Silencios

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Pobres espacios temporales… En ocasiones inquietantes. Y es cierto, ¿a quién no le incomoda una intervención repentina de un inoportuno silencio? Algunos son secos. Cortantes. Capaces de traslucir la tensión escondida tras un malogrado encuentro.  También son elegantes. Y concisos. Muchos están destinados a llenar los vacíos de las conversaciones cargadas de palabrerío y banalidades. O quizás a cubrir los torpes huecos que dejan a su paso las palabras que carecen  ya de sentido.

Silencios que guardan lo más íntimo, como cobertizos de las posesiones más personales. Son como los pozos donde reposan los secretos que callan tesoros y miserias. Que provocan. Seducen. Sugieren. Calman. Avivan. Acercan. Alejan. Unen y separaran. Los hay temidos, neutrales y esquivos. Otros, esperados, como abrigo del descanso. Como el respiro de un diálogo dilatado. Cómplices de miradas. Y aliento para la escucha, para ese discurso que necesita vomitarse, salir, existir.

Nos gusten o no son necesarios. Porque son lenguaje. Comunicación. Son espontáneos. Formas improvistas de guión que juegan a improvisar. Ricos en vocabulario. Son como las huellas que dejamos a nuestro paso, que suceden de manera rápida. Casi imperceptiblemente. Son breves. Huellas y silencios  terminan ambos por desaparecer. Por eso es preciso valorar su extraordinaria belleza. Tan particular. Tan única. Tan ambivalente -ambigua incluso-. Dejémosles ser. Dejémosles estar. Hablemos menos. Escuchemos más a los silencios.

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