Pero, ¿Cuántas pesetas son…?

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Parece mentira como después de casi siete años en nuestros bolsillos, el euro parece no haberse hecho todavía un hueco en nuestras vidas. Es curioso como muchos de nosotros seguimos utilizando expresiones como “pelas”, “cuatro duros”… y aún tenemos la extraña necesidad de traducir, especialmente las grandes cantidades, a la antigua moneda.

Después de las campanadas del 31 de diciembre del 2001, todos los cajeros automáticos dispensaban ya los nuevos billetes, ridiculizados por muchos en su día como “los del monopoly”. El euro entró a formar parte de nuestra economía irremediablemente y muchos bolsillos se resintieron ante los temidos redondeos, generalmente al alza, que todo pequeño comerciante y autónomo aprovechó desde el principio en su propio beneficio.

Es ahora, casi siete años después, cuando nos asombramos si casualmente un billete de mil o dos mil pesetas pasa por nuestras manos y aprovechamos para recordar lo felices que fuimos cuando nuestros padres nos daban “veinte duros para chucherías”. Hoy por hoy, con el equivalente en euros, 60 céntimos, apenas logramos comprarnos un par de chicles, y muchos culpan de la actual crisis económica a ya remarcado redondeo al alza que todos quisieron aprovechar.

Indistintamente de la situación económica real, o del recuerdo nostálgico en el que todo tiempo pasado fue mejor, nadie cuestiona ahora tener en su cartera otra moneda que no sean los coloridos billetes que comparten ya 00 países en Europa. La peseta pasó a mejor vida y hoy sólo cotiza el cambio en los mercadillos de coleccionistas de la Plaza Mayor. Sin embargo muchas expresiones de nuestro lenguaje, referidas a la peseta, siguen vivas y se oyen cada día: “eso vale cuatro perras”, “la pela es la pela”, y otras muchas frases hechas nos hacen recordar que el valor del dinero es relativo cuando no tienes “ni un duro” en la cartera.

A decir verdad, son los ancianos y la gente mayor quienes más han notado la diferencia. Ellos que en su día ya vivían con céntimos, tuvieron que volver a hacer un cursillo acelerado para acostumbrarse a la nueva moneda europea, y los más avispados en matemáticas pronto controlaban con destreza las tablas de conversión (…mejor incluso que muchos de nosotros). La seguridad que les da el controlar cuánto dinero gastan se ha perpetuado hasta hoy, y todavía hacen mentalmente “la cuenta de la vieja” para saber en pesetas a cuanto está el kilo de tomates.

Aunque desmitificando la entrañable escena de la abuela que cuenta con los dedos, muchos de nosotros sabemos que también necesitamos tener un referente, especialmente cuando superamos los 6.000 euros, o lo que es lo mismo, el millón de pesetas. ¿Hay quien no ha tenido la tentación de pensar cuantos millones son los 34.500€ del Ford polo?? ¿Y una casa de 120.000 euros?, ¿es barata?

Fuentes del texto:
Hector Garay Airaghi
Fuentes de las imágenes:
Hector Garay Airaghi

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