Siempre vuelvo

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Rembrandt… a un mismo rostro.
Es lo doblez de lo infinito
o la continuación de una realidad simbólica.
Su rostro cruza entre nubes aturdidas
y mi vaso de vino, ron, brandi, whisky o absenta.
Tantos vasos a la deriva que no encuentro el timón.
Sólo vuelve su rostro, sus pasos de antigua limeña,
sus lirios como cejas y sus besos como gemidos.
Me erizo y trizo, temo y destemo,
me olfateo muy ignorante y humano.
Tropiezo conmigo y siempre vuelvo.
Es su rostro, luego su cuello fijo, sus ojos,
la concavidad entre sus piernas
y yo, me recuerdo: tan valiente y convexo.
O tan solitario, bajo las manos de la noche
que pronto desaparecerá.

Fuente de la imagen:
Google Images

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