Renovar la educación, transformar la realidad

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En su Panfleto desde el planeta de los simios, el malogrado Vázquez Montalbán se muestra convencido de que el marxismo “sigue sobreviviendo como un sistema de análisis, como un método de comprensión de la historia, no en balde es el mejor diagnóstico que hasta ahora se ha hecho del capitalismo”. Pese a que ya ha pasado más de una década desde la publicación del citado ensayo, probablemente siga vigente la idea del periodista y escritor: nuestra época histórica se caracteriza (como todas las anteriores) por un modo de producción específico que se corresponde con el sistema de poder establecido y, por ende, con una clase dirigente en constante conflicto con una clase oprimida. Una clase (media, en muchos casos) que goza de no pocos derechos sociales, pero que, sin embargo, es frecuentemente tratada como un mero objeto, cuando no devorada por el monstruo de la alienación o de la depresión…

El marxismo –como es sabido– interpreta la realidad para transformarla. Para conseguir tal fin, es necesario que el individuo adquiera una cultura sólida, una base teórica, que le ayude a comprender la historia –como dice el propio Vázquez Montalbán–, a construir su propio análisis de la sociedad cambiante. Sin embargo, históricamente (y aquí reside el punto débil), muchos de los intérpretes del marxismo, en su afán por imponer un único dogma, se han mostrado reacios a fomentar los debates colectivos (la confrontación de ideas y de argumentos). Lo cual resulta paradójico en una filosofía que apuesta por interpretar la realidad. Pues sólo a través de la oposición de juicios puede un individuo analizar los posibles puntos débiles de una escuela, tratando de corregir o de renovar la correspondiente ideología.

En Latinoamérica, hoy la (necesaria) renovación del marxismo se traduce en los movimientos sociales, surgidos durante la pasada década (periodo ultraliberal), a raíz del enorme descontento popular frente al aumento de las desigualdades. Estos nuevos grupos de protesta (que apuestan por la defensa de los recursos naturales y del medio ambiente, cuestionando las políticas de privatización) dieron lugar a un notable cambio en las formas colectivas de organización y de acción. Ahí está el caso, en Brasil, del Movimiento de los trabajadores Sin Tierra (MST), fundado hace 25 años, hoy convertido en el principal actor organizado del país.

Traemos a colación el ejemplo del MST para dar cuenta de la impresionante transformación educativa (independiente del Estado) que ha llevado a cabo tal movimiento: “(…) dos mil escuelas en las que cincuenta mil personas fueron alfabetizadas y cerca de doscientos mil jóvenes son escolarizados”, según Christophe Ventura (Le Monde Diplomatique –edición española–, julio de 2009).

Pero este aspecto no difiere del tradicional aparato educativo marxista, que, a lo largo del siglo pasado, logró erradicar el analfabetismo (con rapidez y eficacia) y democratizar la cultura en diversos puntos del planeta. Lo que distingue al MST es su afán por fomentar, a la hora de interpretar la realidad (el fin no es otro que la transformación, como en el marxismo clásico), el debate y la discusión.

Pongamos como ejemplo la Escuela Nacional Florestan Fernandes, cuya dirección política es asumida por un colectivo pedagógico perteneciente al MST. “Como parte de su pedagogía –escribe Joao Pedro Stedile, miembro de la dirección nacional del MST–, la Escuela desarrolla la necesidad permanente de que haya debate y discusión sobre todos los temas estudiados. No hay manual. Hay argumentos, teorías, experiencias, reflexiones. Y cada estudiante necesita dominar las diversas vertientes: debatir y producir su propia argumentación, su concepción personal con respecto al fenómeno analizado.” La vocación es, según Stedile, “que sea una escuela de cuadros para toda la clase trabajadora latinoamericana. Por eso siempre se priorizan los cursos que mezclan campesinos con obreros, trabajadores con estudiantes. Gente de todo Brasil, de todo origen social, del campo y de la ciudad. Obviamente, pueden pertenecer a distintos movimientos sociales, con experiencias muy diversas y con líneas políticas muy diferentes de la del MST”. Stedile deja claro que, tras el estudio correspondiente de una materia o de un tema (casi siempre relacionado con la ciencia política), los estudiantes y los profesores, en un espacio común, debatirán sus posturas. Pues “la confrontación contradictoria en un debate colectivo permitirá al estudiante elegir qué tesis es la más adecuada para la realidad”.

Hoy saludamos con ahínco la intención de crear escuelas plurales, alejadas de un único dogma, a fin de formar cuadros para que el movimiento social consolide su base política: e interprete –como alternativa al capitalismo–, de la forma más precisa posible, la realidad. Mas resulta arriesgado emitir un juicio diáfano sobre una escuela con muy pocos años de andadura (fue fundada en enero de 2005, en el municipio de Guararema, Brasil). Lo que sí debe valorarse es el hecho de que, en varios países del Norte de Latinoamérica (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay), el pueblo (a través de todos los movimientos sociales), y no las instituciones, está cambiando el status quo.

Los movimientos sociales contribuyeron en buena medida, gracias a los intensos procesos de movilización, a que Evo Morales (presidente de Bolivia) o su homólogo en Ecuador (Rafael Correa) fuesen ratificados, en las últimas elecciones generales, con porcentajes situados por encima de los dos tercios del electorado. Del mismo modo, los citados movimientos son culpables de los avances sociales producidos recientemente en materia de educación (erradicación del analfabetismo, en Bolivia), de justicia (la nueva Constitución de Ecuador, que define la naturaleza como sujeto de derecho) o de salud (gratuidad de la atención médica en los hospitales públicos de Paraguay).

De una u otra naturaleza (en Paraguay, abundan los movimientos campesinos; en Bolivia las organizaciones indígenas se entreveran con algunos sectores medios urbanos radicalizados; en Ecuador, son visibles las organizaciones indígenas…), la creciente importancia de los movimientos sociales contrasta con la debilidad de las tradicionales formaciones políticas. Y es que, según el sociólogo Josep Pont Vidal, “La democracia de masas deja al individuo en un rol y situación totalmente impotente, teniendo solamente dos opciones para su integración política: identificarse con un sistema de dominación totalitario o asumir el valor de participar en la sociedad —civil society—, dividida a su vez en diferentes grupos de interés. (…) Las modernas democracias no son suficientes para la integración política en la sociedad de los medios tradicionales para resolver las nuevas exigencias y problemas planteados. La combinación ideal sería la superación del pluralismo tradicional del sistema liberal para desembocar en una red en concurrencia de diferentes grupos de interés. (…) Las asociaciones tendrían una función catalizadora”.

La función catalizadora de los movimientos sociales (y la consiguiente pérdida de credibilidad de las tradicionales formaciones políticas) en el Norte de Latinoamérica es un hecho probado. El tiempo dirá si se radicaliza (algunos sectores medios urbanos de Ecuador ya han tomado ese camino) o no este actor decisivo que apuesta por fomentar la pluralidad educativa para transformar la realidad. De entrada, el entorno no ayuda: el MST es, en Brasil (donde mantiene una relación absolutamente conflictiva con el presidente Lula da Silva, quien no parece dispuesto a escuchar ciertas reivindicaciones rurales, económicas, ecológicas…), objeto de una fuerte campaña de criminalización.

Fuentes de la información:
VÁZQUEZ MONTALBÁN, Manuel: Panfleto desde el planeta de los simios, Ed. Crítica, Barcelona, 1995.
Le Monde Diplomatique –edición española–, julio de 2009.
http://ddd.uab.cat/pub/papers/02102862n56p257.pdf

Fuentes de las imágenes:
El País.
La Nueva España.

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