Kramer vs Kramer: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte (1ª Parte)

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Harry Potter regresa más épico

Por Enrique Sánchez Huertas

El pasado 17 de Noviembre, tuvo lugar en los cines Kinépolis de Madrid, la premiere de la última entrega de Harry Potter. La película, la primera de dos entregas, fue acogida por los fans con entusiasmo pese al frío y la posibilidad de lluvia. No faltaron rostros conocidos acompañados por sus hijos y algún que otro seguidor disfrazado de la saga.

En ésta primera entrega, Potter es ya todo un hombre, mostrándonos la evolución psicológica y social que ha sufrido el personaje. Atrás queda ese rostro aniñado e infantil dejándonos en su lugar a un personaje más decidido y sólido.

Algo a remarcar notablemente es la fidelidad a la obra original que tiene la película. Si bien en anteriores entregas han querido ahorrar personajes para contar la misma historia, ya llegado el final se han dado cuenta que aquellos que pensaban que no aportaban nada, han jugado roles en ésta película que no esperaban, viéndose obligados a realizar una breve presentación que a los espectadores que no conozcan el libro, les parecerá insuficiente.

El arranque de la película es intenso e intrigante, y si bien no logra plasmar bien el tono misterioso, si que hace mas amena la parte mas aburrida del libro, que es precisamente ésta primera entrega, ayudado por una acción frenética y unos efectos especiales demoledores.

David Yates, ha sido perdonado por su anterior colaboración en la franquicia, cuya trama distaba bastante del tono del original, regalándonos ésta vez un producto cinematográfico mas maduro.

Nos encontramos ante una saga que reúne millones de seguidores y eso Warner lo sabe, por tanto no es de extrañar que para el día de la premiere, ya se encontraban filtrados los primeros 36 minutos en un portal de Internet, rumoreándose que puede que procedan de Brasil.

Solo queda esperar hasta julio para recibir la segunda parte, que promete más acción y pirotecnia, el verdadero desenlace de ésta aventura.

Fuente imágenes:
Enrique Sánchez Huertas
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Realidad y magia

Por Borja Santos Robledo

Hace aproximadamente un año y medio abandoné un cine valenciano para dejar atrás una historia que había ansiado desde hacía tiempo. Las expectativas no eran altísimas (que no las mismas abultadas ganas de siempre), pues los tráileres fueron meros acercamientos carentes de aquella magia que viviría más tarde. Harry Potter y el misterio del príncipe empezó como una incipiente proyección digna de abrazos y algunas imágenes que bien reflejaron el mundo sombrío al que estaba deseando adentrarme, y es que el pesimismo que se respiraba en las páginas tenía que ser traducido con mantas negras y alientos de baúles muertos. Sí, la cantidad de penumbra que había estimado cayó sobre la historia y sobre la figura de Albus Dumbledore como siempre me había atrevido a soñar. Por desgracia, la excesiva dedicación en el amor absurdo y adolescente de algunos personajes y la falta de seriedad que pudo profesar el libro la convirtieron en una película normal que prometía algo más.

Después de que Severus Snape lanzara al vacío a una de mis más preciadas deidades con la más poderosa maldición imperdonable que había creado el mundo mágico, me levanté de la butaca y un poderoso bofetón de humedad me atolondró la cara a la par que recordaba el réquiem verdoso que se había entonado en la Torre de Astronomía. Un año y medio me separaban de un horizonte en el que tentaría el libro un par de veces, en el que recordaría los meses que se iban consumiendo y en el que finalizaría mi educación mágica.

El 19 de noviembre de 2010 era la meta de una cuenta atrás que había empezado hace mucho y que me presentaba el nuevo curso con esa mágica ilusión que me acompañó en el instituto. Un Big Mac y unas palomitas de caramelo supondrían el soporte alimenticio en el que me sostendría 146 minutos de un visionado misterioso y todavía irreal, pues a pesar de la historia marcada a fuego y los demasiado asombrosos adelantos de Warner Bros y Youtube, todo era imprevisible. Las expectativas andaban enzarzadas en una lucha con todos los dioses griegos y romanos. Por ello, sentía terror. Pero no había nada que hacer, ni que poder evitar. El leitmotiv acompañó la extinción de las luces del cine y el símbolo del estudio se materializó entre las nubes que me tendieron la mano hacia la historia. La primera parte del final empezó a hacerse real.

