Puntland). Sin embargo, ninguno fue reconocido por la comunidad internacional. En un país asolado por la barbarie que provocaban los denominados “señores de la guerra”, en 1992 habría de sumarse una nueva hambruna, obligando a una intervención directa de Estados Unidos y la ONU. No sería hasta el año 2000 en el que se aprobase una Constitución que estableciera al país como un estado federal. Finalmente, en 2007 las fuerzas etíopes expulsaron de Somalia a las Cortes Islámicas, cuyos herederos, las milicias fundamentalistas de Al-Shabab, son el actual catalizador de una tragedia que parece no tener fin.

En Somalia, el terrorismo es al mismo tiempo la causa y el efecto que retroalimenta la dantesca situación de una población sumida en la desesperanza. Con un presupuesto estimado de unos setenta millones de euros, Al-Shabab cuenta con unos 7.000 miembros y está apoyada por Al-Qaeda. Su principal objetivo radica en establecer un movimiento de resistencia contra el actual gobierno somalí, así como contra sus fuerzas aliadas etíopes. Al Shabab (que literalmente significa “La Juventud”) recluta a sus miembros en los campos de refugiados, especialmente  los situados en la frontera entre Kenia y Etiopía, atestados de jóvenes sin nada que perder y que deciden militar activamente en las filas terroristas. Este grupo controla ya las tres cuartas partes del país y amenaza la presencia extranjera en la zona, motivo precisamente por el que la mayoría de los 49 profesionales que trabajaban en el campo de Dadaab se vieron obligados a regresar a Nairobi en el mes de octubre.

La inaccesibilidad de los organismos de ayuda internacionales a ciertas zonas del territorio es algo muy habitual en Somalia, pero debido a la grave hambruna padecida en los últimos meses de 2011, el desalojo de Dadaab se antojó especialmente dramático, puesto que Médicos Sin Fronteras se vio forzado a anunciar que únicamente atendería los casos de extrema urgencia. Cientos de niños quedaron al borde de la inanición y expuestos a la virulencia de todo tipo de enfermedades por la carencia de galletas nutricionales infantiles y de vacunas.

El campo, originalmente diseñado hace ya más de veinte años para albergar en torno a 90.000 personas, llegó a superar ampliamente su capacidad con casi 500.000 almas a finales de 2011, siendo en ocasiones la afluencia de refugiados de mil personas diarias. En total, en Somalia hay en torno a dos millones y medio de desplazados internos (casi un treinta por ciento de la población total del país).

Una vez más, la determinación de la comunidad internacional a la hora de frenar crisis humanitarias de semejante magnitud ha brillado por su ausencia, a la vez que el mundo desarrollado ha hecho especial gala de su capacidad para hacer la vista gorda ante las miles de muertes que hoy día siguen produciéndose en el cuerno del mundo.

Imagen: Carl Montgomery

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