Periodismo con mayúsculas

0
394

El periodismo es un arma de la sociedad civil para defenderse de los excesos de los poderosos. Ya sean políticos que extraen fondos de cuentas públicas para engrosar sus emolumentos personales, empresarios que utilizan técnicas mafiosas para acallar reivindicaciones sindicales o jueces que dictan sentencias al margen de la sagrada ley que dicen defender, la labor del periodista, en esencia, se basa en estar siempre alerta para hacer visibles a ojos de toda la sociedad esos ocultos y perversos tejemanejes.

No parece, sin embargo, que actualmente ello se dé en la práctica. El periodismo de hoy en países como España se identifica mucho más con un fiel perro que vela por la inviolabilidad de su amo que con un atento vigilante ante los excesos del mismo. Muy lejos quedaron ya los tiempos de Daniel Defoe o John Wilkes, periodistas mil veces perseguidos por denunciar lo que ellos creían que atentaba contra los derechos de los ciudadanos. “Aquellos vivían hace tres siglos” –se me dirá-, “entonces el absolutismo acechaba las libertades”. Cierto, pero nuestra democracia del siglo XXI tampoco anda exenta de enemigos.

En las últimas décadas el mundo se ha transformado. Entre los múltiples cambios, dos procesos aparentemente incoherentes han coexistido. A la par que nuestra capacidad de producción –es decir, la generación de riqueza- se ha multiplicado asombrosamente, la desigualdad material entre los seres humanos también ha crecido. Conforme el PIB de los países se ensancha, también lo hacen las cifras de exclusión social. Cada vez son menos los que dominan una mayor parte de las riquezas del planeta. Ante este insólito proceso, los medios de comunicación, lejos de poner el grito en el cielo, agachan la cabeza y asienten. Más aún, olvidando la esencia de su labor, se acercan a las esferas de poder para obtener las migajas sobrantes. El periodista, convertido en un asalariado más encuadrado en el organigrama empresarial, no puede sino asentir ante las disposiciones de su jefe. En vez de investigar los posibles escándalos que subyugan cada vez más a la población de a pie, los silencian para que el statu quo no corra el riego de ser quebrantado.

Y, peor aún, tratando de dar esa imagen combativa que al periodismo siempre ha caracterizado, algunos medios de comunicación se empeñan en destapar conspiraciones cuyo único objetivo es favorecer a otras facciones, también detentoras de posiciones de poder. Es decir, con la bandera de defensor de los derechos de la base social, este periodismo pacta con los opositores al poder político existente para difundir una teoría que los alce a su ansiada posición de preeminencia. Todo atisbo de altruismo queda así sepultado.

No obstante, quedan motivos para la esperanza. Más allá de nuestras fronteras encontramos casos que ennoblecen la profesión periodística. Quizá porque allí la lógica del beneficio egoísta no ha impregnado todavía todos y cada uno de los rincones de la sociedad. Quizá porque allí la ficticia ilusión de ser ciudadanos libres y de pleno derecho no ha obnubilado todavía a todas y cada una de las personas. Quizá porque allí el individualismo exacerbado no ha carcomido todavía todas y cada una de las relaciones personales.

Lo cierto es que en lugares como Colombia, Rusia o Gaza el periodismo todavía conserva su sentido. Personas comprometidas con el entorno en el que viven, ponen su vida en riesgo para dar a conocer a sus conciudadanos lo que sus gobernantes traman en la sombra. Algunos, como la famosa Anna Politkovskaya o el entrañable Pedro Cárdenas, mueren en el intento.

Especial mención merece Cárdenas, periodista colombiano que luchaba por visibilizar los crímenes de los paramilitares. Extorsión y asesinato son palabras clave en el manual de estos grupos. Cárdenas, hombre humilde que sólo contaba con la fuerza de su convicción en una sociedad más justa, se ocupaba de elaborar una revista independiente y distribuirla gratuitamente entre la población. Su trabajo, a la par que el de su familia, que colaboraba en la redacción de la publicación, no se guiaba por ningún tipo de interés personal, tenía como objetivo dar voz a los indefensos. Tras haber sobrevivido milagrosamente a un secuestro, Cárdenas, paradójicamente, murió por causas naturales por un derrame cerebral.

Se me dirá entonces: “¿y no será la razón de que allí persista ese tipo de periodismo es que en países como el nuestro no se cometen tales crímenes?”. Quizá. Puede que la convicción que aquí tenemos de que nuestra vida será respetada nos convierta en seres acomodaticios que no vean una razón clara por la que luchar. Si se nos asegura la supervivencia o, al menos, el no morir a manos del Estado por el mero hecho de tratar de sacar a la luz los trapos sucios del poder, puede que se desactive de nuestro subconsciente el interruptor de la militancia crítica.

Karl Marx dijo una vez, “cuanto peor, mejor”. Si lo que se pretende, como él pretendía, es una implosión social que dé la vuelta a las relaciones de poder, es una aseveración de certeza incuestionable. Así pues, entenderíamos el vertiginoso descenso de ilusión por mejorar el mundo que se ha producido en la juventud española desde la tardofranquista década de los 70 hasta la insulsa actualidad. La represión de los grises a las manifestaciones estudiantiles era un poderoso factor de unión entre los jóvenes, que se concienciaban cada día más de la necesidad de cambiar las cosas. El periodismo, a su vez, utilizaba la crítica sutil para burlar la cada vez más laxa censura del régimen. Con el paso de las décadas, la referencia de mejorar el mundo se ha ido perdiendo, a la par que el enemigo visible –la dictadura- se diluía en comicios cuatrienales. Es por ello que, hoy en día, la juventud española se preocupa más por las novedades de su Tuenti que por los problemas sociales. El “ya no hay nada por qué luchar” o “los jóvenes que se manifiestan son vagos que se aburren en su casa” son lemas muy extendidos entre la población.

Aunque no tan explícitos, los motivos para seguir contando con un periodismo comprometido que empuje a los jóvenes y a toda la sociedad a tomar conciencia de las deficiencias de nuestro sistema, son numerosos. Pese a que, siguiendo a Marx, si las cosas fuesen peor, más fácil sería que la gente luchara por mantener e incrementar sus derechos, el periodismo debería ser esa fuerza de unión que llevara en volandas a las personas de a pie a hacerse un hueco en la toma de decisiones que nos afectan a todos. Reclamar el derecho a participar activamente, en vez de ser sujetos ninguneados por aquellos que dicen representarnos, es un factor indispensable para que la democracia no siga siendo una palabra vacía.

Pedro Cárdenas o Bradley Manning –joven estadounidense que filtró los documentos a Wikileaks- nos abren el camino. Tener la ilusión de construir un mundo más justo debería ser requisito indispensable para obtener la licencia periodística. Y es que, como dijo Galeano, la utopía nos sirve para caminar.

Fuentes del texto:
http://www.rtve.es/noticias/20100526/portada-maldito-oficio/332933.shtml
Fuentes de las imágenes:
http://comolaslentejas.wordpress.com/2009/09/19/curso-de-periodismo-de-investigacion/
http://richfactory.blogspot.com/2010/10/entrevista-julian-assange-fundador-de.html
http://www.rtve.es/noticias/20100526/portada-maldito-oficio/332933.shtml

Dejar respuesta