Perros sabuesos

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labrador

Existen varias razas de perros sabuesos. Quizás más de los que conocemos. 
Cada uno de un lugar. Tenemos los de Noruega, los de Montenegro e, incluso, los de Transilvania que a falta de afilados colmillos (puesto que siempre debe resonar el rintintín del graciosillo chupasangre que tiene -con perdón- más de chupóptero que de gracioso), tienen un olfato que envidiaría el propio cánido de Baskerville. 

Pero dentro del conglomerado de canes, no nos debemos olvidar de la raza española. Tienen un olfato tan agudizado hacia el poder y el oportunismo que, muchas veces, olvidamos su origen para denominarlos comúnmente políticos. Ojo, señorita, que pueden recibir otros nombres. Algunos, los de pedigrí, son de raza “aforada”.

Los aforados retriever -para entendernos- ya que recogen pero nunca muerden, se cobijan en los días de tormenta bajo la justificada y ñoña protección de ciertos cargos públicos frente a intentos de presión por delitos falsos. Su consecuencia sería que, en caso de procesamiento, la causa llamaría a las puertas del Tribunal Supremo. Basándonos en la hipótesis de el gran número de demandas contra los políticos y personajes públicos con ligera vara, algunos llegaron a considerar este planteamiento correcto, protector y seguro. Pero Juan Carlos le dió a su “Snoopy G.” (de Gallardón, no de Dogg) la caja de Pandora. 

Tras la abdicación del Rey se generó el debate en el que muchas personalidades consideraron absurdo que éste perdiera su condición de aforado cuando existen miles de cargos públicos que constan del privilegio. Esto nos llevó a la cuestión de por qué existe un número tan alto de personas aforadas en este país. En un intento de carcomido pragmatismo, Gallardón propuso la reducción del número de aforados a 22 (los miembros de la Casa Real, el presidente del Gobierno y los de las autonomías y, finalmente, los de los Tribunales Constitucional y Supremo, Congreso y  Senado). 

A priori de cambiar leyes orgánicas cuya lentitud, teniendo en cuenta la falta de colmillos de nuestros perros, la acabarían viendo nuestros nietos, la pregunta, centrándonos en el descontento social, es si realmente se debe seguir permitiendo que este colectivo esté aforado. ¿Es lícito permitir que los gobernantes se aprovechen de esta situación en pro al hurto o al desarrollo de mal manejo de empresas públicas?¿Estamos fomentando con estas medidas que nuestros “perros” se conviertan en las más barriobajeras ratas? 

Lo que está claro es que Gallardón olfatea hacia la esquina de la convicción, del debate y del “trágate lo que estoy contando” pero, mire usted, caballero:  “Dientes, dientes, que eso es lo que les jode”, como diría la Pantoja. 

Discúlpenme, por favor, los señores perros. Los auténticos sabuesos que saben cuando tienen que morder y cuando olfatear. 

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