Ridley Scott viaja a Provenza en "Un buen año"

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Después de trabajar en unas cuantas superproducciones, como “Gladiador”, “Hannibal” y “Black Hawk derrivado”, Ridley Scott había conseguido con todas ellas un buen recibimiento por parte del público y de la crítica. Sin embargo, decidió cambiar de registro y embarcarse en el costoso proyecto de “El Reino de los cielos”, que fue un auténtico fracaso. Ahora, el director de “Los impostores”, saca adelante un proyecto bastante atípico en su filmografía, una comedia romántica de bajo presupuesto titulada “Un buen año”.

La película en cuestión nos cuenta la historia de Max Skinner (Russell Crowe), un individuo dedicado al mundo de las inversiones y que tiene todo lo que un hombre puede desear: dinero, mujeres y un trabajo exitoso. Sin embargo, un día recibe la noticia de que su tío ha muerto convirtiéndole en el heredero de un viñedo situado en la Provenza. El protagonista decide viajar hasta tierras francesas para vender cuanto antes esa propiedad. Es cierto que el argumento del largometraje se puede calificar de excesivamente sencillo, ya que se resume en el proceso de cambio de un hombre egoísta, centrado en su carrera, que con este viaje consigue darse cuenta de la importancia de las “pequeñas cosas”. Un guión esquemático y predecible que presenta Francia como un decorado bucólico más. Eso sí, la preciosa fotografía la hacen una película distraída y agradable de ver, sabiendo que no te vas a encontrar con una cinta pretenciosa.

Russell Crowe es el auténtico protagonista del film, sabe adaptarse a lo que el papel de Skinner requiere, hace un buen trabajo caracterizando a un personaje plano. Un guión simple, pero al menos no presenta la típica transformación radical del perverso empresario al hombre de familia que ve la luz. Marion Cotillard hace una buena labor con el personaje femenino, la chica de ensueño que se encuentra en tierras galas y de la que sabe ofrecer una sutil interpretación sin venderse en pantalla. Los vecinos pintorescos, la otra heredera de la casa, el amigo frívolo y los paisajes de la campiña francesa completan el largometraje.

La cinta es entretenida y la transformación que se produce en Max es creíble, aunque demasiado previsible. Se trata, sencillamente, de una película correcta en su género, que funcionará entre los que busquen evadirse con la música y las incomparables imágenes de la Provenza. Ridley Scott presenta un simple divertimento alejado de sus anteriores producciones, aunque muchas de ellas tampoco se alejen de la efectiva industria hollywoodiense.

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