San Mamés se despide del derbi vasco

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Abandonar tu hogar siempre es difícil. Dejas atrás una parte de tu vida, recuerdos buenos y no tan buenos. Sí, te espera una casa nueva, mejor, donde seguro disfrutarás, pero no es tu hogar. Siempre le faltará ese componente propio que le hace especial, eso que lo hacía tuyo. Esa pared donde te medias centímetro a centímetro como crecías, ese rincón donde guardabas tus grandes secretos hasta esa esquina donde siempre te golpeabas.

Durante casi un siglo San Mamés ha visto partidos de Liga, Copa y Europa, ha sido casa de finales internacionales y fue testigo de un Mundial. Pero sobre todo, San Mamés ha sido hogar de 40.000 leones que cada día de partido, como fieles, se visten su zamarra rojiblanca y acuden a su iglesia particular. Eso sí, previo paso por cualquier taberna del Casco Viejo para comentar la previa entre txakolis y pintxos.

Un ritual, una ceremonia que no puede faltar y que, normalmente, junta a aficiones adversarias. Y que se extiende al derbi vasco, sin duda el derbi español con más cordialidad y simpatía entre seguidores rivales.

La rivalidad existe lógicamente, pero es una rivalidad sana en el que las aficiones se mezclan, se cantan, se pican, recuerdan viejos partidos… compañeros antes y después del partido, pero no durante. Desde que comienza el partido hasta que acaba si existe el rival entendido como tal.

No solo son tres puntos lo que se juegan, algo que últimamente siempre han estado necesitado uno de los dos equipos, sino que es algo más. Es el honor, el orgullo y la honra, algo común en todos los derbis. Pero este era aún más especial. Era el último que se viviría en San Mamés.

 

Uno de los laterales de San Manés. Foto: Josu Orbe / Flickr
Uno de los laterales de San Manés. Foto: Josu Orbe / Flickr

A él llegaban ambos en situaciones muy dispares. La Real Sociedad tocando el cielo europeo y el Athletic de Bilbao el infierno del descenso. Otro granito más para hacer más emotivo el partido.

Poco tardó entrar el partido en un intercambio de golpes donde los de Bielsa se mueven bien. La Real se ahogaba en este ritmo frenético mientras el Athletic nadaba a la perfección, tanto que no tardó en adelantarse en el marcador. Un remate a la escuadra de Ibai Gómez hizo atronar San Mamés.

Poco duraría la alegría. Curiosamente cuando peor lo pasaban los donostiarras y se asomaban al abismo del 2-0 llegó el despertar en forma de empate. Un centro de Gonzalo ‘El Chori’ Castro encontró la cabeza de Antoine Griezmann para nivelar el marcador y dar a los guipuzcoanos para conquistar ‘La Catedral’. Y así fue.

Tras unas correcciones de Philippe Montanier en el descanso la segunda mitad se convirtió en un paseo para los del entrenador francés. El murmullo comenzaba en las gradas y con él llegó el 1-2 de Inmanol Aguirretxe.

El Athletic era incapaz de reaccionar. Bloqueados mentalmente, la Real había conseguido maniatar a los leones matando la intensidad y el ritmo que habían impuesto en los primeros treinta minutos. En estas, Carlos Vela se encargó se sentenciar definitivamente el escenario subiendo el 1-3 al marcador. La Real se llevaba el último derbi de la Catedral. 

Una despedida muy gris de los derbis en San Mamés para los leones. Tan gris como su campaña. Pero sería un error quedarse con esto. Hay recuerdos mucho mejores y no tan lejanos como lo vivido el año pasado ante el Manchester United o ante el Sporting de Lisboa en Europa League.

Quién sabe lo que le deparará al Athletic en el nuevo San Mamés Barria, pero lo cierto es que pase lo que pase el rugido de los leones, no retumbará igual que retumbaba en el que siempre fue su hogar.

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