¿Qué hacemos con la abuela?

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Esto es lo que se preguntan muchos cuando no disponen de tiempo y sus padres no se valen por sí solos. Para esto, residencias de ancianos como Princesa, en Córdoba, los ayudan intentando hacer más llevadera este último tramo de sus vidas y consiguiendo que se sientan como en casa.

Es en este sitio, el ajetreo comienza en cuanto amanece. Todo gira en torno al tic-tac en el que cada minuto cuenta. El aseo es la primera tarea. Después, esperan sentados en el gran salón, el cual, desprende calma y sosiego en una mañana de diciembre. Todo está a punto. Son las nueve y el olor a tostadas inunda el comedor. La cocina echa humo y la radio rompe el silencio entre esas blancas paredes. Las trabajadoras como Azahara se organizan y piensan cuánto tiempo tienen para servir el desayuno, esperar a que se lo tomen, retirarlo y dedicarse a otras faenas.

Las trabajadoras ríen y en la residencia se funden historias propias con las de los ancianos. En la cocina se escucha que Pilar, una de las mayores, tiene una bajada de azúcar y Helena, la peculiar y divertida cocinera, prepara un dulce desayuno especialmente para ella. Mari, La encargada de los auxiliares, al servir el tazón de leche a una residente, hace que no se esté ante la fría conversación entre un camarero y un cliente. Regala una sonrisa que acompaña con un tono amable: “¿Cómo estás hoy corazón?”. Las pastillas y las galletas comparten escenario y a medida que pasa el tiempo, los comensales van abandonando la sala.

El salón vuelve a estar ocupado por la veintena de residentes. Cada sillón acoge a su respectivo dueño. Los matrimonios se sientan juntos, las amigas se apiñan y cada uno de ellos dedica su tiempo a distintas actividades: unos hacen crucigramas, otros ven la televisión, otros conversan… Los más rezagados llegan acompañados de una auxiliar que empuja con cuidado su silla de ruedas. Los inquietos no pueden estar sentados mucho tiempo mientras que otros toman largas siestas.

Las sonrisas cobran protagonismo en los ancianos al recibir numerosas visitas de familiares y amigos que convergen todas en el salón colectivo. La rutina se adueña de este lugar empujando a cada persona a sus labores. “Nos gustaría conversar más con cada uno pero no tenemos tiempo suficiente” afirma Marta, una de las trabajadoras que mientras ayuda a acomodarse a Pilar, retira el sillón de al lado.

Los obreros comparten espacio con el ensordecedor ruido de la televisión. Desde verano hasta la fecha, Princesa está en obras para adaptar los aseos a los mayores, ampliar el ascensor para trasladar camillas y cambiar la estructura del recinto. Esto es apreciado por los residentes como Rafaela, una simpática y elegante mujer con tierna mirada, la cual, comenta lo bien que se encuentra en la residencia y que lleva casi nueve años compartiendo habitación con su amiga Conchi. Mantiene su mente despierta realizando distintos pasatiempos como las sopas de letras y recibe múltiples visitas de sus hijos. “Me llaman la princesa de princesa”, cuenta Rafaela con una carcajada, al ser de las más presumidas por sus populares y numerosas visitas a la peluquería. Tras tener, cuidar y sacar adelante a siete hijos, ésta mujer destaca que está allí porque quiere descansar y que es momento que la cuiden a ella.

Entre otras actividades, en Princesa se juega al bingo o se hacen manualidades. Afuera, hay un jardín en el que los ancianos pasean y respiran el aire puro de la sierra cordobesa que penetra en sus cansados corazones. Pero en invierno, a causa del mal tiempo, no quieren salir y prefieren resguardarse del frío.

El estado de ánimo no es el protagonista entre estas paredes, lo es la salud. La media de esta residencia es de ochenta años y eso se aprecia en sus movimientos pero no en su mente. Un llanto interrumpe la calma. Todos se alertan, trabajadores y residentes. A pesar del susto, se trata de una buena noticia. Una señora está hablando con su teléfono móvil con una amiga a la que no escuchaba durante mucho tiempo. Está llorando de alegría y esto se contagia entre las tímidas miradas de sus compañeros.

Lola, con ochenta y nueve años bromea al hablar de su edad cuando recuerda la de sus nietos. Sufre de cataratas, es aficionada a la radio y lamenta no poder tener la vista bien aunque se alegra de estar allí porque en su hogar ya no podía mantenerse sola. Los fines de semana vuelve con su familia en la que la compañía y cambiar de aires, son sus mejores aliados. “ Comen y se acuestan más tarde de lo que estoy acostumbrada” declara Lola. Con esto, muchos coinciden que prefieren el ambiente de la residencia porque allí el control y las normas rigen sus vidas. Sienten que en algunos casos pueden molestar a sus propios hijos sintiéndose menos capaces debido a sus enfermedades o simplemente por ser viejos.

Los surcos de la cara muestran la resistencia de cada uno de ellos. No se ve la tristeza, el añoro. Se aprecia el sosiego que necesitan en esta etapa, en la última. Ellos esperan que su vida no se enturbie y que todo siga igual.Allí no son números, no son datos. Cada uno tiene su nombre, su historia.

Fuentes de las imágenes:
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/files/2007/12/baston.jpg
http://
domingomartin.blogspot.com

1 Comentario

  1. Gracias por tu sensibilidad,solidaridad, por el
    buen trato que has tenido ante un tema tan olv.
    idado por los periodistas y. por .
    dar una mirada positiva de u
    na realidad dura , que a todos nos tocará vivir.Enhorabuena a ti y a la huella digital.

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