Rodrigo: el hombre que ama a las mujeres

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En su último disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, el legendario Rodrigo García (fundador de Solera y de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán) hace gala de su exquisita sensibilidad para retratar la geografía femenina. Las nuevas canciones de Rodrigo son tan sólidas, que se imponen a una producción modesta. 

Rodrigo García Blanca

Un antiguo amor tenía piernas “de joven y gentil esquiadora”. Una actriz, tenaz conquistadora, parece, en el lecho, una “niña desvelada”. La voz de aquella parisina es “como un rumor de tibio palomar”. Cierta modelo, a través de sus ojos, manda mensajes “a sus feligreses”. Una enredadora ponía en sus labios “una frontera”, a fin de “impedir el amor”… En su nuevo disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictosRodrigo García Blanca —fundador de los míticos grupos Solera y CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán), autor de himnos como “Sólo pienso en ti”, “Señora azul” o “Linda prima”…— vuelve a demostrar que su mirada es tan sinuosa como la anhelada geografía femenina. Con razón el periodista Darío Vico, recordando a Ana, a Victoria y a otros personajes de la ópera prima del sevillano (Canciones de amor y sátira, 1975), escribió: “Parafraseando a aquella deliciosa película, Rodrigo era, en el pop español, El hombre que amaba a las mujeres [L’homme qui aimait les femmes, François Truffaut, 1977]”. Creo que la comparación con ese título fílmico puede extenderse a toda la obra rodriguiana, plagada de tributos a furtivas jovencitas y a elegantes señoras: así pues, el melenudo y apuesto músico es, en tiempo presente, El hombre que ama a las mujeres.

Portada del quinto álbum de RodrigoPor supuesto, el amor (frecuentemente tornado erotismo) es la temática que más se repite en el último trabajo de Rodrigo, compuesto por veinte canciones inéditas. Pero el sexagenario compositor también desliza su mirada sinuosa sobre las hazañas de un pirata y sobre la muerte. Una canción de Rodrigo, lleve o no su heterodoxa voz —Karina, Manolo Galván, Fernando Márquez, Bulldog, Amistades Peligrosas, Enrique Urquijo, Miguel Bosé, Javier Bergia, Alejo Stivel, Los Brujos…, han interpretado baladas o medios tiempos suyos—, es fácilmente discernible al primer golpe de escucha. Guste o no, el estilo del exSolera posee unas peculiaridades acusadísimas (y pondré sólo ejemplos tomados de su último álbum, el quinto como solista): la habilidad para retratar el paisanaje a través del paisaje (“No viene en los mapas la isla en que vive / Morgan, con su tropa de filibusteros”), el empleo de poderosas imágenes (“tu mirada profunda, / desconocida y grave, / danzará en las candelas / de todos mis altares”), la socarronería (“Yo no sé si esta noche de calor / el bochorno se extiende a Andalucía, / que es posible que el clima esté mejor / con la cosa de las autonomías”)… y, algo tremendamente complejo, el sincretismo. Porque Rodrigo es un creador de atmósferas y cadencias que integran sabiamente serenidad y tristeza, júbilo y nostalgia, cotidianeidad y gotas de fantasía… Valga como muestra “Mi rincón”, la composición más añeja del disco —data, me confiesa el autor, de 1976— y una de las más hermosas, en donde un finado habla desde su tumba: “Para mi rincón cesaron las visitas / de amigos, enemigos, neutrales y familia: / un siglo es un momento para nadie / y nadie queda al fin en mi rincón”. La ausencia de una segunda voz aporta, si cabe, mayor credibilidad al texto, cuyo tono es mágico, sí, pero, al mismo tiempo, confesional (a mí me recuerda a la integral narrativa de Borges, quien es, por cierto, uno de los literatos predilectos de Rodrigo). Además, el sonido del acordeón —sobresale al inicio y al término de la pieza— agrava la plácida tristeza, sensación implícita tanto en la letra como en la (lenta) melodía. En fin, éstos son algunos de los rasgos que conforman el sinuoso estilo de Rodrigo.

