Si paramos nosotras, para el mundo

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Por el 8 de marzo toca escribir sobre feminismo. Pero las feministas lo hacemos también durante el resto del año. El activismo feminista se hace a diario porque ser feminista es algo que afecta a cada pequeño resquicio de tu existencia y porque las mujeres nos enfrentamos a la hostilidad de un mundo eminentemente machista todos los días. Pero el 8 de marzo es una de esas fechas simbólicas que nos unen a todas bajo lemas y pancartas y que nos invita a echarnos a las calles. Este 8 de marzo, sin embargo, es especial, ya que además de invitarnos a salir y gritar, nos convocan a parar, algo que a las mujeres nos cuesta muchísimo hacer, parar el trabajo productivo sí, pero también y, sobre todo, parar de hacer todo ese trabajo oculto que el mundo no reconoce y que realizamos mayoritariamente las mujeres.

El cuidado. Un espacio reservado a nosotras. El cuidado es el trabajo de las mujeres y cuando dejamos de realizarlo o lo hacemos durante un tiempo menor al estipulado se nos cuestiona fuertemente. Se cuestiona a las mujeres que son madres y siguen trabajando en vez de estar 24/7 ejerciendo la que supuestamente debe ser su labor principal: cuidar. Se cuestiona a las mujeres que trabajan fuera de casa y tienen un hijo/a “rebelde” ya que el comportamiento de su retoño es debido fundamentalmente al poco tiempo que le dedica su madre. Se cuestiona a las mujeres si no potencian las carreras profesionales de sus parejas masculinas aunque para ello tengan que dejar a un lado sus propias carreras (y cuidar).
Una posible lectura es que el trabajo de las mujeres fuera de casa, el trabajo asalariado y reconocido, es una cesión temporal del patriarcado. A las mujeres se nos dice algo así como: “vale, está bien, podéis trabajar fuera de casa, siempre y cuando sigáis cuidando dentro”.

El problema no reside en el cuidado en sí, el cuidado es la base que sostiene nuestras sociedades, es un trabajo vital y necesario, sin embargo, al traspasar todo su peso a las mujeres y considerarse un ámbito de mujeres, se desvalorizó intencionadamente. Hacerles creer a las mujeres que su lugar está en casa y que el trabajo que realizan no es importante es la misma estrategia que convencer al esclavo de que nació para serlo. Esta comparación con la esclavitud la hizo Harriet Taylor en el siglo XIX, cuando escribió sobre la desigualdad de las mujeres.

Taylor reparó en la injusticia que suponía que las mujeres no pudieran acceder al mercado laboral y competir en igualdad de condiciones con los hombres. Sin embargo, nunca se podrá conseguir una igualdad real de condiciones mientras el cuidado y el trabajo no remunerado se siga sin tenga en cuenta y las mujeres deban lidiar con una carga laboral doble. No se trata solo de que ellas salgan de casa, sino de que ellos entren y que al cuidado se le de la importancia que tiene como centro de nuestras vidas.

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