Que nunca se cansen de ganar

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Ayer fue especial, ya no por la Champions en sí, que también, sino por los gestos, por los detalles. Ayer fue un día de rabia contenida, de gritos y alboroto, de tiempo solidario y sello propio. El Barça no es el mejor por sus rondos, sino por ser un grupo de amigos que quedan para jugar al fútbol. Ahí se halla el meollo: disfrutan con lo que hacen, y hacen disfrutar. Cuando se cansen de dibujar sonrisas, cuando el hartazgo se adueñe de su hambre de victoria, entonces preparemos el luto: habrá muerto nuestra época dorada.

Pudo asentarse más aún el método ante ése Manchester de solapas florales y gesto convencido, que nunca puso coto a los tres pequeños. O Mou no dio buenos consejos, o Fergie no los entendió: Xavi, Messi e Iniesta no se cansaron de dar pases continuos, de moverse y ofrecerse al compañero. Por ahí se les fue el partido a los ingleses, que encontraron recompensa inmerecida en su único disparo a portería (para los conspiradores, en fuera de juego). Mejor: con trabas en el camino el sistema se justifica más.

Los goles escenifican nuestro lastre: necesitamos muchas ocasiones para perforar a Van der Sar, atónito ante nuestra falta de acierto. Bien es cierto que entraron los mejores; el gol de Villa merece ser enmarcado, es posible que gracias a él desaparezca esa ansiedad que le atosiga. Ayer fue el día de todos, de los que no jugaron y de los que se quedaron en el graderío. Este Barça talla su nombre en la historia y su responsabilidad sigue creciendo: Pep no puede permitir que se aburran. No ahora, cuando el objetivo no es ganar, sino permanecer en la memoria.

P.D. El brazalete de Abidal es el gesto de la temporada. Nadie merecía más que el francés levantar la orejuda. Brindemos por ello.

Foto: AP
Texto: Elaboración propia

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