El principio saca a los tres personajes principales de su cotidianeidad. Desde ese momento aquellos Harry, Ron y Hermione se zafan del parvulario en el que habían vivido seis entregas anteriores y afrontan un libro o una película adulta. Yo, con 12 años me harté de idolatrar y amar de verdad los encantamientos que abrían puertas y destrozaban figuras de ajedrez, y odiaba en demasía la figura de Snape, un profesor envidioso y de aspecto fúnebre que connotaba un aire maligno posiblemente intencionado. Por su parte, Albus Dumbledore se llamaba Richard Harris y gastaba un halo de generosidad y bondad que ni Papá Noel, y yo, absurdo personaje amigo de los ancianos bonachones que saben hacer trucos de magia, le admiraba y pretendía hacer de mí un viejo de las mismas características. Hoy, nos enfrentamos a un peligro que encumbra el sucedáneo de desastres que se deben afrontar en una historia, a un Snape con secretos interesantes que le acicalan como un cabronazo que amas con locura y un Michael Gambon capaz de hacer de Dumbledore el sádico anciano que rebosa inteligencia y que oscurece la figura de un mago de verdad.

Tras ese inicio, Snape pone la guinda a tres minutos de película haciendo malabarismos con rayos de luz casi invisibles, y el plan para matar a Harry Potter se traza ante la temerosa perorata de lord Voldemort. A Lucuis Malfoy, tal y como relata el libro, sólo le falta un cartón de vino y un cómodo lecho de cartón al pie de una iglesia pequeña. Helena Bonham Carter exagera de forma correcta el papel de Bellatrix Lestrange que empezó a fraguar en la cuna, y tanto Ralph Fiennes como Alan Rickman, vistiendo los papeles del Señor Tenebroso y Snape respectivamente, son desprovistos de sus habituales dobladores en la saga, lo cual me pone de muy mal humor. Yo no rechazo el cine extranjero doblado por españoles, pero aquí cojea en varias patas esenciales que cambian mi fantasía mental. No importa, haremos una excepción.

Mientras, la vida carcelaria de Harry en Privet Drive empieza a serrar los barrotes y sus amigos optan por una huída exprés arañando el cielo londinense con thestrals, escobas y una moto con sidecar. Los siete Harrys están muy currados, pero la salida en estampida y la emboscada de los seguidores de Voldemort sobrepasa los límites de velocidad que hacen perceptible una empresa así. La constante exposición de conjuros que torpedean la noche inglesa y precipitan la pantalla en un movimiento centrípeto aderezado con explosiones y muertes de lechuzas pasa desapercibida en el metraje total al extinguir sus vaivenes en un minuto. La aparición de como un cuervo que materializa su cuerpo con ráfagas de humo y vapor a muchos kilómetros por hora es demasiado repentina y precipitada pero termina con maestría. La cámara cabalga sobre la unión de las varitas de los dos enemigos principales hasta desembocar en la que el Señor Tenebroso empuña, la cual se fragmenta a la par que la cámara la sobrevuela y finaliza con ese intento de acabar con Harry Potter.

La muerte de Ojoloco Moddy llega como una sorpresa previsible y muy poco dramática, pero por suerte George Weasley nos esculpe una amplia sonrisa en ese decepcionante comienzo colocándose un cepillo de dientes en el hueco que ha dejado su recién mutilada oreja. Simple pero efectivo.

