Sedimentos

0
185

Pisar la nieve no es más que un acto de firmeza, convencerse de que el agua no se corta como la mayonesa ni el ser humano se amedrenta ante la natura. La bota hace crash sobre la galleta crujiente que conforma el hielo, colocado en placas minúsculas que a menudo resbalan. Y nuestro aliento se suspende en el aire, porque en stand by es donde se toman las grandes decisiones. Éstas, impecablemente vestidas, se codean con las dudas, las extravagancias, las exclamaciones mal entonadas, y de ese ambiente surge la pisada valiente, la destreza ante el movimiento de tierra, que ya no es marrón, sino agua pura.

En ésas estamos cuando la blancura que a distancia parecía inmaculada se ve impregnada de puntos negros, de aquellos que afean el rostro y que acostumbramos a explotar frente al espejo del baño. Entonces descubrimos nuestras pisadas en zigzag o en línea si es que nos corría cierta prisa. Había que acompañar el paso con verdadera credibilidad, como los que escalan ochomiles o se lanzan al vacío con parapente.

Es indiferente el camino que sigamos: de abajo a arriba, o viceversa, nuestra huella pasará a la lista de marcas anónimas, cadáveres infinitos que el agua hará sedimentar en cuanto nos hayamos ido.

Así es cómo dejamos a la montaña perpetua, cargada de desplazados internos y sin demasiadas ganas de fiesta. Ella se apaña sola, se ducha a diario y utiliza desodorantes que no contienen toxinas. El suyo es olor a pino o a abeto, pero no al archiconocido eucalipto. Ella sabe lo que le va bien y no necesita de nuestros consejos suicidas. Lleva una dieta baja en calorías, nada que ver con los desayunos británicos a los que nos obliga si queremos sobrevivir en ella un día cualquiera de sol y nieve.

Chicos de snowboard hacen cola en el teleférico, aparcamientos de supermercado se llenan en vísperas de año nuevo y programas-insultos a la inteligencia se emiten en la televisión de un país europeo. Los Alpes tienen ese punto kitsch que en otras latitudes se denomina horterismo. Pero el envoltorio nos salva a todos y una casita de madera y piedra con vistas desayunadas nos corroe por dentro.

Desfondados por la nochevieja alcohólica, sin novedad en el frente, el año se presenta como lo que es, viejo en las formas y nuevo en el contenido. Propósitos de buena fe que no llegarán a ningún fin, todos lo sabemos, pero que iremos sustituyendo por otros más atrevidos, según la temporada venga en tonos azules o tostados.

En el horizonte, esos picos de tensión que empiezan siendo torrenciales y acaban en las curvas de un valle herido. Los veo desde la ventana y me han prometido no ser demasiado malos, aunque no me fío: bien es sabido que los resultados llegan a la larga. Tanto es así que sobran las palabras, Sabina dixit, sin que los fuegos artificiales hayan acallado al silencio. El futuro 2009 se comprende mejor en clave de música, única en hacer amanecer a los animales que, como nosotros, prefieren ser weird fishes sin necesidad de citar al autor. Cuestión de derechos.

Fuente de la imagen:
Vista de montañas desde Bourg Saint Maurice (Francia)
Belén Delgado

Dejar respuesta