Periodistas “empotrados”

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Tres fotoperiodistas españoles, jóvenes y decididos, Mikel Ayestarán, Antonio Pampliega y Rafael Fabrés, descubrieron que su camino estaba allí donde los conflictos armados se suceden, donde los más desfavorecidos no tienen voz y donde los medios de comunicación llegan con dificultad. Los tres han recorrido el mundo para contar, a través de crónicas, reportajes y fotografías, historias que revelan una realidad muy alejada y desconocida para la sociedad.

Cubriendo Infantería en Kandahar, Afganistán. Rafael Fabrés

Ser corresponsal de guerra es uno de los sueños más habituales entre los estudiantes de Periodismo. Tienen vocación por su trabajo, son jóvenes, ansían aventuras, viajes y vivir intensamente. Sin embargo, la realidad de un periodista que vive entre conflictos armados no es tan idílica como parece. Cuando uno decide marchar a cubrir un país en plena ebullición bélica, tiene que plantearse muchas cosas, entre ellas cómo va a trabajar. Hay conflictos, como la guerra de Afganistán, en donde la posibilidad de moverse de manera independiente resulta inviable, provocando que la mayoría de los periodistas tengan que “empotrarse” con las tropas allí destinadas. Como explica Rafael Fabrés, empotrarse no es la mejor opción pero, a veces, es la única”. 

La figura del periodista “empotrado”, aquel que se inserta en tropas militares con el fin de cubrir un conflicto bélico, está rodeada de controversia y su labor informativa es cuestionada de forma constante. Pero, ¿qué hacer cuando empotrarse es la única opción para cubrir una guerra? Ellos lo saben muy bien, ya que han vivido empotrados con las tropas norteamericanas de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en Afganistán y han sido testigos de la realidad del conflicto en sus propias carnes.

Antonio Pampliega ha trabajado en estas condiciones con los norteamericanos hasta en ocho ocasiones, Mikel Ayestarán cubrió el conflicto en 2009 y Fabrés lo hizo durante el décimo aniversario del atentado del 11-S. Sus experiencias son bastante similares y coinciden en que “trabajar con las tropas norteamericanas es relativamente cómodo y accesible”, a pesar de que los limita en cierta medida.

Respecto a la experiencia con el ejército norteamericano, los periodistas han sentenciado que trabajar con militares no sólo supone protección, ya que éstos también corren con los gastos del empotrado, no imponen censuras sobre el terreno y no ponen ningún tipo de impedimento o traba a la hora de solicitar unidad, destino o zona de operaciones”. Esto se debe al objetivo del ejército norteamericano, el cual quiere mantener “una visión positiva” con respecto a la guerra de Afganistán después de los escarmientos pasados.

El ejército abre sus puertas a los periodistas para que informen a la sociedad y así obtener el beneplácito de la opinión pública. Resulta muy inteligente por su parte en comparación con el ejército español. ¿Por qué no hay periodistas empotrados con las tropas españolas destinadas en Afganistán? Es el Ministerio de Defensa el que tiene vetada la entrada a sus bases y el acceso al contingente español en Afganistán por cuestiones políticas”, respondieron con amargura algunos corresponsales que llevan años intentando empotrarse con nuestros destacamentos en el país afgano

Empotrado en Afganistán. Antonio Pampliega

Según Ayestarán, “cada país tiene su política, mejor dicho, cada ministro. Muchas veces los cambios de personas al frente de la administración suponen cambios sobre el terreno”. “En el caso español yo he vivido diferentes etapas, algunas más abiertas que otras”, añade el periodista. Este veto informativo contrasta con la máxima oficial que predica España sobre la “Misión de Paz”. ”La opinión pública no tiene ni idea de lo que está pasando en Afganistán, ni de lo que va a pasar”, comentan los reporteros.

La única experiencia que ha tenido Pampliega con las tropas españolas destinadas en Afganistán ocurrió mientras preparaba un reportaje sobre cómo los soldados organizaban el aeropuerto de Kabul durante los seis meses que duró su mandato. Aún sigue esperando, desde mediados de 2009, que el Ministerio de Defensa le conteste si le permite empotrarse con las tropas. Ayestarán, por su parte, también ha intentado empotrarse, pero sólo se le permitieron el acceso al trabajo de los soldados durante un espacio determinado de tiempo, en el que además se programaron algunas actividades destinadas especialmente para la prensa.

Aquellos periodistas que quieran cubrir la guerra de Afganistán como empotrados tienen que acreditar su relación laboral con una empresa y solicitarlo en la Oficina de Información de la ISAF con, al menos, dos meses de antelación. Una vez aceptado el requerimiento, la Oficina de Información Pública (PIO) impone unas normas obligatorias cuya falta de acatamiento supone la expulsión inmediata del empotrado.

