Pero sigue siendo el rey

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Rafael Nadal (28) celebra su noveno Roland Garros. Foto: FFT
Rafael Nadal (28) celebra su noveno Roland Garros. Foto: FFT

Este soberano no abdica. Rafael Nadal, el deportista español más importante de la historia, suma tras la victoria en Roland Garros (3-6, 7-5, 6-2 y 6-4) su decimocuarto grande y la novena corona en la arcilla parisina. La luz del balear no se extingue, tampoco ante Novak Djokovic el tenista que amenazaba la primacía mundial del zurdo.

La batalla de la final de 2014 no se escribió en verso. El partido entre las dos raquetas más importantes del momento sonó a metal, a martillo, a soniquete industrial. Pocos resquicios encontró la lírica: por delante, la gloria; por detrás, el miedo a una derrota mayúscula. La caída de cualquiera de los oponentes llevaría pareja toda la dialéctica propia de los cambios de ciclo. Sobre los hombros del perdedor reposarían cuestiones trascendentales sobre escenario, superficie y perspectiva de futuro frente a su némesis. El perdedor, en definitiva, afrontaría la crisis de su sistema.

El plebiscito de París comenzó favorable al serbio. Djokovic superó a Nadal en la primera manga con autoridad, con mejor tenis y una diferencia de ganadores que predisponía a un desenlace parecido al de sus últimos cuatro enfrentamientos. Los precedentes más cercanos, favorables para el balcánico, vieron triunfos solventes del número dos del ránking. En Roma, capítulo previo al segundo ‘major’ del curso, Nole se proclamó emperador superando con holgura a quien tantas veces antes lo fue. También en arcilla, el suelo sagrado del manacorense, le encontraba grietas.

Se estiró Nadal en el segundo set. Creció hasta que se reconoció a sí mismo. La mejoría no la fraguaron su repertorio ni la efectividad en el golpeo. No, el de su novena final no sería el mejor de sus partidos. Pero la distancia que había separado a defensor y aspirante desapareció. La Philippe Chatrier, sofocada de calor, reconoció el aroma del guerrero. El español, errante e impreciso aún, desaprovechó varias pelotas para tomar ventaja en el segundo acto. Certificó el break al final del mismo, rompiendo el servicio de un Djokovic intratable al saque pocos minutos antes.

Empate en el marcador pero delantera de Nadal en la pelea de las mentes. El factor psicólogo, decisivo en las alturas y clave ante las crecientes carencias físicas de ambos, se decantó a favor del balear. El tercer set pronto cogió color rojigualda. El interminable sexto juego, ora próximo al número uno, ora cerca del número dos, terminó cayendo del lado del zurdo. El drive con más revoluciones y pesado del circuito castigaba a un Djokovic alejado de la línea de fondo. Sin más sobresaltos y con solvencia inesperada se deshacía la igualada.

La Novena estaba más cerca. El cansancio se hacía visible en uno y otro. El encuentro ya era un choque de urgencias, de circunstancias. No había sitio para la espectacularidad, sacrificada también en las dos horas largas de apertura. La resolución sería más pronto o más tarde en función del componente anímico. Djokovic, importante sólo cuando descorchó el partido, amagó con recuperar su fiereza y mejor versión. Nadal, que olía otro triunfo colosal, sofocó aquel fogonazo. Quebró el saque del serbio y conquistó, por novena vez, su capital de Francia.

Catorce Grand Slams, nueve Roland Garros y un palmarés que solo Roger Federer supera. Nadal rebozó su gloria sobre el albero de París y levantó al cielo la Copa de los Mosqueteros. Después, himno, discurso y misma rutina dominguera de junio en la ribera del Sena. Una ceremonia conocida, deliciosamente normal. Honor para el rey, para el soberano proclamado en 2005. La monarquía, la de Rafael IX, ganó el referéndum en la nación más republicana.

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