Pequeña Alicia

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Hoy hemos organizado un entierro en un prado que quería ser verde. Éramos pocos, pero bastaba para el universo. Alicia parecía dormida, con los ojos idos y sonrientes, despierta en la somnolencia del que vive el momento soñado. Aquel día Alicia se levantó aún más temprano, con la camiseta de papá que le hacía de pijama. Entró a la cocina y preparó los pasteles que llevó temblorosa sobre las piernas durante el trayecto en coche. Yo, intentando no distraerme, no podía parar de repasarle el rostro que en nada tendría que ocupar la ventanilla bajada del coche, el viento jugando con su pelo y dejando que la cabeza se le fuese lejos con él. Alicia es nombre de imán, pensé.

– ¿Tranquila? – dije. 
– Por fin.

Ladeó la cabeza y, arreglando el papel de plata que envolvía los bizcochos, sonrió tímidamente. Subió la ventanilla y se peinó los pelos revueltos con las manos con una delicadeza sutil, exquisita, milimetrada.

– ¿Voy bien?

Era absolutamente preciosa. Desaliñada, nostálgica, pero ahora con brillo en los ojos: estaba viva. Mis amigos nunca me dijeron “tu hermana está como un tren”, aunque en la época romántica de post-adolescente, repararon en ella y empezaron los “es especial”, “tiene algo que la rodea que no sé”, y a menudo todos los vecinos del mundo preguntaban y hablaban sobre ella. Incluso los desconocidos la buscaban. Un día, un compañero de su clase llamó a la puerta preguntando por ella. Se llamaba Yassin y apenas hablaba nuestro idioma y, sin atreverse a mirar a los ojos a ningún miembro de la familia, quiso saber dónde se había ido. Eso fue cuando aquella fuerza oscura se la llevó al hospital y la tristeza inundó nuestra casa, incluso las paredes estaban de luto. Nadie podía explicar el añoro que sentíamos, pues ella se había convertido en sus gritos, en su propia ausencia. Nosotros hacía ya tanto tiempo que esperábamos a nuestra Alicia. La Alicia de verdad, no esa que era a medias y que, sin dar tiempo a explicaciones, desaparecía y volvía convertida en algo tan tenebroso como las sombras.

En ésa época empecé a rezar sin creer en Dios. Rezaba por Alicia, para que venciera y consiguiera comerse el poco de sopa que mamá se atrevía a servirle. Nuestra familia dio un vuelco, una vuelta de campana con demasiados rasguños y heridas y mucha, mucha sangre. Mamá empezó a hacerse mayor de golpe, tenía más canas, más arrugas, más ojeras, menos sueño, menos sonrisas y lloraba tanto que no paraba de llover. Papá continuó siendo tozudo para suerte de todos, no desistió ni medio instante en esa eterna lucha, intentando contemplar un fin que ni siquiera llegaba a vislumbrarse, pero sus manos ya sonaban cansadas al arreglar cualquier bombilla o preparar su medicación. En nosotros, nadie se resignó a la ausencia de Alicia, nadie la aceptó como un castigo del cielo, y continuamos creyendo en que encontrarla de nuevo era posible. Yo callaba y no paraba de buscarla por todas partes a todas horas. Bajo la cama por la mañana, en el balcón, dentro de un libro de poesía de la librería y entre calcetines, en armarios de jabones y trastos, pero no había ni una pequeña huella de su existencia, ni un rastro que seguir. Alguien, algo, la había secuestrado sin dejar señales de su existencia.

Alicia me indicó con la mano que debía girar hacia la izquierda para llegar al punto de encuentro.

Seguro que voy bien, ¿eh? – me preguntó. 
– ¿Y yo?
– ¡Tonto! – dijo riendo mientras volvía a colocarse bien el pelo.

