Querrás ser azul

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Que se preparen aquellos que se suben a los árboles o sueñan con hacerlo. Los que se tumban en el césped para disfrutar. Aquellos que escuchan los ríos o contemplan paisajes. Los que encuentran en las noches salvajes fuente de inspiración. Los que aman la naturaleza y desean sacarle todo su jugo. Que se preparen bien, pues desearán ser azules. Desearán vivir en su planeta. Correr, saltar, galopar y sentir como ellos. Después de casi tres horas en la sala, no querrán salir de ella ni quitarse las gafas 3D. Nunca vi nada parecido.

No es fácil escribir esto, pues Avatar se ha convertido en objeto de innumerables críticas y el decir algo bueno de este film supone casi como sentenciarse públicamente: “me gustan algunos productos comerciales”. ¡Qué disparate! ¿Te gustan los productos que se venden bien?, ¿lo que le gusta a la inmensa mayoría? ¡Qué falta de criterio!…

La mayoría de críticas que se vierten sobre Avatar giran en torno a su efectismo ecológico y a sus similitudes argumentales con películas como Pocahontas, Bailando con Lobos o El último Samurai. Creo que no hay nada criticable ni en lanzar mensajes ecologistas, ni en reutilizar estructuras que funcionan bien.  El valor de esta cinta no reside en un argumento novedoso con grandes e inesperados giros narrativos, sino en su increíble riqueza visual y sensorial. James Cameron logra hipnotizar al público haciéndole partícipe de una historia de amor y acción increíblemente ambientada. Crea un planeta con unos paisajes sobrecogedores y una civilización dotada de unas condiciones físicas envidiables.

Salgo del cine y me quedo sin palabras. Tímido ante el papel. Con miedo de ensuciar algo tan perfecto con mi bolígrafo. Nada sobra en Avatar. Nada falta.

 

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