Ridículo Ibérico

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España cayó derrotada por 4 goles a 0 ante Portugal en el Estadio de la Luz en el partido amistoso celebrado a favor de la Candidatura Ibérica para el Mundial de 2018. Pese al nivel de ambos conjuntos, la entrada fue menor de la esperada ya que tan solo se ocupó un tercio del estadio.

Seductor cartel en Lisboa: Portugal contra España. Era un día esperado para volver a ver a la selección de Vicente del Bosque ante un rival de importante nivel como es el conjunto que dirige Paulo Bento. El último ridículo en Buenos Aires ante Argentina hacía pensar que tal vez “La Roja”sacaría el orgullo que tiene; pero en lugar de esto, les ha pesado demasiado la estrella que llevan en el pecho.

España empezó el partido teniendo el balón, el once en el campo era ideal para ello: Xabi Alonso, Busquests, Iniesta, Silva y Xavi. Pero los lusos se sabían la lección e hicieron de España un equipo previsible, lento, con pocas ideas y con menos profundidad. Por la banda derecha, Ramos no aportó nada y por el otro costado solo una jugada de  peligro: una pared maravillosa de Capdevila e Iniesta  en la que casi marca Silva, que remató de cabeza fuera y solo dentro del área. Portugal esperaba atrás con un trivote en el medio del campo formado por Meireles, Martins y Moutinho, que supo ahogar el juego español y rápidamente sacar el contragolpe por la banda de Nani o la de Cristiano.

El jugador del Real Madrid no marcó, pero dejó una perla tras sentar a Piqué pisar el balón y realizar una vaselina que solo Nani pudo estropear remachando el balón en la línea y en fuera de juego. Monumental enfado del “7” de Portugal. Poco después, Piqué sacaba bajo palos un remate de Martins, anunciando el devenir del encuentro. España estaba muy abierta y Cristiano Ronaldo se convirtió en una pesadilla; al filo del descanso dejó en evidencia a Busquets, con el que había intercambiado varias patadas, con una elástica en la esquina del área. Del rebote de su disparo marcó Carlos Martins de fuerte derechazo.

Tras el descanso, Del Bosque dio entrada a Cesc, Torres y Marchena, y sentó a un cansado Xavi, a un Villa escondido y a Piqué con molestias. Empezó entonces la exhibición de Joao Moutinho; el nuevo jugador del Oporto supo leer a la perfección los errores de la zaga española. Primero entró por la banda de Capdevilla y regaló  una asistencia que, tras taconazo de Helder Postiga, Ramos desvió a gol. En el minuto 68 recogió un balón muerto en la frontal y de nuevo encontró al mismo socio dentro del área; esta vez, desmarcado tras un fantástico pase entre cinco defensores españoles que no tenían marca. Ahora Postiga no falló; el daño ya estaba hecho.

Cazorla y Llorente habían entrado desde el banquillo por entonces, pero España no jugaba a nada. Continuas pérdidas de balones y numerosas imprecisiones. Portugal aprovechó para realizar cambios, y de uno de ellos salió el cuarto gol. Hugo Almeida batió a un Casillas vendido en un mano a mano y con la Selección a tumba abierta y sin repliegue. La asistencia de Meireles recompensaba el gran partido del jugador del Liverpool.

Gran labor la de Paulo Bento al frente de Portugal. Cogió un equipo sin moral y ha conseguido encontrar un once tipo que ha repetido repetido en las dos últimas victorias en partidos de clasificación para el Mundial. Su labor no era tan complicada como parece: ha puesto a los mejores jugadores de los que dispone en la mejor posición que juegan, dando forma a un 4-3-3 muy interesante. Nani y Cristiano, de extremos, asistiendo a Postiga; los tres homrbes del centro del campo, antes ya nombrados, tienen disciplina defensiva y muy buena salida de balón, además de una importante llegada. Completan el equipo Carvalho y Pepe, los centrales del Real Madrid, y dos laterales rápidos y con mucha profundidad, además de buen centro: el zurdo Coentrao, ayer ausente, y el diestro Joao Pereira. Eso es lo que hizo, aunque jugó Bruno Alves de inicio en la zaga y Bosingwa ocupó el lateral izquierdo.

Al término del partido, Vicente del Bosque reconoció la superioridad de Portugal y lamentó el mal juego del conjunto que él dirige: “Han sido superiores, peor que hoy no podemos jugar”. Podría calificarse de ridícula esta derrota; no hay que olvidar que somos vigentes campeones de Europa y del mundo, y eso pesa. Parecía que España no se jugaba nada, la motivación no se reflejaba en la cara de los jugadores, la concentración destacaba por su ausencia. Es difícil para España centrarse en estos partidos: son un grupo de jugadores que lo ha ganado todo y que, si se trata de un amistoso, no van a dar la misma intensidad que en un partido oficial. Nadie les exige que demuestren nada, y tal vez ese sea el problema; ellos mismos, los jugadores no se imponen mútuamente dar el cien por cien. Eso no debería ser así, la selección es lo máximo en la carrera de un futbolista. Contra Argentina pasó algo parecido, pero el equipo no estaba en las mejores condiciones. En esta ocasión el equipo contaba con todas sus armas.

Tras esta dolorosa derrota, hay que buscar culpables, plantearse ciertas cosas. Puede culparse al seleccionador de no saber motivar al equipo ante partidos amistosos como el de México, el de Portugal o el de Buenos Aires; pero caeríamos en el error de no recordar que supo sacar lo mejor del equipo en una competición como el campeonato del mundo, cuando el camino era cuesta arriba.

Se puede culpar a los jugadores, más preocupados en sus batallas personales y en sus clubes que en la selección nacional, pero siempre serán héroes por méritos propios. Parte de culpa la tiene la Federación; resultan excesivos los compromisos contra rivales de nivel importante que no les permiten ningún partido plácido donde relajarse y disfrutar. La decisión de irse a jugar a México o a Argentina en épocas de inactividad futbolística en la Liga no es lógica. Están obligados a ganar siempre y ante rivales de renombre, para lograrlo, deben exprimirse. Son humanos.

Pero me gustaría achacar la explicación de esta nueva debacle a la estrella de campeones que lucen sobre el escudo. Esa estrella provoca la confianza en exceso, la falta de motivación, la delegación de la responsabilidad en los compañeros y, sobre todo, la obligación de ganar cualquier partido. Esto provoca que ahora, tras otra paliza, recordemos lo que nos ha llevado hasta lo más alto: la disciplina, el talento y la humildad. No el orgullo, la soberbia y el exceso de confianza.

Fuentes del texto:
www.soccerway.com
www.marca.com

Fuente de la imágenes:
www.rtve.es

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