Paseando por Madrid

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Estoy caminando por Cuatro Caminos. Una masa de gente espera a cruzar la calle, algunos lo intentan corriendo, estando el muñequito en rojo, y se arriesgan a que algún conductor que no quiera frenar (o no pueda) les pase por encima.  Siendo optimista, lo mínimo que les puede pasar es que se queden sordos de los “bocinazos” emitidos con rabia. Al fin la luz se pone verde para el peatón y cruzamos. Algunos van muy despacio, ya sea por su edad avanzada o porque llevan coches de bebés, bolsas de la compra o artilugios de los más diversos. Otros, hacemos lo posible por adelantar a los que van más lento, incluso nos chocamos a los que vienen de frente. Nadie parece sonreír a estas horas de la mañana. La gente es muy distinta entre sí, tienen formas y colores diversos, incluso podría decir que sólo entre los que cruzamos la calle ahora mismo, hay treinta personas de nacionalidades distintas y puedo ver los rasgos más variados en sus rostros y en su forma de andar, y escuchar múltiples idiomas. Una vez al otro lado de la calle, algún despistado se acuerda de que para ese lado no tenía que ir e intenta por todos los medios esquivar los postes de cemento incrustados en la acera (¡Dichosos postes!), evitar a la gente que va y viene, los carros de bebé, las bolsas, y todo lo que se va poniendo a su paso, y cuando el muñequito ya está titilando, comienza su regreso corriendo, como si alguien le persiguiera, para poder volver a alcanzar la acera desde donde acabamos de partir.

El otro día, al salir de trabajar, me dirigí hacia el mismo semáforo para cruzar pero la sorpresa fue que alguien, no muy dentro de sus cabales, había arrancado el semáforo del peatón, ese “hombrecito” que es rojo cuando está quieto y verde cuando se supone que camina. Normalmente es difícil cruzar esta intersección donde la cantidad de gente que espera al otro lado es impresionante, los coches frenan muy encima del paso de cebra, los taxis se paran sobre éste, y los mendigos y vendedores invaden la acera que desborda y arroja a peatones al pavimento. Pero ese día en cuestión, todo era peor, los coches ya no frenaban porque su semáforo estropeado no marcaba ningún color y el del peatón había sido arrancado de su puesto de trabajo. Nadie sabía cuándo cruzar, las señoras mayores no dejaban de protestar y alguna se lanzaban a la carrera de esquivar una fatalidad en plena avenida. Todos estaban alterados, conductores y peatones, querían cruzar y nada marcaba cuándo debían hacerlo. Recuerdo que después de unos minutos observando la situación caótica y la tensión a la que estábamos siendo sometidos los que teníamos la necesidad de atravesar la calle en alguno de los sentidos, me lancé, junto a otras señoras, a correr sobre el paso de cebra intentando que ningún coche me pisara y conseguí llegar al otro lado.

