‘Psicosi de les 4.48’, el oscuro lugar de la mente de madrugada

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La Sala Beckett recupera, del 1 al 12 de noviembre, el montaje de Psicosi de les 4.48, de Sarah Kane, dirigido por Moisès Maicas e interpretado por Anna Alarcón, que se llevó el premio BBVA de Teatro en 2016. La Beckett lo incluye en su ciclo “Les condicions del cervell”, dedicado a explorar el binomio ciencia y creación, centrándose en el conocimiento sobre el cerebro y realizando en torno a este tema charlas, exposiciones, debates y piezas teatrales, entre otros. En cartel tienen también L’alegria, de Marilia Samper, otra pieza incluida en el ciclo, que gira alrededor de la lucha de una madre por hacer un poco mejor la vida de su hijo con parálisis cerebral.

Sarah Kane fue y sigue siendo una autora controvertida por su dramaturgia, cuyos textos no son nada fáciles de afrontar, tanto por el contenido como por la forma. Psicosis de les 4.48 es el delirio de una persona muy cercana al suicidio en las horas de mayor lucidez mental, cuando los fármacos suministrados dejan de hacer efecto y su mente se despeja para viajar a los lugares más oscuros y recónditos, donde vomita toda la rabia, todo el miedo, toda la desesperación…

La apuesta escénica del director, tristemente fallecido el pasado junio y al que se ha querido rendir homenaje con la reposición de este montaje, mantiene a la actriz en una intensidad feroz durante toda la pieza. Anna Alarcón se deja la piel en esta interpretación. La piel, la fuerza, las lágrimas, la voz… A pesar del mensaje, de sus palabras, desprende una extraña vitalidad rabiosa. Encarna con toda su gestualidad, desde la punta del dedo pequeño del pie hasta su parpadeo, la lucha interna de la voz con que nos habla Kane a través de su texto. Un texto que ella misma escribió en circunstancias muy parecidas a las que atribuye al personaje, que muchas veces se ha leído como la voz de la propia autora en su monólogo interno durante su depresión nerviosa que la llevó, finalmente, al suicidio.

Con un escenario vestido por la iluminación diseñada por Daniel Gener, que nos lleva a los distintos espacios que recrea el discurso de la protagonista, y un sillón hecho con tablones de madera, el montaje se sustenta básicamente en el gran trabajo interpretativo de Alarcón, que nos obliga a seguir sus palabras, la deriva de sus pensamientos. Algunos cambios y acciones marcadas desde la dirección rompen el hilo del discurso para darle espacio al espectador entre tanta intensidad, pero la actitud que defiende la actriz en escena hace que, en realidad, sea un fluir continuo de pensamiento que bombea desde su interior, incluso sin palabras.

Un monólogo difícil para el que se necesita valor, fuerza y talento. Y Anna Alarcón demuestra tener los tres.

 

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