Preestreno en la Facultad (o cómo morir por ver una película)

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Desde hace años en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (a la cual pertenezco) se preestrenan muchas películas, en su mayoría españolas, y se celebra una especie de coloquio al que asisten directores, actores, etc. Además de ser una buena oportunidad de ensayo de rueda de prensa para los alumnos de Periodismo es un mecanismo muy económico de ver películas, ya que todas las proyecciones son gratuitas.

Hasta aquí, todo es maravilloso. El problema llega a la hora de hablar de la organización de tales eventos, ya que, si queremos tocar el tema, hay que decir que deja bastante que desear, excepto para la visita de Will Smith, en la cual el actor contó con un gran protocolo de seguridad para que nadie se abalanzara sobre él. Llevo cuatro cursos en dicha Facultad y he asistido a varios preestrenos, por lo que hablo desde la voz de la experiencia. Pero, además, (y lo que es peor aún), queda patente la ausencia de civismo que demostramos las personas en determinadas ocasiones.

La primera proyección a la que asistí fue El hombre de arena, una película protagonizada por Hugo Silva. El propio actor acudió al coloquio posterior junto a María Valverde, compañera de reparto, y José Manuel González, el director. Recoger las entradas para tal evento fue prácticamente misión imposible porque además de la larga espera (la fila daba vueltas en torno al hall de la Facultad) hubo algún que otro “listillo” que, como se suele decir, “llegó el último y se colocó el primero”, ocasionando así que muchas de las personas que respetaron los turnos se quedasen sin entrada. Pero ahí no acaba la cosa. El día del acto hubo codazos y empujones para dar y regalar. Todo el mundo quería entrar y ponerse en los mejores asientos del salón de actos. Tras este episodio tan desagradable, el sistema de las entradas dejó de utilizarse y se sustituyó por la entrada libre hasta completar aforo y a mí, se me quitaron las ganas de ver más cine gratis por un tiempo.

Mi segunda experiencia llegó con Celda 211. Una hora antes de la apertura de la puerta la cola ya llenaba todo el recibidor, pero por aquel entonces los asistentes aún conservaban su civismo y no hubo ningún problema para entrar a la proyección; todo se hizo de manera rápida y ordenada. En ese momento me quité el sombrero por los organizadores. Esas cabezas pensantes que sustituyeron el sistema de entradas que tantos problemas causó por un método sencillo y eficaz. Salí del salón de actos con un buen sabor de boca y me prometí a mí misma asistir a más preestrenos porque creí que el peligro de morir asfixiada había pasado. Ahora sé que me equivocaba.

La temporada de “cine por la cara” se ha inaugurado este año con Los ojos de Julia, el nuevo film de Belén Rueda. A diferencia de otras, la película está teniendo mucho bombo publicitario y ha despertado la  curiosidad de aquellos que consideran que el cine español está encasillado y que las buenas películas que ha dado nuestra industria pueden contarse, si me apuran, con los dedos de una mano. Aún así no esperaba que nadie estuviese dispuesto a morir en el intento de conseguir un asiento para el evento. Pero, lamentablemente, doy fe de ello.

Cuarenta y cinco minutos antes del comienzo de la película los asistentes se agolpaban a las puertas del salón de actos sin orden ni concierto. No había filas organizadas como en otras ocasiones, sólo una masa de gente a la que cada vez se sumaban más y más alumnos. El ambiente era tenso y eso podía notarse a medida que se acercaba la hora. Cuando la puerta se abrió los que estaban a la cabeza, locos por entrar, arremetían contra los que, acoplándose a los laterales, pretendían ser los primeros privilegiados en conseguir butaca. A su vez, los del final presionaban para no quedarse sin sitio. Los del centro, entre los cuales estaba la que escribe, no podían moverse, apenas respirar, ante tal presión. Empujones, tirones de pelo, pisotones, carpetazos y cosas varias. El caso era entrar. ¡Ah, si todo hubiese quedado en eso…! Pero aún hay más.

Cuando por fin conseguí entrar me quedé anonadada al descubrir que la planta baja del “gran” salón de actos estaba completa. Bueno, no. Hablemos con propiedad: los asientos disponibles, es decir, no reservados váyase usted a saber para quién, estaban ocupados. Automáticamente la marabunta se encaminó a la zona de arriba, y yo con ellos, pero también estaba completa. La única solución era ver la película de pie, sin molestar a los privilegiados que, además de tener su asiento, se lo habían reservado a “amigos que ahora vienen” o que “han salido un momento”.

Mi gozo en un pozo. Se nos informa de que debemos abandonar la sala porque no podemos estar de pie y que, hasta que eso no ocurra, la proyección no empezará. Recuerdo que en otras proyecciones se permitió que los alumnos que se habían quedado sin sitio estuviesen presentes durante la película… Y como la solidaridad de los compañeros es inmensa, hubo muchas quejas. Ah, no, perdón. Eso es lo que pensé que pasaría, pero lo cierto es que los “sentaditos” aplaudieron dicha orden invitándonos a salir rapidito.

No quiero ofender a nadie con mis palabras ni pretendo que nadie se de por aludido, sólo me pregunto dónde ha quedado el sentido común en eventos como éste. ¿No es más fácil respetar un orden? ¿No es lógico que el que llega primero es el primero que debe entrar? Lamentablemente, esta situación se repite a menudo en conciertos, eventos de fans, fiestas, etc. y siempre se le echa la culpa a la organización. Es cierto que a veces es un punto que falla. Yo sigo manteniendo que la organización de los preestrenos es muy deficiente; pero también tenemos que mirar nuestro propio comportamiento, que, en definitiva, es el problema base de todo.

Fuentes del Texto:
Propia
Fuentes de las Imágenes:
www.ucm.es
www.periodismoparaperiodistas.blogspot.com

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