Rodrigo gesta sus últimos trabajos con escasos medios materiales; V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos es un CD autoeditado y autodistribuido (aquellos que deseen adquirirlo, deberán escribir a esta dirección: irenegbueno@hotmail.com). En el despegable que acompaña al disco, el legendario autor aborda sin miramientos esa realidad áspera:

La ceguera, cuando no la mediocridad o incluso la envidia, de muchos ‘ejecutivos’ y similares, me vienen trayendo a la tesitura de ser yo mi propio mecenas y correr los descalabros ciertos de la autofinanciación. El dinero que, con temeridad y de manera incomodísima, se pierde en estos trances no es sino el precio de una muy especial satisfacción que esos miserables desconocen; y el de un tributo que mi gratitud quiere deber a las personas que, con fina atención, han sabido apreciar y comprender mi labor a través de estos años. Con esmerada cortesía, mando a la mierda a tantos ceporros que pudren las iniciativas (de toda clase) en este país llamado España y muy merecedor de mejor suerte.

Esas limitaciones materiales explican que Rodrigo sea el único instrumentista de su quinto disco. Claro que la decisión de tocar casi exclusivamente el (camaleónico) teclado responde a una limitación física, de la que hablaré hacia el final de este artículo. El caso es que el exCRAG sólo cuenta con las sabrosas armonías vocales de Esmeralda Grao y, ya en el apartado de sonido, con la colaboración del curtido Joaquín Torres, en cuyo estudio grabó Rodrigo parte del CD. Pues bien, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos suena bastante convincente, aunque carezca del fulgoroso acabado de algunas otras obras rodriguianas —en los antípodas, estaría el segundo LP del artista, Rodrigo (1980), con unos arreglos sugestivos, ensoñadores…, por no hablar del único y homónimo álbum de Solera (1973) o del debut de CRAG, Señora azul (1974)—. Afortunadamente, aquí Rodrigo apenas recurre a las enlatadas trompetas (a mí siempre me resultan chillonas) que prorrumpían en varias piezas de su anterior y escueto disco, El jefe (2006). En efecto, en una balada romántica el peso instrumental recae cómodamente sobre el piano (impulso genésico del dramatismo), y precisamente este estilo, la balada, predomina en el actual trabajo de Rodrigo, con lo que el sonido —al emanar de otro instrumento de teclas, al no tener que camuflarse en demasía— resulta, en conjunto, menos desnaturalizado. Confieso que las trompetas sólo me resultan demasiado afectadas en “Seguir adelante”, despechado tema que parece, por su tratamiento, una especie de marcha procesional. En “El capitán Morgan”, también hay simulacros de viento, pero éstos son suavizados, armónica y melódicamente, por el sonido del teclado: sabia decisión.

El último repertorio de Rodrigo, al poseer un envoltorio mínimo —blanca lencería—, muestra de forma muy evidente sus atributos, que son tersos y esbeltos: como piernas de muchacha. Obviamente, no podemos afirmar que Rodrigo convierte la necesidad en virtud, ni maldita falta que le hace. Y es que sus regustos latinos (“Besos con sordina” y “El capitán Morgan”), su lúdico country (“Mensaje en clave”), su entregado folk galaico (“Mientras quede Ribeiro”), su tenso rock and roll (“La miel en los labios”), su aproximación jazzística (“Ajedrez”), sus carnales baladas (“De Madrid”, “En mi propio nido”, “Amor gitano”, etcétera)…, son composiciones tan sólidas que mantendrían la eficacia expresiva aunque estuvieran interpretadas únicamente con una guitarra, del mismo modo que mantienen la eficacia aun estando cercanas, por sus arreglos, a una maqueta. Esas armonías imaginativas, esas melodías intensas, esas letras con coloración lírica o satírica…, suponen un golpe mortal contra muchas producciones que pretenden ocultar la mediocridad bajo ropajes fastuosos. Mal que les pese a algunos, el basamento de un disco es el repertorio. Aunque no es menos cierto que una obra generalmente gana en matices cuando está grabada con los medios necesarios…

CRAGEn España, Rodrigo ocupa un espacio casi inédito a medio camino entre los sutiles trovadores y los poperos de alto vuelo. En los 70, la crítica encuadró a Solera y a CRAG —junto a Vainica Doble o a Cecilia— en la “tercera vía”, corriente del pop español nutrida de letras elaboradas, de melodías sugerentes pero accesibles (otra cosa bien distinta es que, por ejemplo, Hispavox no promocionara lo suficiente LPs como Solera o Señora azul) y de arreglos inspirados, las más de las veces, en el folk norteamericano. El Rodrigo solista, sin perder de vista ese equilibrio literario-musical, emplea diversos moldes —rock, reggae, vals, pasodoble, salsa, bolero…— y bucea en los hontanares de sus pasiones, sacando a la superficie composiciones descriptivas y voluptuosas, de manera que resulta difícil etiquetar su obra…

“De Madrid” representa magníficamente la peculiar manera que Rodrigo tiene de entender la música popular. En esa preciosa canción, al igual que en otras muchas, el autor opta por prescindir de la secuencia del estribillo: de ese modo, resuelve con mano firme la dramática historia y perfila los rasgos de los personajes —Rodrigo es un maestro del retrato— en cuatro minutos y medio, sin traicionar, por tanto, el espíritu inmediato del pop. Y no echamos en falta el estribillo, pues la parte más rítmica de la melodía (aquélla que se repite llegando al último minuto de la balada) acentúa el imperante desgarro.

