Reflexiones desde mi teclado: desde el Infierno (vasco)

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Prisionero en esta tierra que me vio nacer, al aislamiento, inocente y solo me acostumbré. Cercado entre amenazas de aquellos que declaran vengar torturas de un pasado cuando en el fondo actúan igual. ¿Quién es el héroe que lucha por su verdad  y contempla que su espacio se estrecha cada día un poco más (sólo por distinto pensar)? ¿Quién el verdugo que asfixia otra realidad con un hálito hostil que no la permite escapar? ¿Umant ala borrero?
Se me obliga a ser esclavo de mi propio temor mientras mi mente se pudre por la preocupación y expulsa pensamientos de muerte para el pulso encauzar: aquí no hay más modelos que aquellos que te impone el rival. La escolta es el aliento que nutre mi derecho a vivir pues mi hábitat se ha muerto desde el momento en que disentí. Apartado… debo aceptar… que los insultos me sitiarán… Son tantas las veces en que quise huir mas mis entrañas se enlazan aquí…
¿Quién es el héroe que lucha por su verdad  y contempla que su espacio se estrecha cada día un poco más (sólo por distinto pensar)?¿Quién el verdugo que asfixia otra realidad  con un hálito hostil que no la permite escapar? ¿Umant ala borrero?

Perdonad si suena extraño este comienzo. Supongo que no hay mejor modo de encauzar esta pequeña crítica que con estos humildes versitos. Forman parte de la letra de una canción que compuse junto a un amigo mío, vasco, como habréis podido adivinar, y también exiliado- él dice que voluntariamente y que cuando quiere se vuelve a subir-, como los protagonistas del metraje al que ahora mismo critico. Sí. Este chico es el mismo al que me refería en mi crónica sobre el atentado de Navarra.

Toda esta introducción aparece al hilo de la última película-documental que he tenido la suerte de visionar- ya son tres veces las que la he disfrutado: El infierno vasco.  Debido a la, según mi punto de vista, inconcebible falta de promoción, muchos desconocerán siquiera de qué estoy hablando. Vayamos por partes. El infierno vasco es un documental. Es más, es un documental incómodo. Siempre molesta hablar sobre un tema delicado como el terrorismo o el nacionalismo excluyente y mucho más si los protagonsitas lo han vivido en primera persona. Me resisto a llamar a El Infierno vasco película porque no veo en él ningún artificio demasiado sofisticado como para considerarlo como tal.  En realidad son relatos yuxtapuestos, relatos de gente como tú, estimado lector, como yo, como cualquiera de nosotros. Relatos de personas normales, seres humanos que han vivido circunstancias terribles, recuerdos tremebundos y que por ello han debido de alejarse de su tierra, su Euskadi.  ¿Y por qué? Simplemente porque no comulgan con unas ideas políticas. Sin duda son relatos de víctimas pero también son relatos de valientes.

El director del metraje es Iñaki Arteta, pero se echa tan a un lado que muchas veces parece que es cualquiera el que ha cogido la cámara y se ha bajado una tarde a rodar. Arteta asume con su cámara y unos muy visibles humildes medios la tarea- complicadísima- de entrevistas a sucesivas personas que han sufrido el siempre silenciado por los medios- menos por algunas voces críticas a las que algunos se emperran en llamar “fachas” descalificándose a ellos mismos- acoso del nacionalismo y, en los últimos términos, del mismo entramado etarra. Aunque no se muestran las imágenes implícitas de los hechos narrados, los testimonios de los entrevistados- en su mayoría anónimos, otras veces directamente implicados con atentados de sobra conocidos por todos, como por ejemplo el de Consuelo, la hermana de Gregorio Ordóñez-hielan la sangre por la fuerza de sus palabras y hacen que sea la propia mente la que diseñe en sí misma el calvario que han debido de padecer estas personas.

