Poemario

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Haz clic sobre la imagen para ampliarlaAhora que siguen resonando los platillos por Volver y El laberinto del fauno, a mi me pica la curiosidad por la segunda película firmada por Banderas. Antes de entrar a verla, un amigo ya me anunció que las críticas se la habían cargado por su “excesivo lirismo”. Yo fui rápida al quite y le dije: “Chico, ¡viva la poesía!”. Luego supe hasta qué punto tenía razón. Según lo veo, cuando la técnica se domina – porque la fotografía por ejemplo es magnífica- pasa a un segundo plano. Deja de importar. Por mi, como si se destroza. Lo que cuenta es que transmita algo, que la historia tenga verdad, en el sentido figurado. Y que se olvide una razón que, resignada, se amedranta ante unos sentimentos responsables de atar un nudo en la garganta o erizar la piel.

Me emociona cuando es espontáneo. Que salga sin pensar. Como si todo fuera inspirado de forma divina, aunque no sea cierto. Todo porque una vez me contaron que el primer verso se recibe como si fuera dictado, como si alguien te lo susurrara al oído. Cuando se hace ficción, entonces, debe parecerlo para expresar. Para que todo el trabajo previo llegue y parezca de coser y cantar. Como le pasa a Medem, Bergman, Erice, Pasolini.

Dejo a los poetas del cine a un lado y me detengo ahora en los poemas de andar por casa, los encontrados al vuelo:
Mi abuela tiene un carácter que, desde fuera, se puede ver amargo, crudo. En cambio, bosteza y antes de acomodarse en el sofá, puede escaparse de su boca: “voy a sentarme en éste rayo de sol”. Como si nada, se ha producido en un instante lo que en dos horas de metraje no consiguió remover
El camino de los ingleses. Ni un ápice.

Otro ejemplo me ocurrió en la misma plaza de Isabel II de la que escribí en ésta sección cuyo nombre viene al caso. Compraba el periódico en uno de los dos quioscos de la plaza, el que queda encima de la estación de metro coronándola como un sombrerete. Cuando me dirigía hacia las escaleras oigo algo que me hace parar en seco. Y contemplo un encuentro que graba una mañana que, olvido decir, se desperezó con luz de lluvia. Quien reparte la suerte a diario le preguntó al que limpia los suelos de las aceras: “¿Cómo está el cielo?” Y el que caminaba con la cabeza gacha dejó el barrido de la hojas secas por las nubes y sonrió al paso que dijo “anda enfadado y con facha de loco”. En ése momento ya me deslizaba de puntillas con un dedo sobre los labios.

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