Hoy sí hay semáforo, pero no se produce una disminución notable en el desbarajuste de este cruce, ya que la cantidad de gente es la misma y siguen desbordando a cada lado de la calle. Yo llego a la boca de metro, en donde me ofrecen calcetines, pilas, camisetas, juguetes, y otros artilugios, todo esto a un euro cada cosa, lo único que cuesta algo más son las películas, esas que recién se estrenan en el cine, y que las tienen unos jóvenes, acomodadas y ordenadas, sobre una manta extendida que está enganchada a una soga que en caso de necesitarlo, pueden tirar de ella y salir corriendo. Sigo caminando hacia las taquillas del metro y me cruzo con un señor mayor muy feliz que canta una especie de rock moderno, mientras da golpes y roza la guitarra como intentando emitir música, este hombre me divierte mucho y le doy una moneda, porque en esta ciudad, a veces, el talento se paga (en este caso mi “caridad” fue un intercambio, porque yo sonreí, que me hacía falta ya). Justo antes de meter el ticket del abono en la ranura debida, veo que un anciano se aproxima a una gran velocidad hacia mí y me empuja literalmente para pasar primero él. A mí entrar detrás de él me da igual, pero si me hubiera pedido permiso, lo hubiera preferido, ahora me quedo como indignada, intento que se de cuenta pero no mira hacia atrás, sino que sigue empujando a más gente como si eso le divirtiera ¡Y yo que siempre he creído que la gente mayor era más respetuosa! Ahora con veinte años me doy cuenta que eso no es así, y ruego a la vida que no me haga así de cruel el día que tenga que ser vieja. Dentro de la estación de metro hay mucho alboroto, un grupo de chicos, con chalecos muy vistosos, intentan parar a todo el que pasa por su lado para asociarlos a una organización no lucrativa o hacerles una encuesta, ¡Vaya a saber uno de qué! Porque hoy en día hay todo tipo de encuestas, y yo no sé si realmente sirven para algo, mi primo trabaja en eso y dice que “son una técnica de investigación muy práctica para establecer la estrategia de comunicación de las empresas” pero a mí eso me da igual, sigo pensando que no sirven de mucho. Ahora mismo yo trato de esquivar a los desesperados encuestadores, pero un día me paré y no sabía responder correctamente algunas preguntas y veía cómo ellos se inventaban las respuestas que yo no sabía responder. En fin, que sigo mi camino, voy a la línea uno, a la Plaza de Castilla porque me dijeron que ya están casi terminadas esas torres de cristales que están muy cerca de allí, no las Torres Kio, sino unas que están las tres muy juntitas y que desde que se empezaron a construir no hicieron más que ruido en la zona. Aunque hay que reconocer que siempre hubo mucho ruido cerca de Plaza de Castilla, porque entran por ahí muchos coches y autobuses que vienen de fuera, y salen también. El sistema de intercambiador de transporte público está obsoleto y el nuevo aún no acaban de construirlo, por lo que vemos varios autobuses apretujados entre sí en estrechas dársenas, y otros tantos intentando entrar en ellas haciendo sonar el estridente claxon y provocando la ira de otros usuarios de la vía por estar atravesados en plena avenida. El ruido en la zona se vuelve insoportable e incluso es contaminante. Además hace tiempo también que hay obras en la avenida Asturias, en varias partes, y dentro del metro también las hubo, que yo recuerdo que varias veces han cerrado el corredor por algún problema en las instalaciones. Hubo una época en la que se pensaba que estas averías o inconvenientes se trataban de un conjunto de acciones dentro de un boicot contra la red de metro. La verdad es que el ruido forma parte de la cotidianeidad de la ciudad de Madrid, el ruido molesta, pone de mal humor, contamina y llega a ser enemigo de la paz urbana, pero es a la vez parte integradora de la estructura de la metrópolis.

Como comentaba, yo bajo al andén que me corresponde, y espero a que la máquina venga. Mientras tanto, me pongo a ver las noticias fugases que me trasmiten en ese canal que es específico del metro, que proyectan en un televisor muy grande en medio de las vías. Al cabo de cinco minutos, oigo por los altavoces que dicen: “atención señores viajeros, atención, por avería en las instalaciones, el servicio en línea uno entre las estaciones de Ríos Rosas y Plaza Castilla estará interrumpido durante un período estimado de quince minutos, disculpen las molestias”. Miro a mi alrededor y veo cómo algunas personas salen de la estación, talvez se irán en autobús, yo es que no conozco muy bien los trayectos así que espero…espero… y espero. Hay días en que esta espera se hace eterna, y aún es peor los días de lluvia cuando se inundan los espacios subterráneos y prohíben el acceso…ese día, llegar temprano a donde se quiera ir resulta una tarea prácticamente imposible. Afortunadamente, hoy no es un día de esos, recuerdo haber visto el sol antes de meterme en las profundidades del metro madrileño. Al cabo de unos quince minutos, escucho que se acerca el tren…dentro me encuentro más músicos, venidos de alguna parte del mundo en la que nunca estuve, cantan en un idioma que no conozco y no sé qué dicen pero me gusta: les doy algunas de las moneditas que me quedan.

