Se nos olvidó que aún nos queda el SIDA

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Hace veinticinco años que se pronosticó por primera vez el VIH – SIDA, y ahora parece que se nos olvidó que aún existe, que aún nos puede afectar, y quizá peor, que en un suspiro nos puede arrancar media vida.

El SIDA es una enfermedad muy joven en comparación con otras epidemias o enfermedades legendarias que nos siguen acechando en nuestros días”. Esta teoría es mantenida por los investigadores que se apoyan en hechos reales y constatables: gracias a los métodos de congelación o mantenimiento artificial de células humanas, practicado a partir de los estudios de Freezer en EE.UU. Estas investigaciones nos han permitido conocer que durante la década de los años 70 aún no actuaba en el cuerpo humano este virus mortal del siglo XX; sí lo fue haciendo, paulatinamente, entre finales de los 70 y principios de los años 80, siendo estos sus primeros escarceos.

Muchas teorías se debatieron, se estudiaron y se creyeron ciertas, pero hasta el momento la medicina sólo mantiene como certera una en particular: la Teoría de los Monos Verdes. Estos monos verdes son una especie repartida por el continente africano, y algunos de estos simios contraen a lo largo de su vida una extraña enfermedad, bautizada con el nombre de Virus de Inmunodeficiencia del Mono (S.I.V.). La forma de contagio se produce a partir de la ingestión de carne cruda de los monos infectados por el virus, o bien, por la saltación de minúsculas partículas albergadas en el interior de los huesos de estos animales. Resultando que cuando un animal o ser humano los quiebra, estas mencionadas partículas se incrustan en la piel, produciendo un contagio directo.

Varias fuentes bibliográficas consultadas, coinciden en señalar que una posterior mutación en el organismo humano pudo dar lugar al nacimiento del Virus de la Inmunodeficiencia Humana (V.I.H.), agente infeccioso determinante del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (S.I.D.A.), con una forma primitiva a la conocida en la actualidad. A partir de su nacimiento existió una proliferación en zonas comarcales de África y, a la par, una serie de mutaciones bacteriológicas. Su transporte fundamental se imputa al gran tráfico ilegal de mujeres destinadas a la prostitución en Centroamérica y, en menor medida, a ciertas zonas del norte de Europa; a su vez, también se asegura que, en una menor proporción, movimientos migratorios a los continentes más prósperos, en busca de una mejor calidad de vida, pudieron provocar el desplazamiento, concentrándose en las grandes metrópolis, facilitando la extensión de la infección a ingentes masas de población.

A raíz de producirse estos acontecimientos, sobre principios de la década de los años 80, esta enfermedad apareció masivamente en la sociedad americana, produciéndose una situación de índole crítico para los homosexuales, ya que pronto se verían acosados por una patología desconocida hasta ese momento para la medicina internacional; y a su vez por otra de mayor repercusión social: la opinión pública. Una opinión pública siempre muy reticente e injusta contra esta considerada “enfermedad sexual”, que de manera adulterada se ha encasillado en el colectivo gay. Ellos son fuente de miradas con sed de tabú retrógrado, calificados durante siglos de mancha negra y pecado social. No debemos olvidar que médicos, psicólogos y sociólogos han estudiado, hasta hace pocos años, el comportamiento y las características psicológicas de los homosexuales, catalogándolos en sus informes de “humanos con carácter anormal respecto a los demás seres humanos”. No hacemos entender que todos estos profesionales sean calificadores en sentido peyorativo, porque a ello no se hace alusión en este momento ni en este lugar; sin embargo, es ahora cuando se les ha comenzado a proyectar e integrar en la sociedad como agentes humanos de perfecta validez dentro de la regularidad sexual.

Contando con datos actualizados, se puede decir que casi el 10% del conjunto de enfermos del SIDA en Europa y en EE.UU. pertenecen al sexo femenino, de los que un 4% aproximado practican el lesbianismo de forma habitual, integrándose mujeres que de forma esporádica o no, sostienen relaciones bisexuales. El riesgo extremadamente alto de contagio en este tipo de relaciones se produce a partir de contactos orales -vaginales con la admisión de sangre menstrual en la boca, por la existencia de pequeñas heridas en la cavidad vaginal o por la utilización de penes artificiales, llamados de forma coloquial “consoladores”-. Abarca un gran lugar en este sector femenino quienes a su vez están inmersas en el mundo de la droga o aledaños.

La problemática más preocupante entre las mujeres homosexuales tiene como base que “el SIDA es una enfermedad de hombres”. Esta afirmación, que mina y erosiona su conciencia, se suma al difícil aspecto de soportar la pérdida del atractivo externo, considerado muy importante para sus relaciones. Todo ello hace que aparezcan traumas complicados de acarrear, lo que conduce a un desmoronamiento general en el estado anímico, acompañado de una gran falta de seguridad, configurando a las lesbianas seropositivas como personas muy débiles, tanto psicológica como físicamente. Se asegura que en el ámbito juvenil este sufrimiento en individuos infectados no es tal, haciendo suponer que existe una mayor capacidad de lucha frente a estas cargas con respecto a las personas de mayor edad. Después de esta pequeña reseña, debemos puntualizar, para un mejor conocimiento de la enfermedad, un dato estadístico en el que se estipula que la edad media de fallecimiento por el virus del SIDA es de 25 a 30 años.

