‘Sensación térmica’, violencia y sororidad a ritmo de ranchera

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«Me dejas morir, me dejas aquí, sin tantita pena. La vida te di, y dejas que yo me muera».

 

Todos los años leo un libro que luego recomiendo incansablemente hasta que consigo que alguien me haga caso y Sensación térmica se ha alzado con ese honor. La novela de la mexicana Mayte López, editada por Libros del Asteroide, parece desde fuera una lectura ligera. Sin embargo, sus 173 páginas pesan, se encaraman a la conciencia de la lectora que, en algún momento, podría sentir la necesidad de huír de una ficción que quema, pero que atrapa y no da tregua hasta el final devastador y liberador (sí, lo sé, puede parecer contradictorio).

Mayte López.

Esta historia comienza en Nueva York, en un departamento en el East Village lleno de ratones. Podría parecer el comienzo de una simpática comedia de situación de las que tanto acontecen en la ciudad de los rascacielos. De hecho, Lucía, la protagonista, tiene una amiga, Juliana, tan luminosa, tan divertida, tan exultante de vida, que podría encajar como personaje de este género. Sin embargo, la alegría de Juliana ha desaparecido por culpa de una relación tormentera con un profesor de la universidad. Lucía, espectadora de la situación de su amiga, rememora el maltrato sufrido desde su niñez y nos introducirá en situaciones y recuerdos aderezadas con rancheras e historias populares que hablan de ese amor que no es amor y que romantizan la violencia machista congénita de la sociedad patriarcal.

«Lucía recuerda haber pensado, muy niña, que el amor era en parte callarse ante las cacas, como si no hubiera pasado nada, como cuando el abuelo Pepe se reía, como si la escena no se repitiera idéntica día sí, día también, o como si fuera normal un hombre adulto incapaz de hacer algo tan sencillo como jalarle al baño».

Con un lenguaje coloquial contundente y, en ocasiones, violento, Mayte López introduce a la lectora en una historia narrada en tercera persona, pero centrada en la visión de Lucía y marcada por su ánimo. Y es que la estructura de la narración, aparentemente estable en un primer momento en el que el presente y el pasado quedan bien definidos por capítulos, comienzan a entremezclarse de manera más caótica conforme los acontecimientos se precipiten y la «sensación térmica» de Lucía se eleva. Es posiblemente el ritmo marcado por los flashbacks cada vez más diluidos en la narración lo que hace imposible dejar de leer, aunque cada vez la historia sea más difícil de digerir y lo único que se desee sea gritarles a Lucía y a Juliana que huyan y que se cuiden entre ellas, que no le deben nada a nadie.

La amistad femenina es clave en Sensación térmica, se perfila como una botella de oxígeno, aunque no como una salvación definitiva, pues lo más traumático y, a la vez, lo más lúcido de la novela es la claridad con la que Lucía ve y nos muestra la violencia que el profesor ejerce sobre Juliana sin que ella pueda hacer nada por salvar a su amiga.

Y, así, una joven con una aparente vida idílica en Nueva York, la ciudad de los sueños, se irá consumiendo tras un escenario de formalidad y cordialidad académica adornado con tertulias literarias, charadas y copas de vino. Está este escenario repleto de personajes hipócritas. Son buenos ciudadanos que miran hacia otro lado y que acaban señalando a una mujer que arde mientras el maltratador oculta la cerilla con una sonrisa en la cara.

Lo fácil, sin duda, es no ajustar las lentes para ver esa violencia no tan invisible; lo difícil es detectarla y escribir una novela que no ahorra ningún paso en el proceso de aniquilación de las mujeres que, como los ratones del piso de Lucía, son incapaces de desahacerse de las trampas perfectamente colocadas por una sociedad sostenida sobre la misoginia.

«¿Qué nombre se le da a ir desapareciendo a alguien de a poquito, a quitarla de en medio en episodios? ¿Por qué no cuenta como crimen aniquilar a una mujer a cuentagotas, descuartizarle la moral y la autoestima en cómodas entregas? Mátalas, con una sobredosis de ternura. Una mirada reprobatoria acá, una palabra burlona allá. Un toquecito al día, cada día, él —ellos— van cortando pedazos. Con sutileza al principio, con dedicación, van tejiendo el nudo corredizo y tensando la soga aunque luego, en las actas, lo único que conste es que ellas solitas se la echaron al cuello».

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