Un hecho importante irrumpe en la historia cuando el ministro de magia, posteriormente asesinado por las fuerzas del mal, visita a Harry, Ron y Hermione con un regalo valioso. El ministro entrega a los chicos unos objetos que corresponden a la herencia de Dumbledore. Ron recibe el desiluminador fabricado por el propio director, Hermione un libro con los cuentos de Beedle el Bardo y Harry la snitch dorada que atrapó en su primer partido de Quidditch y la espada de Godric Gryffindor, la cual no puede poseer por ser una importante joya histórica. Hasta ahí, todo normal.

Empieza la road movie. Bueno, la forest movie. Los mortígafos irrumpen en La Madriguera y los tres amigos deciden pensar en su seguridad. El viaje tiene como principal estandarte la caza de los Horrocruxes que liquidarían finalmente a lord Voldemort. Por ello, la búsqueda de tales objetos que contienen el alma dividida en partes de su principal enemigo y la destrucción de los mismos inunda toda la película. La primera misión dentro de la gran aventura es encontrar el verdadero guardapelo que contenía un pedazo de alma.

Visitan Londres. Los magos dejan Hogwarts para introducirse en el mundo real, en las calles que han dejado de levitar y que congregan a la misma especie bajo un firmamento de estrellas que han pasado por alto su soporte en los conjuros. Las pálidas estructuras que atraviesen la ciudad inglesa son el escenario de tres personajes que escapan de la normalidad y que viven en un mundo ajeno a aquellos que caminan despreocupados. Se hospedan en la antigua base de la Orden del Fénix, Grimmauld Place, una polvorienta casa protegida por sortilegios fantasmales y que se alza estrecha entre recuerdos y gritos en contra de la sangre sucia.

La película nos presenta su primera búsqueda. Se entrometen en el Ministerio de Magia para encontrar el guardapelo que deben destruir. Tras esta muy acertada adaptación del libro, el trío de magos adolescentes se despoja de la civilización para darnos a conocer la maravilla paisajística que existe en Gran Bretaña. Acantilados, inmensas praderas y gélidas playas atestan la pantalla de una profunda obra de arte visual que se había pasado más por alto en las seis películas anteriores. Una paleta de colores surca cielo y tierra, provocando un intenso contraste entre mares negros y blancas colinas.

Nos encontramos en una situación pesimista. El tiempo se detiene y derrite ante la impasibilidad del mundo. La suciedad y los rostros ataviados de soledad, angustia y vello acuden en la ayuda de una historia que ansiaba madurez. Allí, los personajes deciden aprender a andar y vemos cómo han crecido, sobre todo alguien que ha compartido su infancia y adolescencia con ellos. La fortaleza del Elegido, que ha sido siempre fuertemente golpeada, roza la desesperación ante la imposibilidad de una salida. Los hechizos protectores que protegen la tienda de campaña que les acompaña en su viaje sirven de barrera entre dos dimensiones del mundo mágico, entre el bien y el mal dentro de susurros de árboles que ignoran la pequeña batalla que se libra en sus bosques.

En esta película, todo aquel que ha deseado llegar al cine el 19 de noviembre ha penetrado en las entrañas de los personajes. Lo que veíamos en un Harry que descubría su capacidad mágica y que huía de un Basilisco se ha erguido al compás de un sufrimiento y de un peso que ha atormentado cada una de sus aventuras. Ha crecido sin felicidades plenas al enfrentarse continuamente a un mal que ha estado despierto en casi todo momento. Su lucha interior sobre lo que hacer con su vida y con sus amigos se ha prolongado y le ha pesado en cada historia. Cada golpe a lo largo de la saga le ha llenado de valor y sabiduría, le ha convertido en el verdadero líder de la historia, en una persona en quien depositar todas las esperanzas, en alguien por quien merece la pena luchar. Los meses que pasan de trotamundos mudan el optimismo de cada película anterior hacia una solución imposible en mitad de un crecimiento personal, donde la madurez les permite afrontar de otra manera los problemas. Un Harry que es adulto, que cambia el optimismo por realidad. Que ha dejado el juego a un lado. Vemos un Harry entregado en la aventura más peligrosa e incierta de todas, un Harry que no pierde la esperanza a la vez que la ahoga en una ira repentina, un Harry que se siente traicionado y a la vez reconfortado, donde el compañerismo es una ayuda férrea en contraposición con una amistad de niños. Una lucha hombro con hombro que se deja de ñoñerías y que en el peor ambiente posible se alza desoyendo las tentaciones de la soledad. Una ayuda y comportamiento ejemplar y fuerte que se desarrolla sobre todo en Hermione durante toda la película, que entre lágrimas y sufrimientos usa su lógica y ofrece todas sus posibilidades. Una Hermione que ha dejado de repeler para utilizar su espectacular destreza en ser el mejor apoyo y un cerebro brillante para una misión de tanta envergadura. Un crecimiento extrañamente maduro que ha minado las cursilerías de una mente aniñada y que ha tejido de fortaleza las entrañas de una mujer. Un verdadero sostén en una misión de ese calibre que la convierte durante gran parte de la historia en mayor protagonista incluso que Harry.

