Periodismo, ¿en serio?

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Llega un momento en la vida en el que te planteas qué vas a estudiar y qué quieres ser de mayor. La respuesta no es fácil en absoluto. Cuando eres pequeña es fácil imaginarte en un quirófano salvando la vida de alguien o yendo a los rincones más escondidos del planeta a vivir aventuras. Pero luego creces y poco a poco te das cuenta de que las matemáticas no son lo tuyo, que la física y la química te traen de cabeza y que probablemente no acabes haciendo ninguna de las cosas que imaginabas.

Poco a poco vas creciendo y pasas del colegio al instituto con las ideas cada vez menos claras. Entonces te empiezan a llenar la cabeza de palabras extrañas y comienza a retumbar en tu cabeza una palabreja a la que acabas cogiendo mucha manía: salidas. ¡Ay las salidas! Si vienes de la rama de las letras, las ciencias sociales y las humanidades sabrás de qué hablo. Las salidas son todas esas oportunidades que se supone que se te abren cuando estudias algo decente, una carrera de verdad, una titulación de esas que cuando la pronuncias la gente te mira con respeto. Y tú, que no entiendes todavía muy bien qué significa todo eso de las “salidas” decides que vas a estudiar Periodismo. Por si lo dudabas, Periodismo no es una de ellas.

¿Periodismo? ¿Vas a estudiar Periodismo? – te preguntan tus familiares ojipláticos. Y a ti, que con dieciocho añitos tienes bastante con aprobar el dichoso examen de Selectividad, y te preocupa más por dónde narices se entra a la Universidad que por dónde se sale, contestas de mala gana y dices que te da igual. Y en realidad, te da igual. Entonces terminas Bachillerato, apruebas Selectividad, pasas uno de los mejores y más largos veranos de tu vida y cuando llega octubre coges tu mochila, tu agenda (esa que siempre decides usar y luego no usas), metes subrayadores, lápices, bolígrafos, cartabón, compás y regla en un estuche (estuche que luego tampoco usarás, como casi todo lo demás) y te plantas a las nueve de la mañana en la puerta de tu clase con cara de corderito degollado esperando a que alguien se acerque a ti y se haga tu amiga/o.

Poco a poco te vas dando cuenta de que en la Universidad hay cosas malas y buenas, que en pleno invierno hay que coger los apuntes con guantes, que las máquinas de la cafetería no admiten billetes de 20 y que los asientos de las clases que no han cambiado en 30 años te empiezan a provocar serios dolores de espalda. Además, asistes a clases que sientes que son una auténtica pérdida de tiempo y te topas con profesores y profesoras zombies que no te enseñan nada. Entonces llega ese maravilloso día en el que encuentras tus primeras prácticas no remuneradas y ves como poco a poco tus horas de sueño se reducen a mínimos, sales de casa cuando todavía no ha salido el sol y vuelves cuando ya se ha puesto y descubres en el café a tu gran compañero de fatigas.

Sin embargo, un día estas tomándote unas cervezas con unos colegas que estudian otras carreras y te preguntan, ¿y estás contenta? ¿Te gusta lo que haces? Y casi sin pensarlo y contra todo pronóstico, respondes que sí. Respondes que sí porque a pesar de la falta de sueño, de las aburridas y tediosas clases interminables y de los días que no acaban nunca, a pesar de todo ello, estás comenzando a vivir algunas de las cosas más emocionantes que te habían pasado nunca. Porque resulta que a pesar de todo, estas aprendiendo una barbaridad, que detrás de todos esos malos profesores hay unos cuantos extraordinarios que se han dejado la piel cada día para abrir tu mente un poquito al mundo. Porque resulta que detrás de cada café hay cientos de historias y de risas y de buenos momentos. Porque cuando te levantas a las siete de la mañana para ir a trabajar lo haces con una sonrisa y sin darte cuenta te conviertes en una especie de bicho raro monotemático que no hace más que criticar los titulares de la prensa, la cobertura informativa de la crisis del ébola, que se traga cada tertulia política y que habla sobre “la ética de las imágenes” en los medios.

portada2 (2)Entonces, un día, uno de esos días largos e interminables, mientras estás esperando al metro sentada en el andén de la línea seis con los casos puestos y unas ojeras que te llegan hasta los pies, empiezas a pensar y te das cuenta de que es mentira que Periodismo no tenga salidas, porque tú ya las has encontrado. Porque no eres la misma persona que entró aquel diez de octubre por la puerta de la Facultad con cara de miedo, porque en este tiempo has crecido, has madurado y has adquirido una nueva forma de mirar el mundo, porque esa persona a la que le daba miedo hablar en público, ahora hace tres entrevistas a la semana y porque cada segundo que empleas en dedicarte a esto, sientes que merece la pena.

Estamos en crisis, lo dicen los medios, lo dice la gente en la calle y lo sentimos en nuestros bolsillos. Nos ha tocado vivir momentos difíciles o, al menos, eso dicen. Las prácticas casi nunca se convierten en contratos, la gente ya no compra periódicos y todavía hay quien augura el fin del periodismo. Estamos sumidos en una profunda crisis ética y de valores, se habla de manipulación y falta de rigor. Además, con internet y las redes sociales, cualquiera puede hacer un titular y contar lo que ocurre frente a su casa, ¿de verdad seguimos haciendo falta los periodistas?

Así es, estamos dentro de un huracán que lo desordena todo y cada día hay muchas personas que se encargan de recordárnoslo. Sin embargo, a la vez, nos ha tocado vivir uno de los mejores momentos para hacer periodismo. Es ahora, en este preciso instante, cuando por primera vez tenemos todas las herramientas necesarias a nuestro alcance: podemos contar, expresar y difundir sin necesidad de estar respaldados por un gran medio, podemos coger un cuaderno y un boli y salir a la calle. Eso es el Periodismo: salir, hablar con la gente y contarlo, y eso, lo podemos hacer. ¿La generación perdida? Preguntaba otra compañera en un artículo de esta revista. De generación perdida nada, somos la generación de las nuevas ideas, de las ganas, de la fuerza, de la lucha.

Recuerdo que Iñaki Gabilondo decía en un evento sobre Periodismo que es precisamente en las inundaciones cuando más falta hace el agua potable. Esa es nuestra labor: informar con honestidad, con ética, con rigurosidad y llevar agua potable allá donde falta. Ha llegado la hora de coger el testigo, reivindicar derechos, actuar y cambiar todo aquello que no nos gusta. Se acercan nuevos tiempos y los que perecerán no seremos nosotros, sino todos aquellos que han perdido la esperanza y las ganas de seguir luchando.

Para los que vinieron, los que están y los que vendrán, no dejéis que os engañen: las salidas, las hacemos nosotros.

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