El tren va lleno de gente, unos se quejan de los otros, las señoras quieren sentarse y la mayoría de jóvenes juegan a que no las ven para seguir muy bien acomodados en sus sillas hasta que llegue la parada en que tengan que bajarse. En cada parada me fijo en un aspecto curioso: a pesar de los carteles propagandísticos repartidos en las instalaciones del metro donde pone claramente: “Deje salir antes de entrar” y de que, por lógica, es más cómodo seguir esta sugerencia, la mayoría de la gente parece perder toda capacidad de racionalizar, cuando las puertas del tren se abren, e ignoran dichos letreros. En este mismo instante, estoy asistiendo a una lucha humana (¿o debería decir inhumana?) que tiene lugar en la mismísima puerta: un señor de unos setenta años golpea con su bastón en la cabeza a un niño que a penas aún no ha pasado la veintena, al tiempo que le grita “maleducado”. La realidad es que el niño estaba en todo su derecho de salir del tren antes de que el apresurado hombre entrara a los empujones para lograr su “merecido” asiento.

Acabamos de dejar atrás la parada de metro de Tetuán, ya me queda poco para bajar, me olvido de lo ocurrido hace un momento como lo hacen todos los que están a mi alrededor, al fin y al cabo, son cosas de todos los días. El individualismo es una característica del usuario de metro: están, por ejemplo, quienes van con sus cascos enchufados a un aparato de música que suena tan alto que podemos distinguir de qué tipo es; están quienes se esconden en las páginas de sus libros; quienes se encierran en un mutismo misterioso; quienes observan todo con cara de asco; quienes están esperando la oportunidad para sentarse en cuanto alguien se ponga de pie; quienes se dedican a pasar una mirada detallista por todo lo que los rodea. Este último es mi caso. Al dedicarme a esto durante mi trayecto, suelo pensar en lo extraña que es la gente para vestirse, quizá lo son para mí, la cuestión es que podemos ver colores como el verde y el naranja combinados con rojo y amarillo en una especie de arco iris o arreglo floral. Los vestidos que más me llaman la atención por su practicidad son los que llevan unas mujeres morenas de gran contextura física, en cuyas telas envuelven también a sus bebes como en una especie de saco de canguro. Los usuarios del metro no son gente de pocos recursos, hay gente de todas las clases sociales, desde ejecutivos trajeados, de buen sueldo, y señoras pintarrajeadas, esposas de altos cargos, hasta “ocupas” y vendedores ambulantes, que no llegan a fin de mes. Es increíble lo variopinta que es la situación dentro del vagón.

Hoy he ido a buscar mi finiquito al trabajo, mi jefe me ha dicho cosas muy bonitas sobre mi capacidad de trabajo y mis posibilidades de futuro, en fin, nunca me aumentó el sueldo y no pensaba hacerlo en años así que aquí estoy: es mi primer día de vacaciones no disfrutadas y, como aún no puedo apuntarme al paro, me voy a pasear por la ciudad. Pensando en esto estoy, cuando una mano extendida me saca de mi letargo matutino…un hombre con la piel quemada me está pidiendo que le de dinero para sobrevivir en este mundo. La vida no ha sido buena con él, ¿porqué yo voy a comportarme igual? pienso mientras rebusco en mis bolsillos si queda alguna monedita de las que me dieron en el banco al cambiar el cheque del finiquito. Casi no me queda nada pero le doy las últimas y todos contentos.

Llego a Plaza Castilla…menos mal porque ya no me queda ni un céntimo para repartir y no quiero cambiar los billetes del escaso finiquito que milagrosamente debe durar todo el mes. Y es que Madrid es una ciudad donde abunda la gente que vive de la caridad por lo que resulta difícil ayudar a cada una de las personas que se nos ponen delante con la mano extendida o con un estuche delante del puesto donde tocan maravillosamente sus instrumentos o con una gorra en la mano mientras cantan melodías indescifrables. Al salir del metro en el intercambiador de Plaza Castilla me doy cuenta que la venta de diversidad de utilidades no ha acabado, desde pañuelos a verduritas, todo el mundo intenta venderme algo y si me despisto se me tiran encima. En un intento de alejarme de este conglomerado de comerciantes, tropiezo con una baldosa rota en la acera y al caer, me golpeo fuertemente la rodilla. Entre la vergüenza y el dolor muscular, intento desesperadamente levantarme pero no consigo mover la pierna. En una pequeña fracción de segundos, tengo a mi alrededor cinco hombres que me sujetan de donde pueden y me levantan con todas sus fuerzas, en un abrir y cerrar de ojos. Al darme cuenta que puedo pisar medianamente bien, agradezco rápidamente a las ansiosas miradas masculinas y continuo la marcha, aún me queda andar unos diez o quince minutos hasta las torres para verlas mejor y sacar una de esas fotos de postal.