Siempre que ríe la retengo y me la guardo muy adentro, en un rincón intocable, un cajón cerrado con llave, lejos de ladrones de cajas fuertes y sonrisas preciosas. Aún tengo miedo de que vuelva a diluirse, de que aquello vuelva del infierno de puntillas otra vez, sin prisa pero sin pausa, a rasgarnos las manos con flores muy silvestres. Pero ahora estará bajo tierra, enterrado muy lejos de nuestras casas, a mil millones de millas o más, a mil millones de años luz, al menos. Tal vez hoy por la noche, por fin, pueda dormir. Hace tantos años que no duermo pensando que algún fantasma volverá a salir del armario que no recuerdo a qué sabía la vida. Tengo presente en cada movimiento el dolor de caminar siendo vencido por el otro lado, por esa fuerza negra y densa. La oscuridad parecía no tener fin, pero algo nos empujaba a continuar, algún tiempo ya vivido entre campos como los que ahora cruzamos en coche. Recuerdo hace algún tiempo que llevé a Alicia por estas tierras y le dije:

– ¿Ves? Por todo esto tienes que continuar. Te falta ya muy poco, Ali, ya lo sabes.
– No, si yo estoy bien, estoy mejor. –contestó, como siempre disimulando su malestar, haciéndolo más leve para los demás –Bueno vale, no. No estoy bien, quiero volver a ser yo por completo, sin que aparezca esa cosa rara en mi cabeza sin darme cuenta y me muerda y me duela. No sé, no quiero ni una voz pequeña dentro de mí, ¿sabes? Quiero el final ahora.
– Bueno, pero…
– Álvaro, que no me queda paciencia, joder…
– Pero vas a conseguirlo.
– ¿Cuándo? Esta cosa, quiero decir, enfermedad o lo que sea, es parte de mí.
– Y una mierda – no podía soportar ver como aceptaba ser parte de tinieblas – Tú eres Alicia, por mucho que sientas que algo te ha cambiado a ti, pronto, ese algo se irá y tú serás Alicia sola, ¿vale?

Después recuerdo que sonrió, me cogió de la mano y, siendo presa otra vez de sus infinitos hipnotismos, hizo que me distrajera de la conversación para tirarme por la pendiente de hierba que teníamos bajo los pies.

Cuando pude encontrar un poco de Alicia, lo abandoné todo para prolongar sus latidos. Hacía mucho tiempo que no oía su voz y necesitaba cuidarla y hacerla fuerte, antes de que fuera de nuevo aquel bicho el que me hablara, me golpeara con los puños cerrados por la salsa de los espagueti, por el espejo, la tristeza, sus tobillos. Cuando volví a ver a Alicia por primera vez después de tanto tiempo, pensé que ya estaba, que el final ya había llegado. Pero ese ser, a escondidas, guardaba en cajones bocadillos que se pudrían como las entrañas de Alicia. A veces pensé que no acabaría nunca. La eternidad siempre ha sido demasiado larga. Hasta que se acaba.

El dolor más puro que he sentido sobre la piel, es ese dolor punzante que me causaba ver como tal demonio se hacía dueña de los ojos de Alicia. Lo habría matado con mis propias manos, habría dejado que me matara a mí, que me robara los ojos pero que no tocara los suyos. Sus ojos de miel y avellana se volvían puñales, y la sangre inundaba los pasillos de casa mientras el silencio nos helaba otra vez más a todos. No me quedan palabras para explicar lo que yo vi en el infierno.

– Ya hemos llegado – dijo Ali – ¿Me puedes coger un par? – dijo pasándome los bizcochos.
– ¡¡Uf!! Qué hambre. Mira, mamá ya está ahí.
– Dile que te gusta su vestido – susurró ella, abriendo la puerta del coche.

Bajamos del coche y, a pesar del horrible vestido con estampado floral que llevaba mi madre, le dije:

– Mami, estás preciosa. ¿Es nuevo? ¿Dónde está papá?
– Tú aparta, ¿dónde está Alicia?- me respondió entre la broma y la realidad.
– ¡¡Mamá!!

Salió la anfitriona de detrás del coche y, como si hiciese eternidades que no se veían, se abalanzó sobre mamá como el momento más anhelado de una pequeña vida.

– Bueno, cariño, ya lo tenemos casi todo, ahora sólo falta que lleguen. Ay mira, los bizcochos vamos a dejarlos sobre esa mesa que es la de la comida y esas cosas. Estate tranquila, ¿vale?

Era sábado por la tarde y habíamos organizado un entierro en forma de fiesta. Los asesinatos de sombras y entes tan oscuros como dañiños son pura vida, y teníamos a una princesa guerrera que coronar. Nuestra pequeña Alicia.

Fuente de la imagen:
http://wordsdreamsandfeelingss.blogspot.com/2010_12_01_archive.html

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