Por cuestiones de seguridad y bajo intereses ocultos, hay ciertas informaciones que se censuran a la opinión pública aunque el periodista tenga conocimiento de ellas, como el número de soldados que forman una unidad, posiciones, mapas territoriales, salas de operaciones, zonas del campamento y, curiosamente, información sobre los ‘Drones’, los aviones no tripulados que los norteamericanos se encargan de silenciar.

Está terminantemente prohibido fotografiar o grabar imágenes de soldados norteamericanos heridos o muertos, especialmente si sus familias aún no han sido informadas; tampoco se permite difundir imágenes de heridas muy graves que puedan afectar a la moral de las tropas. Para el resto de caídos ajenos al ejército, los periodistas tienen que conseguir su firma de consentimiento si quieren poder publicar sus fotografías posteriormente. 

Respecto a las medidas de seguridad que debe seguir un empotrado, las tropas norteamericanas obligan a tener un seguro médico y a usar casco y chaleco, los cuales deben ser comprados por el periodista, ya que el ejército no proporciona este tipo de material. Fabrés lo alquila. Como miembro de Reporteros Sin Fronteras, puede solicitar un chaleco y casco cada vez que los necesite a cambio de una fianza de 300 euros, que se le reintegra en cuanto devuelve el material prestado.

Datos de interés son las tácticas utilizadas. Cuando viajan solos, los periodistas intentan camuflarse para pasar más desapercibidos, utilizando para ello ropas del país o barba, aunque siempre se nota que eres extranjero”, comentan. Lo más seguro en esos casos, y algo imprescindible nada más llegar a países como Afganistán, es contratar un ‘fixer’, una persona que trabaja como traductor, conductor o protector.

A la hora de buscar información, los periodistas se encuentran con dificultades para acceder a las fuentes de los dos ‘bandos’ de la guerra. Establecer contacto con los talibanes es un riesgo demasiado alto que no todos están dispuestos a correr. “En la guerra no todo es blanco o negro, hay una gama de matices muy diversos y dentro de esa gama el empotrado debe encontrar el punto intermedio entre las dos versiones, teniendo en cuenta que una de ellas no la tiene y la otra siempre intentará ganarle para la causa”. Así lo explica Pampliega, quien ha ido más allá en su afán por conocer estas dos versiones del conflicto afgano. Al igual que su compñaero Ayestarán, tuvo contacto en dos ocasiones con la parte talibán, conociendo a extremistas que habían luchado en la guerra contra los rusos y contra los norteamericanos, o un talibán arrestado por el destacamento español en Qala i Naw. “He intentado varias veces hacer un empotramiento con los talibanes pero, hasta el momento, me ha sido imposible”, sentenció.

Mikel Ayestarán sujetando un kaláshnikov

En general, los civiles afganos son muy hospitalarios y acogen bien a los huéspedes como parte de su tradición cultural, pero son recelosos con las preguntas. Los periodistas coinciden en la corrupción que asola el país, donde el sistema está podrido, desde los poderes políticos hasta la policía y el ejército. Este problema destruye las pocas esperanzas que le quedan a la población de sobrevivir tras el conflicto bélico.

El lado más sensible de todo corresponsal de guerra se encuentra tras el dilema que se presenta al tener que mediar entre la condición de periodista y fotógrafo y la condición humana, que en muchas ocasiones difieren moral y éticamente. “Somos periodistas pero también somos seres humanos, y como cualquier ser humano nos indignamos ante determinadas situaciones o nos gustaría poder cambiar las cosas para evitar cierto tipo de actos, pero no siempre está en nuestras manos”, detalla Pampliega.

Por otro lado, Ayestarán afirma: “No soy soldado; soy un civil y hago mi trabajo. Cuento lo que pasa delante de mis ojos y trato de ser honesto con los que me rodean. Mi trabajo no va a solucionar el conflicto, pero puede ayudar a comprenderlo”. Se requiere una gran fuerza física y mental para sobrellevar muchos momentos y apoyarse en los compañeros, aunque siempre llega el tiempo de aislamiento en el que el periodista procesa la información y sufre con ella.

Como última cuestión, necesaria en estos momentos en los que ha entrado un nuevo ministro de Defensa y el plazo de retirada de las tropas de Afganistán se acerca, los tres testigos del conflicto bélico cuentan cómo ven el futuro del país centroasiático. A pesar de las aspiraciones pacíficas de la clase política española, el pesimismo sigue siendo absoluto. “En el momento que salgan las fuerzas de la OTAN creo que desaparecerá de las agendas de los medios, como ha pasado con Irak”, lamenta Ayestarán, secundado por Fabrés y Pampliega: “Negro, muy negro; vemos un país fragmentado y que se encamina hacia una nueva guerra civil tras la marcha de las tropas internacionales a finales de 2014”.

Imágenes cedidas por Rafael Fabrés/ Antonio Pampliega/ Mikel Ayestarán

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