Se estrena "GAL", una película irreal basada en hechos reales

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José García, Natalia Verbeke y Jordi Mollá protagonizan GAL y, al menos los dos últimos, actúan como reclamo para una película que, de otro modo, no tendría ningún interés.

Bueno, mejor dicho el tema sí interesa, porque el que a finales de los 80 surgiera un grupo antiterrorista cuyo objetivo era acabar con ETA de la misma manera que ellos estaban acabando con España, matando, y que encima se descubriera que era un grupo orquestado desde el mismísimo Gobierno de Felipe González, era un bombazo; algo que difícilmente podrá borrársenos de la memoria a los españoles o eliminarse de la historia de España. Pero la película, dirigida por Miguel Courtois y con guión de Antonio Onetti, no le hace ninguna justicia al tema.

Tratada desde el más partidista de los puntos de vista, la acción comienza con el último atentado de los GAL y reconstruye la investigación periodística que llevó a dos periodistas de Diario 16 (Verbeke y García) a descubrir la trama del Grupo antiterrorista y su relación con el Gobierno socialista del momento, trabajo por el que el director del periódico sería cesado y crearía junto a estos periodistas “El Mundo”, que continuó la investigación sobre el caso en los 90.

La película no opina, ya que se limita a narrar los hechos que, más o menos detallados, ya todos conocíamos; pero se ve la mano de El Mundo detrás del proyecto: Melchor Miralles, productor de la película, es el director de Mundo Ficción, la productora que pertenece al mismo grupo editorial que el periódico y responsable de obras como “Lobo” o “Padre coraje”. Y, aunque es cierto que fueron ellos quienes destaparon de alguna manera el asunto y que fue un trabajo periodístico de riesgo y admirable, sobra la propaganda y el toque heroico que se da al diario y a sus trabajadores.

Además, aunque la reconstrucción de los hechos que nos muestra la película es muy útil para que todos lleguemos a comprender lo que pasó, hay detalles en la película que no se entienden.

No se entiende que los nombres de los personajes no sean los reales (aunque eso no quita que podamos identificarlos); no se entiende la voz ronca a lo “Torrente” que utiliza Jordi Mollá, por mucho que la voz de Amedo tuviera un tono chulesco al hablar; no se entiende el deficiente doblaje de algunos actores; no se entiende la relación atracción-amor innecesaria entre los dos periodistas protagonistas y sobre todo no se entiende por qué en una escena aparece el actor que encarna a Felipe González (el francés Bernard LeCoq) con un batín de seda, un puro y una copa de champán; cuando todos hemos visto que el ex presidente socialista era un hombre que iba incluso a mítines y actos oficiales en camisa de cuadros y traje de pana.

En definitiva, lo que no se entiende es por qué han dado tintes peliculeros y populistas, como el amor o el humor, a una película basada en unos hechos tan reales que deberían haber sido contados con un poco más de realidad.

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