Sobre “el gorrión de París”, o de una vida en rosa

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«Sin música la vida sería un error», dijo Nietzsche: tal vez sean las palabras precisas para la historia de Édith Giovanna Gassion (1915-1963), más conocida dentro y fuera de tierras galas como Édith Piaf. Cantó hasta el último día, a pesar de que la enfermedad, la adicción, la pobreza o el sufrimiento se empeñasen en apagar su voz.
Existen algunas películas que nos han acercado la vida y carrera musical de esta artista parisina; la más reciente (La môme, 2007) tiene como protagonista a Marion Cotillard (Big Fish, Enemigos públicos), cuya actuación le valió un Oscar, un Globo de Oro, un premio BAFTA y un premio César. Su trabajo es magnífico y el aspecto de la caracterización y maquillaje es sobresaliente. Es probable que como biopic pueda decepcionar, ya que las referencias a los conflictos bélicos no son recurrentes, y tampoco se explica con detalle cómo fue posible la gestación de aquel milagro que permitió que una muchacha débil, apocada y ordinaria se convirtiese en una estrella mundial (una niña, de pronto, descubre que sabe cantar, que quiere cantar, y ese es el punto de partida); además, los personajes secundarios no se desarrollan en exceso. Pero la película -dirigida por Olivier Dahan– sí logra su principal objetivo: presentar a una mujer atormentada que vivió en la tristeza más intensa. Por otro lado, la banda sonora, hilo conductor del filme, es ciertamente increíble.

Vale la pena detenerse en su infancia, porque marcaría sus pasos para siempre. Es cierto que su camino estuvo marcado por los reveses y la aflicción, pero seguir su biografía resulta difícil al confundirse la realidad con la leyenda. Por ejemplo, se sostiene que vino al mundo en plena calle, como contribución al propio mito, pero en su partida de nacimiento figura que vio la luz en el Hospital Tenon. Édith vivió desde pequeña muy cerca de la miseria, la suciedad de los barrios bajos parisinos y la carestía de una guerra enlazada tras otra.  De salud delicada, fue abandonada por su madre -cantante callejera- y quedó al cuidado de su abuela, primero, y de su padre -acróbata de circo- más tarde. Según algunas versiones, su abuela la habría alimentado con vino en vez de leche, razonando que «mataba los microbios». Édith también pasó algún tiempo en un burdel regentado por su otra abuela, en Normandía. Con cuatro años, y debido a una queratitis,  quedó temporalmente ciega; poco después, recobró la visión «gracias al peregrinaje» a la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Lisieux, según contaría.

Hasta los 14 años, más o menos, se dedicó a cantar por la calle a cambio de monedas; La Marsellesa era la única canción que se sabía. Llegó a conocer a Simone («Momone», según algunas fuentes hija ilegítima de su padre y por tanto hermanastra suya), que la acompañaría hasta el final, y se pusieron a trabajar juntas, combinando canciones con malabarismos. Una parte de lo que recaudaban era para el padre. Ellas dormían en bodegas o en las mismas calles.

Con 16 años tiene una hija, Marcelle, fruto de las relaciones con Louis Dupont, recadero y amante temprano. Cuando nació la pequeña, y tras una pelea con Louis, Édith se mudó llevándola consigo. La dejaba sola mientras pateaba las calles con Momone o iban a cantar a algún club. Es entonces cuando conoce a Albert, un individuo dedicado al proxenetismo. A pesar de que Édith no aceptaba sus proposiciones, el hombre le pedía que le diera parte de lo que ganaba cantando en la calle. Parece que cierta compañera de Édith se suicidó para escapar de la cloaca de la prostitución; Édith, impresionada, abandonó finalmente a Albert. A su vez, éste habría tratado de acabar con ella, persiguiéndola pistola en mano. En agosto de 1935, Louis Dupont se puso en contacto con Édith para decirle que su hija estaba internada en el hospital Tenon, enferma de meningitis. Poco después murió. Incapaz de sobreponerse, Édith se deja arrastrar por el abatimiento y empieza a vivir de noche, cantando donde se tercia, rodeada de prostitución, facinerosos y golfillos. Escribe el periodista y musicólogo Marc Robine: “Sin ningún dinero para pagar el entierro y sin ánimo para ganarlo cantando, Edith pide […] unas decenas de francos a sus allegados. [Pero no tiene suficiente] […] y no tiene más remedio que prostituirse. “Un tipo que subía a la calle Belleville detrás de mí me abordó como a una prostituta. Y yo acepté […] por diez francos. ¡Para enterrar a mi hija!“…

La suerte quiso que Monsieur Leplée atravesara la avenida donde ella se había instalado para cantar. Tras escucharla un buen rato, no pudo resistirse a sugerirle que se animara a participar en una prueba. Louis Leplée estaba al cargo de Gerny’s, un cabaret al que acudían los famosos de la capital. Durante la prueba Édith cantó todo su repertorio, y Leplée volvió a quedar impresionado por aquella portentosa voz. Poco después Édith se estrenaba ante los mejores clientes de Gerny’s, pero con un nuevo nombre impuesto por su padrino: la môme piaf, es decir, «la niña gorrión» o «el gorrioncito». Tenía 20 años. El éxito tocaba a su puerta, y consiguió hacer nuevos y grandes amigos. En adelante, Leplée se encargó de enseñar a su protegida cómo moverse, articular, gestualizar… La joven lo llamaba «papá».