De camino, voy pensando qué haré de mi vida, en primer lugar tengo que buscar trabajo, pero no sé por dónde empezar, en segundo lugar, debería conocer más la ciudad mientras tengo tiempo porque llevo tres años viviendo acá pero me resulta difícil disponer de ratos libres para pasear. Me paro un momento porque la rodilla me ha vuelto a doler, pienso que quizá debería acercarme al hospital a que me revisen pero no me termino de decidir.

No me gustan mucho los hospitales, la última vez que estuve en uno pase muchas horas sentada en una silla poco cómoda, rodeada de gente enferma o lastimada, donde el mío era el mejor de los semblantes y las miradas de mis compañeros de sala de espera se posaban sobre mí como intentando arrebatarme la salud. Realmente fue una situación desesperante, cada una o dos horas sonaba mi nombre por el altavoz seguido de un número de sala al que debía acudir para realizarme determinados estudios, y los más envidiosos me lanzaban miradas de odio porque ellos seguían ahí esperando; sin embargo, lo que no sabían es que, antes que ellos, muchos otros pacientes habían rodeado la sala en la que yo esperaba pacientemente desde muy temprano en la mañana. No conservo un buen recuerdo de aquel día en el hospital en el cual pasé más de diez horas tras las cuales salí con un diagnóstico poco claro, los ojos vendados, la prohibición de no leer ni utilizar el ordenador, y la obligación de retirarme a la oscuridad de mi cuarto hasta el día siguiente.

Al pensar en aquel día, mientras caminaba hacia las torres, tomé la ferviente decisión de no acudir al hospital a menos que el dolor de rodilla se volviera insoportable o se formara un hematoma que tuviera la consideración de “grave”.

Una vez que estoy lo suficientemente cerca de las torres como para admirarlas y eternizarlas en una foto única, me doy cuenta que son cuatro y no tres como yo veía siempre desde lejos. Ya había leído yo en el periódico que se estaban construyendo cuatro torres pero creí que aún no habían empezado con la que yo no veía. Aquí está ante mí la torre escondida, preciosa, imponente como las demás. Están tan cerca una de la otra que asusta. Los obreros están trabajando sin parar, salvo unos que pasan junto a mí comiéndose su merecido bocata, que despierta en mí el hambre de quien ha estado caminando toda la mañana sin probar bocado. Giro sobre mí, con la mirada atenta, en busca de un sitio de comida rápida pero no veo nada que se le parezca, sólo carteles y máquinas por todas partes, coches, carretera, edificios de vivienda, oficinas, las torres Kio a lo lejos…allí iré, recuerdo haber visto muchos fast-food por los alrededores de Plaza Castilla. Antes de emprender mi camino de regreso, saco la cámara, la ajusto, miro las torres, no caben en mi fotografía, por más que lo intento una y otra vez, no caben, son demasiado altas, y ocupan mucho espacio a lo ancho también. Resignada ante tal inmensidad, hago fotos de diversos ángulos que me llaman la atención, o bien porque el sol se refleja en el cristal o bien porque me parecen formas originales o simplemente porque la tecnología digital tiene eso: haces mil fotos de las que al final sólo te gustan dos. Antes de empezar a sentirme como una turista japonesa, regreso por donde vine.

