Sobre la ganadería intensiva

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1884

Según algunos datos publicados por la FAO (Food and Agriculture Organization), a lo largo de todo el globo tres mil animales destinados a la alimentación del hombre mueren cada segundo, sin contar a los peces ni al resto de especies marinas. Eso implica que, mientras alrededor de tres mil animales mueren por segundo, ¡94.608.000.000 mueren al año!

Estos números podrían estar avalados si verdaderamente los alimentos estuvieran destinados a la nutrición global, pero lo cierto es que en 2002 había 852 millones de personas subalimentadas en todo el mundo, y en un solo lustro la cifra había aumentado a razón de 4 millones por año. El primer objetivo del milenio, consistente en reducir a la mitad la proporción de población que padece hambre en el plazo comprendido entre los años 1990 y 2015, nunca tendrá lugar si no se produce un giro radical en la estructura del modelo. Si bien este es un tema demasiado amplio para tratarlo aquí, considero necesario rescatarlo: el sinsentido del actual modelo de explotación alimenticia se pone de manifiesto cuando vemos que una sexta parte de la humanidad pasa hambre, es decir, que el desquiciado ritmo de producción no sólo resulta insuficiente, sino también ineficiente.

Esto viene determinado en buena medida por la llamada “ganadería intensiva”, la fórmula de explotación mayoritaria a lo largo del globo. Los animales criados bajo este sistema se encuentran hacinados en establos donde las condiciones ambientales son modificadas artificialmente con el fin de reforzar la producción. De esta forma, aspectos como la luz, la temperatura, el suelo y hasta las paredes de los recintos están premeditadamente alterados. El principal dogma que guía estas acciones es el de aumentar la productividad reduciendo al máximo el tiempo para conseguir resultados, sin tener demasiado en cuenta la situación de los animales que allí habitan. Se trata de la aplicación del espíritu capitalista en el ámbito de la creación de alimentos. Como no podía ser de otra manera, la industrialización de las granjas acarrea diversos inconvenientes, algunos conocidos como la contaminación y la socavación del bienestar animal, y otros aún por conocerse, como el efecto que tendrá en la salud humana comer animales alimentados con piensos modificados genéticamente.

Así, por ejemplo, las gallinas ponedoras malviven en una jaula cuya superficie no alcanza la de un cuaderno abierto, mientras que alrededor de veinte pollos se disputan cada metro cuadrado del suelo de un recinto parecido a una nave industrial, y para ninguno de ellos ni sale ni se pone el sol. Para evitar el canibalismo se les corta el pico con una guillotina caliente y, al contrario de lo que se piensa, el material del que está hecho el pico de estas aves tiene millones de terminaciones nerviosas, no es parecido a las uñas humanas.

Por otro lado tenemos a la industria ganadera. El objetivo para esta industria es conseguir al menos un parto al año por cada vaca, y para conseguirlo se las fecunda mediante toros sementales o mediante inseminación artificial. Lo paradójico de la situación de estas vacas es que nunca llegarán a amamantar a sus terneros, ya que son separados al nacer o al poco tiempo de hacerlo. Por lo general, los terneros son criados para producir carne, y su vida durará hasta que engorden lo suficiente, bien mediante sustitutivos de la leche materna atestados de hormonas para acelerar el crecimiento (ya que esa leche será comercializada para el consumo humano), o bien por medio de piensos enriquecidos; momento en el cual serán enviados al matadero.

El 90% de los cerdos destinados a alimentación vive bajo un régimen de explotación intensiva. Esto significa que son hacinados en espacios muy reducidos para su tamaño -pero sobre todo para su necesidad de movimiento-, donde apenas pueden comer, dormir y tumbarse, por lo general, en un suelo lleno de sus propios excrementos. Esto genera un acelerado engorde paralelo a trastornos psicológicos que les llevan a morderse los rabos unos a otros o a practicar el canibalismo. Pero como ocurriera con el pico de las aves, se han ideado mecanismos para evitar que estas cosas ocurran. Por ejemplo, en el peor de los casos a los lechones no sólo se les corta el rabo, sino también las orejas, se les arrancan los incisivos y se les capa con alicantes en una misma acción sistemáticamente mecanizada.

Lamentablemente, estos son solo algunos ejemplos de los muchos de los que podríamos hablar. Por eso es necesario detenerse y preguntarse si este ritmo de consumo es el adecuado. El crecimiento es tal que no sólo maltratamos a los animales que ya existen, sino que les obligamos a reproducirse más rápidamente para seguir explotándolos. Llegará un momento en que el planeta limitado en el que vivimos deje de tolerar el consumo ilimitado que mantenemos. Pero lo que hemos tratado aquí en este artículo no es crudo, lo crudo es la realidad.

Fuentes del texto:
Atlas de Le Monde Diplomatique, edición española, 2004
www.fao.org
www.granjasymataderos.org
Fuentes de las imágenes:
http://servicios.laverdad.es/agroregion/pg230108/img/003D3CTGP1_1.jpg
http://1.bp.blogspot.com/_6xFBPh0N23w/Ruuy0FSL94I/AAAAAAAAAgk/M-bQIRKmB6c/s320/Granjas.1jpg.jpg

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