Por otro lado, Ron, que ha jugado el papel de gracioso y leal compañero de Harry, se ha descolgado de ese estereotipo para erigirse como un personaje inteligente e imprescindible. Potencia su personalidad y aporta las ideas necesarias para el sostenimiento de tal empresa. Nos hace reír pues matiza con sutileza esa especial absurdez que le caracterizaba y sufre los peores contratiempos con el fin de aportar su granito de arena. Ron deja de ser el niño que seguía a su compañero a todas partes y ridiculizaba los comentarios y actitudes de su compañera para conformarse como un personaje independiente y seguro de sí mismo, dejando a un lado las desconfianzas que le podían relegar a un segundo plano. Además, la valentía que se le adhiere desde que empieza la película y su pérdida de inocencia se hacen fuertes a medida que se adentran más en la soledad de su viaje. Es el que más ha crecido de los tres. Un paso a la edad adulta que advierte un ligero crecimiento en sus interpretaciones, aunque, a excepción de Rupert Grint, aún es muy mejorable. Daniel Radcliffe y Emma Watson intentan seducirnos con una nueva variedad interpretativa, y aunque no llega a calar esa faceta para tenerla en cuenta en el futuro (al menos de momento), sí nos hace vibrar. Supongo que estamos borrachos de su historia y sus encantos. Aún así, sí transmiten con nota el sufrimiento que se les ha encomendado darnos a conocer.

Echo mucho de menos en la película las continuas referencias a la vida de Dumbledore. A lo mejor es porque ese señor ha sido uno de los pocos viejos a los que me hubiera gustado llamar abuelos, a lo mejor porque el hecho de que es un mago bueno con infinidad de secretos que le hacen rozar la malignidad, quizá porque su espíritu no está limpio y se oscurece dentro de su propia bondad… No sé, el caso es que su pasado, en el libro, está presente y vuelve loco a Harry, y eso apenas tiene valor en la películas. Quizá en la segunda, no sé.

En la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte se hace patente el poder que puede albergar el mal. El guardapelo que siguen sin poder destruir estrangula el carácter de los tres amigos y les asemeja a Frodo cuando el peso del anillo desloma sus expectativas y esperanzas. El guardapelo les atraviesa la piel y los huesos cuando permanece sobre ellos el tiempo suficiente para atisbar debilidad y defectos, defensas desprovistas de suficientes contrafuertes que pueden desestabilizarse con una mera incursión del mal. Algún pensamiento huraño les atormenta con el paso de los minutos y atenta contra su moral y despedaza la paciencia y la coherencia hasta desesperar al portador. El guardapelo les suministra una dosis de falsa traición para acentuar el abatimiento. Las marcas de desaliento y consumo por el mal que les pende del cuello se traducen en ojos que se maquillan de cansancio y febrilidad amoratados, rostros pálidos y semblantes melancólicos y furiosos que también calcan la idea de Tolkien o de Peter Jackson, pero que en ningún momento sobran o parece que no deban estar. Son un perfecto reflejo de las palabras de J.K. Rowling y aunque ésta utilizase el poder del anillo en su libro, no desentona y la película lo plasma como es debido. El pequeño de los varones Weasley, en los turnos en los que le toca portar el Horrocrux, sufre con mayor brutalidad las embestidas del acoso demoníaco que desprende el guardapelo, y le afecta al carácter, al humor y a sus propios sentimientos más que a cualquiera del grupo. Inyectan su cara de enfermedad cetrina y sumen su bienestar en una caída eterna.