Por la pantalla aparece, entre otros, un valiente sacerdote en un pequeño y bellísimo pueblo- Maruri- acosado por denunciar la soledad a la que sus compañeros condenan a las víctimas de ETA y creador entre otros del Foro El Salvador; varios concejales- de los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, así que no se puede acusar al metraje de partidista- que han debido dejar sus cargos por la seguridad de su familia; un antiguo integrante de ETA que narra los entresijos ocultos de la banda; empresarios acosados- memorable la intervención de uno de ellos quien, con una valentía innata, reta al entramado etarra diciendo que “con su dinero no se van a comer ni un pincho” y obligados a pagar el “impuesto revolucionario” si no quieren ser “ejecutados”, y esto es literal; miembros del Foro de Ermua- cito el caso de una irreductible madre de familia que ha perdido a dos hijos pero que se siente con fuerzas para emular a Rosa Díez o María San Gil e “ir allí a darles mucha caña”; un artista cuya obra ha sido quemada porque no es nacionalista y, por último, el caso más crudo de todos, el de un humilde ertzaina al que quisieron quemar vivo en su propio domicilio a base de cócteles molotov y que a punto estuvo de sufrir un infarto allí mismo o de darse un tiro ante la presión de los abertzales, los radicales y los nacionalistas.

Todos ellos son exiliados. Todos ellos podrían y deberían formar parte de su tierra, de su pueblo, de Euskadi. Pero han tenido que partir por algo tan nimio, tan intangible, como unas ideas.

Después de contemplar El infierno vasco, te quedas con un amargo sabor de boca, yo por lo menos reforcé mi indignación ante algunas manifestaciones de esa inocente gente a la que, además, en su propio entorno marginaban por miedo quizá a ser también señalados por el dedo del terror. Sientes que debes hacer algo, que se tiene que hacer algo. Que no se puede dejar que una situación así se perpetúe. Y todos sabéis si seguís con regularidad mis escritos el gran amor y respeto que siento por la identidad vasca, que para mí sí que existe pero que puede servir igualmente para aunar y no para que gente como todos nosotros tenga que renunciar a sus derechos constitucionales. Seguro que todos conocemos algún amigo vasco, algún familiar, algún conocido o compañero del trabajo. ¿Alguna vez nos hemos preguntado si es un exiliado? Y, si lo es ¿sabemos por el calvario por el que ha pasado? Con este documental lo descubres y lo vives. Porque una cosa es que te lo cuenten y otra que hagan que lo sientas.

Yo sigo guardando el medallón con el símbolo identitario del Lauburu que me ha regalado este amigo del que hablo siempre y que me ha inspirado toda una trama argumental. Y estoy concienciada de que puedo provocar a algunos porque yo no he nacido en el País Vasco y es un símbolo que es genuino de esa tierra. Pero a mí me provoca más que muchos no puedan hablar y muchas veces ni vivir por ser distintos. Eso sí que es una provocación y no que yo, madrileña de nacimiento, lleve un símbolo vasco.

Todos deberíamos ver este documental para conocernos un poco más, para conocer nuestro país, para no volver de nuevo las espaldas ante los problemas que a todos nos atañen. Y aunque sea evidente la falta de medios, los fallos de montaje, aunque no aparezca nuestro actor de Hollywood favorito o aunque seamos reacios a algunos rostros por ideas. No aparece ningún político conocido ni ninguna figura demasiado mediática. Quizá fue esa la intención de Arteta para reforzar el carácter de testimonio. El Infierno vasco se debe ver no desde la perspectiva política, sino sociológica, antropológica e incluso costumbrista. Porque hay que conocer la realidad para poder juzgarla y sin saberla no se puede enjuiciar.

3 Comentarios

  1. La canción… fuerte, me gusta, es sincera y tiene sentimiento.
    El documental… habrá que verlo… no siempre se tiene la oportunidad de conocer la causa de primera mano…
    Un saludo!
    Gracias!

  2. Gracias, Aurora, por tu gran sensibilidad y por el cariño que te destila por todos los poros. Gracias de una vasca que ha sufrido toda su vida en sí misma o en gente muy cercana, todo eso que cuentas.

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