Rebelde sin causa

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Una vez más, como si se tratara de una sórdida costumbre que hubiera de repetirse con cierta periodicidad, hemos de asistir como espectadores obligados a las patochadas de algunos políticos que pululan por el panorama nacional. Y, a pesar de que estos disparates son repetidos con demasiada frecuencia, uno no acaba nunca de acostumbrarse a ellos. Nuestro sentido común los rechaza y se niega a dar crédito a lo que ve o escucha, lo cual, al menos, da lugar a una triste satisfacción con signos de agotamiento.
En esta ocasión, semejante honor vuelve a corresponderle a la, muy a pesar de algunos, Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre: sus palabras incitando a la rebelión popular en contra de la subida del IVA propuesta por el Gobierno añaden más leña a la caldera en la que se está convirtiendo el entramado nacional del Partido Popular. 

Envueltos hasta las cejas en los mayores escándalos de corrupción política de los últimos años, Aguirre no ha tenido suficiente con proclamarse a sí misma adalid de la justicia llegando a afirmar, entre otras cosas, que el caso Gürtel se destapó gracias a ella, sino que además, ha tenido la osadía de enfundarse su particular camiseta blanca ajustada, sus tejanos oscuros y su cazadora de cuero y, como si de una James Dean sin ningún tipo de clase ni de estilo se tratara, se ha lanzado a la calle poseída por el espíritu de Braveheart a hacer (por enésima vez) el ridículo erigiéndose en la lideresa de una batalla en la que ni estaba ni se la esperaba.

Su obsesiva y reiterada injerencia en los asuntos nacionales (asuntos que, al menos institucionalmente, no le competen), no es más que la prueba más que evidente de que su megalomanía le hace mirar única y exclusivamente a la Moncloa en lugar de a la Puerta del Sol. Su batalla no está (y ella lo sabe) en la calle intentando evitar que aumente el IVA, ni siquiera está dentro de las filas del Partido Socialista. Su particular guerra tiene un nombre claro y nítido: sucesión. En efecto, Aguirre vive políticamente por y para sustituir a Mariano Rajoy al frente de un partido contaminado de corruptos, algunos de los cuales le han llegado a tocar a ella tan de cerca que han convertido a Madrid en la fosa séptica que es hoy en día. Los grandes perjudicados de su inexistente interés por los asuntos autonómicos no son ni Gallardón ni cualesquiera otros sparrings con los que pueda encararse en su peculiar camino hacia la Presidencia en Génova 13: desgraciadamente, los perjudicados de vivir en una comunidad completamente desgobernada somos todos los que habitamos en Madrid (muy especialmente aquellos que han de sufrir la educación o la sanidad de las que Aguirre tanto alardea).

De todas formas, este y otros acontecimientos recientes me incitan a pensar que “algo” extraño ocurre. ¿No eran los movimientos izquierdistas los que históricamente han reivindicado las injusticias de los poderosos? Si no me falla la memoria, los dirigentes populares intentaron menospreciar a aquellos que se manifestaron contra la guerra de Irak llamándolos despectivamente “los de la pandereta” o “pancarteros”. Un razonamiento coherente nos llevaría rápidamente a la sencilla conclusión de que los populares son partidarios de que los ciudadanos acaten lo que sus dirigentes decidan. En ese caso la rebelión impulsada por Aguirre carecería del más absoluto de los sentidos. Precisamente por eso, Aguirre es una rebelde sin causa, porque sus reivindicaciones no tienen nada que ver con el bien común ni con el bienestar general de la sociedad. Son simple y llanamente victimismo barato, ese del que tantas veces han acusado a los progresistas y que parece estar poniéndose de moda en algunos sectores conservadores. Las manifestaciones “pro vida” en contra de la nueva Ley del Aborto de hace algunos meses, la denuncia de Garzón por investigar los crímenes del franquismo por parte de organizaciones de ultra derecha (eso sí, bien disfrazada de una acusación por prevaricación, para que no se note mucho) son sólo algunos ejemplos muy recientes del alarmismo social que está generando el intento de desgastar al Gobierno, todo ello bien rebozado con una de las peores crisis económicas que se recuerdan como telón de fondo. Aguirre ha picado en el anzuelo y, si bien ya hace tiempo eligió el camino de la demagogia política, ahora vuelve a equivocarse y elige el del dramatismo y la sobreactuación, dejándose llevar por todos aquellos que ya consideran que todo vale en política. No se puede explicar de otra manera que ponga el grito en el cielo porque el Gobierno vaya a subir el IVA en 2 puntos cuando desde que ella gobierna Madrid la presión fiscal ha aumentado del 6,5% al 7%, el Impuesto de Sucesiones y Donaciones ha aumentado en un 72%, el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados un 17% y las tasas han hecho lo propio en un 7%.

El excesivo histrionismo, tanto en las formas como en el contenido, de esta broma de mal de gusto enerva a cualquiera que posea un mínimo de conciencia social. Las actuaciones de estos representantes de la derecha en España no son sólo paradójicas e incoherentes con lo que  ellos mismos preconizaban hace muy poco. Resultan grotescas y carecen del mínimo sentido común para ejercer la política. Ahora resulta que son ellos los oprimidos. Ver para creer.     

Fuente de la imagen:
http://vicentvercher.files.wordpress.com

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