A causa de ello, Ron abandona por celos (que no vienen a cuento porque en el libro no aparecen pero que se pasan por alto) y por desesperanza a sus dos amigos. Harry y Hermione se quedan a la deriva en una misión que cada vez huele más a podrido. Las indicaciones que Dumbledore dejó a Harry parece que no terminan de conformarse en algo que utilizar y las posesiones que deja a los tres amigos como herencia no ayudan para nada en la resolución del caso. Los dos amigos que quedan comparten y disfrutan de minutos admirables en pantalla. Ambos desprenden una química que ni C3PO y R2D2, y no sólo se debe a la confidencialidad de los personajes de la historia, sino al buen hacer de Radcliffe y Watson en la lucha contra la soledad. Son momentos que a pesar de la falta de una de las patas del trípode sostienen esa amistad y la hacen palpable y creíble al espectador. Tanto el ambiente hostil que pueden llegar a vivir, la lúgubre sensación que envuelve cada escenario que habitan o la peculiar intervención de un baile totalmente inventado que refuerza la amistad de los compañeros al que le encuentras gracia y sentido encajan a la perfección, y es que la chica, que había dado a entender que en esta entrega el feeling con Ron iría más allá de los juegos de niños, necesita cierto apoyo para soportar la marcha de su amigo.

Los solitarios Harry y Hermione se plantean la posibilidad de visitar Godric’s Hollow, un lugar impregnado de recuerdos y posibles pistas para forjar algún adelanto en su expedición. Bathilda Bagshot, una vieja que presidiría el reparto de un pueblo fantasma, podría tener una de las llaves que abrirían el complicado entramado que no podían resolver. La aventura en dicho pueblo resulta confusa, pues la serpiente del Señor Tenebroso, Nagini, esperaba la llegada de los muchachos en el cuerpo de la anciana. En ese momento, la varita de Harry muere y se echa en falta una irrupción de Voldemort en esa escena. Las páginas del libro han sido olvidadas en lo que podía haber sido una gran secuencia de fuerte riqueza visual.

Durante todo el film y sobre todo en el libro, Harry Potter se ve tentado por los pensamientos de su némesis. Su cicatriz, y el dolor que le produce, le conducen a la cabeza del Señor Tenebroso. Eso le da mucha información y le ayuda a coser los hilos que andan sueltos durante toda la historia. No está muy mal tratado pero podía haber sido algo más claro. No importa.

Harry empieza a respirar negatividad en cada centímetro de aire que exhala. Pero algo le saca de su tortura mental al ver el camino que le muestra el patronus de una cierva. El destino del animal plateado, que desprende a la perfección los destellos luminosos que se asimilan en el libro, es un lago congelado. En el fondo, percibe el resplandor de una espada plateada que a modo de sirena le atrae desesperadamente, y es que la espada de Godric Gryffindor, que descansaba en aquel lago, sería el instrumento que podría acabar con los Horrocruxes. De esta manera, Harry se sumerge en dicho lago para hacerse con la espada pero el Horrocrux, al ver su muerte cercana, encarcela a Harry en ese lago estrangulando su cuello con violencia. Ante tal angustia para el espectador, alguien atraviesa el agua y rescata al niño que sobrevivió. El amigo fiel se vuelve a enfundar en las mallas de Superhéroe, pues Ron deja en el suelo a su compañero mientras sostiene brillante la espada en su mano. No sólo salva al protagonista, sino que desenreda el nudo que la película nos había servido en bandeja.