El breve remanso de plenitud lo segó la muerte de su mecenas: Leplée fue encontrado muerto en Gerny’s y la policía infirió que Édith podría haber estado relacionada con el caso. Volvió a encontrarse sola y rechazada por la prensa y sociedad. Regresó al desorden, a las madrugadas de droga, tugurios, excesos y desesperanza. Con la aparición en escena del letrista Raymond Asso, uno de sus múltiples amantes, logró recuperar cierta cordura. Y retomó las bridas del triunfo, alzando la voz de nuevo; gracias a sus canciones más famosas, como La vie en rose o Les amants de Paris, obtuvo grandes sumas de dinero que gastaba con sus amantes y empleaba en ayudar a todo aquel que se lo pidiera. Vestida casi siempre de negro, con menos de metro y medio de estatura, se convirtió en la gran dama de la canción francesa.

Empezó a hacer teatro, películas y giras por Europa y América; conoció asimismo a Marlene Ditrich, actriz alemana con la que entabló una gran amistad. Se dedicó a ayudar a nombres emergentes (Yves Montand, Gilbert Bécaud, Georges Moustaki, Eddie Constantien o Charles Aznavour), con los que mantenía apasionados romances. Otros ejemplos son el cantante Jean-Louis Jaubert y el actor John Garfield o el conocido Marlon Brando.

Pero su gran amor, «el único hombre» al que quiso, según ella misma afirmó, se llamaba Marcel Cerdan. Lo conoció entre 1944 y 1946 (según textos) en un club. Marcel, marroquí de origen humilde que llegó a convertirse en una gloria nacional del boxeo, quedó prendado de su voz. Encadenaron encuentros ocasionales para empezar a tejer un inmenso romance que trataron de resguardar bajo la discreción, porque él estaba casado y tenía tres hijos. La trágica muerte de Marcel en un accidente aéreo dejó conmocionado al gorrión de París… Y, otra vez en una frenética marcha cuesta abajo, comenzó a rodar por la desgracia, incluyendo un conato de suicidio. Aún se casó dos veces más, pero jamás olvidó a Cerdan ni pudo dejar de culparse parcialmente por su muerte. También ella sufrió, en 1951, un accidente de coche; no murió, pero sí quedó maltrecha. La morfina que los médicos empleaban para apaciguar su dolor la convirtió en adicta total y se dio a la bebida con más fuerza. Su matrimonio en 1952 con el cantante Jacques Pills (sobrenombre de René Ducos) sólo duraría 5 años.

En 1959 a Édith le diagnostican cáncer, enfermedad que la apartó del único mundo donde parecía ser feliz: los micrófonos. A medida que se iba haciendo mayor, sus amantes eran cada vez más jóvenes, y en contrapartida, su deterioro físico fue imparable, sucediéndose sus ingresos hospitalarios: pasó por una operación de páncreas, una oclusión intestinal y un coma hepático.Un año antes de morir contrajo matrimonio con un peluquero, también con raigambre en el mundo de la canción, llamado Theopahins Lamboukas (ella lo llamaba Théo «Sarapo»: en griego, «te quiero»). La môme tenía 46 años y él 26.

Murió en Plascassier, a unos 15 km de Cannes, en la Provenza francesa. Esgrimiendo como razón la turbia vida de la cantante, el arzobispo Maurice Feltin se negó a oficiar un funeral por ella. Aznavour aseguró que el cortejo fúnebre de Édith Piaf fue lo único capaz de paralizar por completo el tráfico parisino desde el final de la Segunda Guerra Mundial. A su entierro en Pére-Lachaise (donde reposan Proust, Chopin, Wilde o Molière) asistieron más de 40000 personas. Según sus deseos, la compañaban sus peluches preferidos: dos liebres y un león. Siete años después, Théo descansaría junto a ella y junto, también, a los restos de la pequeña Marcelle y del padre de Édith, Louis-Alphonse.

Hoy, hasta un asteroide -descubierto en 1982- lleva el apellido Piaf… tal vez para hacer honor a Étoile sans lumière, una de las películas que ella misma protagonizó. «Es tan hermoso», dice Édith de Non, je ne regrette rien (No lamento nada LINK). «Soy yo; esmi vida». Y así, la convierte en su himno personal. Aunque ella eligió el rosa, la vida es del color del cristal con que se mira, y sólo por eso valdrá la pena seguir cantando.

Fuentes del texto:
Piaf, Edith. Au bal de la chance. [Trad.: El baile de la suerte]. Ed. Global Rhythm Press
http://www.little-sparrow.co.uk/

Fuentes de las imágenes:
http://bigearflux.files.wordpress.com/2008/02/edith-piaf.jpg
http://www.susandunn.cc/edithpiafmarcelcerdan.gif
http://www.sanfranciscosentinel.com/?p=2123

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