Salvando momentos

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Me desperté con un sabor a melancolía en mis labios. Lamí el recuerdo de aquellos años “plateados”. Nunca me gustó el color dorado. Vos lo sabías. Sí, cómo lo sabías. Siempre estuviste a mi lado, esperando un abrazo, un “te quiero”. Y yo también lo sabía por eso siempre estaba apretándote entre mis brazos y escribiéndote cartitas de amor. A vos te encantaban. Hoy te encantan. Hay cosas que nunca cambian. Es por eso que siempre serás la mejor mamá del mundo.
Las charlas a la salida del cole se hacían interminables. Vos nos esperabas en casa con la comida lista sobre la mesa. ¡Dale, Vero! ¡Vamos! ¡Dale! Sí, lo sabíamos. Mamá estaba en casa esperándonos y eso nunca fallaba. Caminábamos entre los árboles del barrio. Saludábamos a unos y a otros. A un lado y al otro. “Saludos a tu vieja” decía uno. Y nosotras asentíamos orgullosas con la cabeza. Llegábamos a casa cansadas. Tirábamos la mochila en el sofá y nos retabas: “la  mochila adentro y a lavarse las manos primero y quítense el uniforme”. Un gran “ufa” recorría el pasillo pero hacíamos caso porque eras nuestra mamá, porque ahí estaba la comida recién servida en la mesa. Y nos peleábamos en el baño para lavarnos las manos. Salíamos corriendo al comedor y alguna ponía la tele. La telenovela de turno nos envolvía a las tres y no nos movíamos de la mesa hasta las dos de la tarde. Juntábamos las cosas de la mesa y salíamos corriendo. “¿No tienen tarea?” “Noooooooooo”. Ese día, no. Ese día era el bueno, el divertido, no había tareas y hasta las 5 no nos íbamos a pileta.

Sacábamos los juguetes de la lata roja. Los de Fer, los de varón. ¿Por qué no? Y armábamos una familia con Rambo, los play móviles, el soldado y una pitufina que habíamos olvidado allí. Todos cabían en la casa imaginaria. Todos tenían sus vidas interesantes pero sobre todo, eran una familia. En nada se parecía Rambo a pitufina pero era su papá. ¡Qué importaba! Vero y yo somos distintas, Fer también. Vos y papá también. Al fin y al cabo, la familia es la familia. Y lo importante es que nos queremos.

Mamá nos espiaba mientras jugábamos. Y el tiempo se pasaba volando. Y venía a dar las órdenes precisas para que nos preparásemos para ir a pileta. Sí, a la pileta, esa de la que ayer hablaba yo con un amigo español y nos reíamos porque ahora digo “piscina”. Los tiempos cambian. Sí, siempre cambian. Y ya no somos los mismos. Ya no voy a pileta con mi hermana, ya no nos preparamos esa mochila que pesaba tanto con las ojotas, los toallones, y la ropa limpia para cambiarnos. Atrás quedaron los días de pileta compartidos con los nenes de una amiga de mamá. A mí me gustaba él, a él le gustaba mi hermana y a mi hermana no le gustaba nadie. Y así estábamos. Jugando al gato y al ratón en la pileta. Nos hacían nadar para acá y para allá con flotadores. Y todo era grande. Todo era enorme y mágico. Porque así es la niñez. Mágica.

Continuará…

2 Comentarios

  1. ¡Esa pileta! No renuncies a los vocablos argentinos, a tu mundo “grande”. Decía Valle-Inclán que las cosas no son como son, sino como las recordamos. Y es cierto. De ahí la importancia de la literatura.

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