El problema sanitario mundial de esta enfermedad, que comparten más de cien países, y del cual se han desprendido miles de hipótesis, diferentes marcas, registros o códigos, ha sido tan abstracto como ambiguo en su textura periodística o literaria, pero este no es el único problema. Hasta el momento sólo hemos encontrados un razonamiento lógico y tenaz que explique la homosexualidad sin recurrir a la moral, y que reproducimos de forma textual del libro Guía actual del SIDA: “El comportamiento homosexual, no es sino, una variante de lo normal, es decir, una manera de entender la sexualidad de textura válida”. No es que el virus no sea una enfermedad, sino que la propia enfermedad que reside en nuestra sociedad es aquella que sufrimos los intransigentes ante la homosexualidad, que debemos erradicar desde nuestra conciencia hasta la sabia ciencia del derecho.

Tantas veces se podía pensar que eran trapos menores que aquí o allí exageraban. Tantas veces entendimos que hinchaban el globo hasta hacerlo explotar para dejarnos boquiabiertos en medio de una mentira, un eufemismo disfrazado de modernidad. Pero basta con mirar alrededor, en las superficiales entrañas de nuestra generación, para recibir un espinoso roto en qué desconfiar. Y así, no se puede negar que en estos climas de libertad y de democracia, la homosexualidad engancha a propios y a extraños, para beneficio propio o para crítica espeluznante; pero nunca crea indiferencia.

Miramos de reojo estas alternativas sexuales, cómo se unen los labios de un mismo sexo y hasta los huesos se mojan en la intimidad. Entre hombres seguro que admitimos que son maricones, y quizá mucho más; sin embargo, pensamos en mujeres y admitimos con simplicidad morbosa que son simplemente lesbianas, ¡tan finos nosotros los hombres! ¿Tal vez es porque está mejor visto mujer de mujer?, o acaso ¿es ese morbo masculino consciente de visualizar los cuerpos femeninos al tocarse?

Es en el sexo opuesto, en “ellas”, en quien nos hemos detenido a pensar sobre este tema. Hace ya algún tiempo estrenaban la película Go fish, con un argumento que rondaba lo cómico y lo irónico, lo real y lo imaginario, y que reflejaba el día a día de un pequeño grupo de amigas y de sus juegos lésbicos entre las más íntimas de ellas. Sus relaciones iban y venían entre lo sutil y lo escabroso, a modo de una pelusa atrapada entre los zarzales. Aunque lo más importante era el poso que dejaba la historia: sus amores eran de igual categoría que los sentidos entre una mujer y un hombre, o entre un hombre y otro hombre.

Aquellas mujeres se atrapaban en la profundidad de sus relaciones, convertían un secreto puritano, de esta sociedad condenada por el pecado, en una precaución disfrazada por un anuncio de “United Colors of Benneton”. Pero es que ni la más puerca ignorancia puede cegar los ojos a estas parejas reales, a pesar del morbo, que no practican el coito y que hacen reflejar una a la otra su pasión entre besos de miel. ¿Y esto es algo anormal?

El más triste castigo puede venir al final, cuando el virus mortal enlatado en la homosexualidad -no nos sigamos engañando, aún sigue existiendo esta idea en todas nuestras conciencias morales-, se haga dueño del bis a bis que mantienen por sus sentimientos. Morir por ser seropositivo de este virus del SIDA no es un problema individual, es un agujero negro en este mundo nuestro que seguimos escondiendo debajo de la alfombra para que no moleste. Nos produce escalofríos ese aparente “sexo seguro” de insuficiencia glacial que debería ir acompañado de una reflexión generalizada sobre una enfermedad apartada y rechazada, pero que al fin y al cabo existe y no perdona a nadie.

La hipocresía que nos gastamos a estas alturas llega a unos límites insospechados; admitimos la homosexualidad como una forma de amor tan válida como las demás de puertas para fuera, pero es pura retórica social, luego siempre la sopesamos en la balanza de puertas para dentro. El virus del SIDA está ya superado, o quizás no tanto, en una sociedad “tan moderna y progresista” como la nuestra, aunque sabemos que sigue afectando a drogatas y maricones, como se suele decir, que en realidad se han convertido en verdaderos marginados que ya no nos interesan.

No somos capaces de dar con la ecuación de su intenso amor ni aún haciendo de espías, y eso nos duele, porque es una ciencia exacta que se nos niega, igual que se nos niega el antídoto definitivo a tan letal virus. Así que podemos empezar por recuperar la cordura y admitir una pluralidad libertaria frente a todo tipo de sexo convexo. Y de una vez, separar de la mejor forma la igualdad que relaciona a la homosexualidad con el virus del SIDA, con la marginación de unas estrellas que quieren convivir junto a nosotros, los “normales”, sin miedo y sin esperar constantes negativas. Buena prueba de una convivencia ejemplar la tenemos en los vecinos del barrio madrileño de Chueca, en el que ningún colectivo homosexual se ha sentido agredido por nuestros traumas infantiles, todo lo contrario, los vecinos prefieren vivir a su lado por su simpatía, por su afecto y por su alegría de vivir.

Con este ensayo expositivo se pretende hacer, de forma exclusiva, una llamada de urgencia a todos aquellos que consideramos que no es este un problema propio. Además de ser una preocupación generalizada, debería ser un esfuerzo de lucha por nuestra subsistencia sociocultural con verdadero decoro y grandeza. Somos seres civilizados, no animales de tiro, o eso pensamos.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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