Rembrandt: el color de la risa amarga

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Desternillarse quiere decir, literalmente, romperse las ternillas. La ternilla es, vamos a ser finos, un sinónimo de cartílago, ese tejido así como esquelético y flexible que tienen los seres vertebrados y algunos invertebrados. Lo que no quita que, si cualquier mortal se desternilla ­–al margen de que quiera o no arrancarse las orejas-, pensaremos que en verdad se nos muere de risa.
Eso mismo dicen que le sucedió a Zeuxis, un pintor de la Antigüedad griega que perdió la vida por
desternillarse mientras pintaba a una anciana. Fue esta anécdota la que le sirvió a Rembrandt para crear el considerado como último autorretrato, fechado poco antes de su muerte. Cedida por el museo Wallraf-Richartz de Colonia, esta obra cierra la exposición temporal que El Prado dedica al genio holandés en Madrid.

Rembrandt [Harmenszoon van Rijn] falleció el 4 de octubre de 1969 por causas que aún se desconocen –expertos israelíes apuntaban el año pasado a una leve depresión, lo que descarta la carcajada como arma mortífera-, aunque la calidad de su pintura no deja lugar a dudas. Tras una primera etapa en Leiden, Amsterdam fue la ciudad que lo vio abrazar el éxito tras su llegada en 1631. El tratamiento de las texturas –telas, metales y joyas se podían tocar con sólo una ojeada- y su sensibilidad para los temas históricos y mitológicos lo sitúan en la tradición pictórica europea y, al mismo tiempo, en la vanguardia del siglo XVII.

Admirador de artistas como Rubens o Tiziano, Rembrandt optó por la ruptura a partir de 1645, de modo que las grandes pinceladas borraron de su mapa mental de valores la corriente que se seguía en Holanda. A falta de obras emblemáticas como La lección de anatomía del doctor Tulp, La ronda de noche o Los síndicos del gremio de pañeros, nos servimos de la comparación in situ de su arte con el de contemporáneos e inspiradores, y de las reseñas a las cuales la pinacoteca nacional nos tiene acostumbrados.

En una de esas placas se describe el mito de Susana y los viejos, motivo del desnudo que el autor pintó allá por 1636: dos jueces sorprendieron a Susana bañándose desnuda y la amenazaron con acusarla de adulterio si no accedía a sus deseos. En otro rincón, Betsabé posa perturbada porque el rey David la ha visto desde su ventana de palacio y pide acostarse con ella. ¿Sacrificará su honra para evitarle el perjuicio a su joven marido, soldado del ejército real? Hay que ver cómo la extorsión y el sexo siguen dando de qué hablar (y pintar).

También encontramos el Descanso en la huida a Egipto (1647), uno de los únicos ocho paisajes que se le atribuyen, el Sansón cegado por los filisteos (1636) –de dimensiones considerables- y el Cristo predicando (1648), por cuya estampa llegaron a pagar cien florines –imaginamos que fue un lujo de la época-.

El plato fuerte de la temporada tiene, pues, como protagonista a quien lo perdió todo o casi todo –cayó en bancarrota, sus dos esposas murieron, al igual que uno de sus hijos,…-; pero, como de perdedores se nutre la Historia, se agradece que hasta nosotros llegue la riqueza de sombras, color y espíritu con que Rembrandt impregnó lienzos y aguafuertes.

Fuente de la imagen:
Autorretrato como Zeuxis, ca. 1667-1668
http://www.elpais.com/fotogaleria/Rembrandt/Pintor/historias/5852-9/

1 Comentario

  1. Tía, que interesante, por Dios, sustituye a Violeta Izquierdo. Seguro que con unas clases de arte así de interesantes todo el mundo se `pondría a incar codos.

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