Gran escena que en sus ansias de trepar a la cúspide empieza a trastabillar, pues la siguiente secuencia magnifica la película. La destrucción del guardapelo con la espada lanza un velo gigantesco de oscuridad y de voces fantasmagóricas que se alimentan de incitación y tentación. Una bocanada de penumbra que exhala el rostro torturado de un haz de maldad encerraba la encomienda de martirizar la figura de un Ronald Weasley desbordante de congoja e ira entre las hojas. La invocación de las nubes más oscuras y las sombras más impenetrables treparon el interior del chico que sufrió los embustes del Señor Tenebroso a modo de burla obscena y de visiones que reflejaban la lujuria entre sus dos amigos en una voluta negra y farsante. Ron supo empuñar la cordura y con la espada entre los dedos atravesó las trampas que le intentaron derrumbar hasta que el guardapelo dejó de respirar vida.

Con un paso más en la historia, Xenophilius Lovegood, padre de Luna Lovegood, les cuenta la historia de las Reliquias de la Muerte, una historia que da nombre al libro y a la película y que se narra mediante una especie de corto de animación dibujado con tinta china que ponen a La Muerte como protagonista. Una escena brillante que ejemplifica el arte futurista, que se deshace en pinceladas fugaces que desembocan en unas siluetas con vida. Un teatrillo ataviado de terror a modo de ensoñación tétrica y titiritera, de rayos negros que no se cansan de dibujar. Un cuento narrado como una fantasía sombría sobre un pergamino antiguo. Una curiosa amalgama de imágenes que se rubrican con una grata semejanza al libro.

La huída de ese lugar con un firmamento de haces de colores que envuelven de magia una extravagante casa en mitad de la nada finaliza con el apresamiento de los protagonistas por parte de carroñeros que trabajan para los malos. La casa de los Malfoy es el escenario de algo que podría haber sido mejor pero que se alza notable gracias a la batalla de varitas, una Bellatrix con una destreza y crueldad que quita el hipo y un Lucius Malfoy que sale despedido de una forma brutal y cómica.

El final empieza a digerirse no sin antes sentir alguna arcada, ya que los finales buenos tienen que ser algo agridulces. A mí, las muertes de criaturas nunca me han amargado la existencia, pero Dobby (mítico elfo doméstico capaz de desaparecerse con un chasquido de dedos y que nos deleita con habilidad y cierta gracia), me produjo lástima por la cara que pone cuando el cuchillo de Bellatrix le agota el último suspiro de vida en los brazos de Harry. La playa que empapa de dolor sus rostros llorosos es el mejor lugar para un pequeño funeral.

Lord Voldemort, que cierra definitivamente la primera parte de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, osa a quebrar la tumba del que fuera director del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. El mármol se resquebraja y reposa en el suelo ante la llamarada plateada de triunfo que desprende el Señor Tenebroso con su nueva adquisición. La batalla está servida.

Noviembre ha dejado pasar su 19 como si fuera un día cualquiera. La verdad es que no me la gana que parezca eso. Yo, por suerte, tuve la sensación de salir del cine por tercera vez orgulloso este 2010. Las Reliquias de la Muerte han secuestrado la infantilidad que se nos endosó en el resto de películas de Potter. Yo disfruté con todas ellas por ser un niño o un adolescente que no está vacío, que ve más allá. Ahora, el final me ha abierto la puerta a otra sección dentro del mundo mágico, a una mayor necesidad de no sentirte un muggle, a un escape del mundo real dentro de tu propio mundo. Ahora la magia ha crecido, y aunque siendo un bebé y posteriormente un adolescente petulante nunca dejó de engatusarme, hoy se ha hecho adulta manteniendo su encanto.

Es la mejor de la saga, la cual gustará a muchos, y a otros, como se quejan de absolutamente todo, pues no. Yo ya la tengo en mi videoteca particular como algo a tener en cuenta. Y sí, soy muy feliz.

Imágenes:
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