‘Reikiavik’ en el tablero de la imaginación

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El consagrado dramaturgo Juan Mayorga, tras muchas piezas escritas, estrenadas, publicadas, adaptadas, tras mucho teatro palpado, sentido y vivido, decidió hace unos años lanzarse a la piscina y estrenarse como director con La lengua en pedazos, una magnífica pieza con una dirección inteligente y certera, cuyo texto, además, le mereció el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2013. La temporada pasado estrenó su segundo hallazgo escénico, Reikiavik, también de autoría propia, que arrasó en el Centro Dramático Nacional, hecho que provocó su reposición en la presente temporada.

Y no es de extrañar el éxito logrado, ya que la pieza, de una brillantez propia del mejor Mayorga, encandila al espectador desde el principio. En escena sólo tres actores, pero una infinidad de personajes. Los protagonistas: el escuálido Waterloo –interpretado por César Sarachu−, el trajeado Bailén –en manos de Daniel Albadalejo, quien se puso ya bajo la dirección de Mayorga en La lengua en pedazos, junto con Clara Sanchis que, en esta ocasión, realiza la ayudantía−, y un muchach@ −Elena Rayos­− que pasaba por allí y que ni sospecha la relevancia de su presencia en ese parque, en esos bancos separados por un tablero de ajedrez para que los aficionados a dicho juego batallen. Como es el caso de los dos hombres. Aunque, en realidad, no es exactamente su caso, porque Waterloo y Bailén no juegan al ajedrez, sino que reproducen una partida. Una célebre. Una que se saben de memoria. Y no sólo los movimientos, sino toda la historia que la rodea. Conocen la vida de los jugadores de aquel hito que tuvo lugar en Reikiavik en 1972: el americano Bobby Fischer y el soviético Boris Spassky.

Y a lo que juegan, en realidad, esas dos almas de las que tan poco se nos cuenta durante la función, es a hacer teatro. A recrear esa partida del campeonato mundial. Juegan a ser Fischer y Spassky y los demás personajes que intervienen en el relato, a reproducir los diálogos, las situaciones, los miedos, las angustias, las presiones, todo lo que convirtió aquella partida en algo mucho mayor que una partida de ajedrez: era el tablero del capitalismo contra el comunismo, era el tablero de la guerra fría. En ese sentido, es inevitable que, en varios momentos de la obra, los habituales de Mayorga recuerden su reciente Famélica, texto posterior que se ha podido ir viendo, desde su estreno, en el Teatro del Barrio.

Más allá del interesante universo de ese duelo de titanes como fue el de Fischer y Spassky, más allá del interesante universo de la política norteamericana y soviética durante la guerra fría, esta obra habla de la soledad del hombre, de la necesidad de ser otras personas, de interpretar un papel, de hacer teatro, del fabuloso poder del teatro. Porque lo poderosamente interesante de esta función es la maestría con la que los tres intérpretes −todos ellos sobresalientes− logran dar vida a un texto que juega con muchas fronteras, y que se apoya en una dirección medida, cuidada, detallista, que sirve en bandeja al espectador la oportunidad de usar su propia imaginación y completar así los múltiples escenarios por los que viajan junto a los personajes. Les ayuda también las proyecciones que complementan el espacio diseñado por Alejandro Andújar, y el trabajo de iluminación de Gómez Cornejo.

Mayorga sigue sorprendiendo y cautivando, con un teatro de texto de calidad y unas apuestas que van siempre hasta el fondo de lo humano, donde el trabajo actoral brilla especialmente. Esta reposición, que estuvo en cartel todo el mes de octubre en la sala Francisco Nieva (la pequeña) del Teatro Valle-Inclán, ha merecido la pena.

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Fuente: Centro Dramático Nacional

 

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