He puesto un ejemplo representativo pero no excluyente. Quiero decir que otros muchos hermosos temas de Rodrigo sí se benefician de la fórmula del estribillo. Sirva como muestra “En mi propio nido”, en donde un timorato pianista vive una aventura con una pizpireta actriz: “Cómo puedo sentirme solo, / cómo puedo estar aburrido / si este hermoso animal insiste / en cazarme en mi propio nido”. Ese estribillo, verdaderamente rico, no sólo encierra la esencia del tema —fogosidad teñida de turbación—, sino que también cumple una importante función narrativa. Me explico. Las primeras estrofas de la pieza relatan, en pasado, los inaugurales acercamientos entre los amantes, y la reiterada cláusula —cantada en presente— revela que la relación se mantiene en el tiempo. Además, durante esa parte de la canción, el ritmo se acelera notablemente, surgiendo el necesario contrapunto a unas estrofas y a unas armonías extremadamente descriptivas. Por todo esto, Rodrigo semeja al poliédrico cineasta que concentra varios planos en un travelling.

En puridad, Rodrigo —mago del lenguaje, melodista de alzada— no se ciñe por inercia a una estructura: dependiendo de las ideas y de los sentimientos que pretende transmitir, busca soluciones formales de largo alcance. Y por supuesto, adoptando cualquiera de sus papeles —romántico feroz, retratista en celo, galán desde la distancia, dulce presa, poeta despechado…—, consigue que un estilo como la balada, sin dejar de ser popular, adquiera una pátina de refinamiento. Quizás debido a ese carácter renovador, aun sabiendo de la ductilidad musical del autor, me he detenido en dos baladas suyas…

Rodrigo tocando la guitarra en la madrileña sala Clamores, en una imagen de archivoLa última aventura de los guadianescos CRAG duró unos tres años, concluyendo allá por 2008 (es decir, poco después de la publicación de El jefe), pero hacía ya tiempo que Rodrigo, por voluntad propia, permanecía alejado de la escena musical. Conviene recordar que el andaluz es multiinstrumentista y que su singular guitarra fue una de las más solicitadas del pop ibérico de los 70 y los 80 —colaboró, en directos y/o sesiones de estudio, con su expareja Karinacon José y Manuel (quienes luego serían, junto a Guzmán, sus compañeros en Solera), con Mari Trini, con Juan Pardo, con Mocedades, con Rocío Jurado, con el Dúo Dinámico…—. Por mor de la artrosis, Rodrigo ha tenido que ir abandonando las cuerdas; aun así, en los dos temas más rítmicos de V. Curiosas fijaciones…, nos regala provechosos pasajes eléctricos; a mí me encantan los entrecortados acordes de “La miel en los labios”: tengo la impresión de que en ese rock su amado instrumento desprende esquirlas de deseo, igual que en “Rondar de madrugada” (memorable momento de su homónimo LP).

Sin obviar las comentadas limitaciones físicas y materiales, uno, inevitablemente, imagina cómo sonaría la lúbrica guitarra de Rodrigo en canciones tan redondas como “Besos con sordina” (cuyos arreglos son verdaderamente urgentes) o “Amor gitano” (su final, conquistado a través de un ritmo progresivo, pide que un instrumento se desmelene tanto como los amantes protagonistas).

Como muchos de sus versos, el título del quinto trabajo de Rodrigo parece apuntar a más de una dirección (la irremediable vocación de amar, la de componer…), pero, en cualquier caso, nos revela a un hombre ilustrado, inquieto e hipersensible. Un hombre que ha nacido para adorar, más que para querer; para admirar, más que para mirar; para acariciar, más que para tocar al uso… Ninguna amante manipuladora, ningún locutor manipulable, ningún ejecutivo todopoderoso…, es capaz de diluir tanta belleza. Y el maestro —creo yo— lo sabe. Quizás por eso se atreve a mostrarnos, sin ropajes ni accesorios, su repertorio.

La imagen principal es de Emilio Acebes. Las otras tres fotografías están extraídas del perfil público de Rodrigo en Facebook

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