¿Por qué el orgullo?

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Leo en la contraportada de El País, en el número del 9 de diciembre, un artículo de Elvira Lindo titulado Orgullo local. En él, la escritora y periodista cuestiona la imagen que se tiene hoy en día del concepto de orgullo y recuerda las connotaciones negativas que se señalan en su definición original. “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Ese es el significado real de la palabra, tal y como lo describe la RAE. “La palabra orgullo me produce gran desconfianza”, afirma, consecuentemente, Elvira Lindo. Estoy totalmente de acuerdo con ella. Gran parte de las personas que conozco exhiben una tendencia a jactarse de cualidades de dudoso halago o escasamente relevantes. Vivimos una época en la que mostrarse seguro sobre algo, aun de forma incondicional, es sinónimo de triunfo y respetabilidad. La duda, el escepticismo, son valores de capa caída. Suele ser habitual toparse con personas que lo tienen todo clarísimo, independientemente del tema por el que se les pregunte y sin importar su grado de conocimiento sobre el asunto. Muchos se sienten orgullosos de ser españoles, almerienses o catalanes, otros se vanaglorian de pertenecer a la afición del Atleti o del Real Madrid (se puede ser forofo, pero no fanático) e incluso los hay que conciben su condición ideológica como un salvoconducto para avasallar a los de al lado. No es casual, en cualquier caso, que la mayoría coincidan en un aspecto : lo sentencioso de su discurso.

Por lo general, tiendo a desconfiar de modo instintivo ante este tipo de personas. De forma inconsciente, solemos idealizar a aquel que con su retórica o comportamiento parece saber muy bien lo que se hace y olvidamos que, en muchas ocasiones, esa actitud responde a un mecanismo de defensa o a intereses escondidos. “Está muy seguro de sí mismo”, pensamos alguna vez en relación a alguien, y asimilamos la expresión como una virtud en sí misma.

Defender una idea, hacer gala de una serie de valores, conlleva necesariamente la exposición de unos argumentos contrastados y nadie debería recurrir a un concepto tan ambiguo como el del orgullo para hacer valer su posición. Porque enorgullecerse de algo puede suponer, dependiendo del contexto, menospreciar a la otra parte. Quien no lo vea así, que acuda al diccionario.

Fuente del texto
El País, número 11.683 (9 de Diciembre de 2009)
Fuente de la imagen
www.cientual.blogspot.com

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