De camino, me entra la nostalgia de la navidad, las calles ya están adornadas con las famosas y típicas luces navideñas, nada nuevo a decir verdad, pero me gustan, hacen de Madrid una ciudad más cálida, más acogedora, me hace sentir como en casa. Este año no iré a mi país para las fiestas, aún no sé dónde pasaré la Nochebuena pero para despedir el año ya tengo pensado ir a la Puerta del Sol y tomarme las uvas con mis amigos.

Pensando en esto, me acuerdo de las navidades del año pasado, a estas alturas estaba acampando en el aeropuerto. Me habían dado vacaciones y había comprado un billete para viajar a Argentina, por una compañía de vuelo que ahora estaba en quiebra y no estaba efectuando los vuelos proyectados. Recuerdo que cuando me enteré por la radio no lo podía creer, acudí inmediatamente al aeropuerto y me encontré con que las oficinas de dicha compañía aérea estaban cerradas, nadie sabía nada y ya había gente intentando reclamar sin obtener respuesta. Empecé a pasar días enteros en el aeropuerto, yendo de un lado al otro, según indicaciones, y las salas de espera se convirtieron en el espacio donde pasaba la mayor parte del tiempo, me di cuenta que prácticamente vivía en el aeropuerto pero no tenía otra opción. Conocí gente que estaba acampando allí, un grupo de gente que venía de diferentes partes del mundo y tenía también diversos destinos, llevaban días sin ducharse, durmiendo entre chaquetas, bolsos y algún que otro saco de dormir que algún afortunado poseía. Habían improvisado unos carteles de protesta y con las sillas hacían ruido para llamar la atención mientras cantaban canciones típicas de las manifestaciones más multitudinarias. Era un auténtico caos, y era de esperar que la policía nacional pronto se dejase caer por allí. A pesar de intentar calmarlos, no hicieron mucho al respecto, dejaron que se expresaran e intentaron no intervenir, talvez entendían más que nunca la causa de la protesta: esos viajeros, como yo, nos estábamos quedando sin la posibilidad de ver a nuestras familias en los únicos días libres que nos habían concedido por motivo de las fiestas. Algunos llevaban años ahorrando para poder viajar a sus países, otros estaban de paso en Madrid después de un tour por Europa, pero todos querían llegar a tiempo para levantar la copa y darle un fuerte abrazo a sus familiares en Nochebuena. La situación se volvió insostenible, yo sólo salía del aeropuerto para comer y ducharme en casa, porque cuando ya habían pasado dos días de que tendría que haber volado, ya me quedaba a pasar la noche allí, dormitando sobre mantas que habíamos llevado los que teníamos casa en la ciudad. Vinieron las cámaras de televisión, nos entrevistaron, protestamos, gritamos, algunos hacían más escándalo que otros, incluso hubo quien sufrió un infarto. Luego, esto se convirtió en una auténtica acampada, cantábamos y llorábamos, reíamos y maldecíamos, hasta que uno tras otro fueron desapareciendo, nos enterábamos que habían conseguido un vuelo por otra compañía o que las Autoridades les habían puesto un vuelo charter o que se habían resignado y se habían vuelto a sus provincias. Entre esas miles de historias, estaba la mía, faltando un día para Nochebuena, no pude aceptar que me quedaba sin viajar, pedí dinero a distintos familiares y compré un nuevo billete por otra empresa, para finalmente llegar a mi país a la hora de la cena, un par de horas antes de decir “Feliz Navidad” y perderme entre copas y abrazos tan esperados por todos. No volví a saber nada de los que seguían ahí, en un rinconcito del aeropuerto, esperando una solución que talvez nunca les llegó.

Estas fiestas serán totalmente diferentes. Permaneceré en la ciudad que tanto estrés me causa, pero que a la vez me encanta y me mantiene activa. En Madrid siempre hay algo para hacer, siempre hay algo nuevo para ver o para divertirse, es un mundo de sensaciones, una ciudad multicultural, de una gastronomía increíble, y “donde todo puede pasar”. Por eso despierta las más diversas pasiones entre quienes la conocen, desde profundo amor o encanto hasta rabia y odios indescriptibles, porque para mal o para bien, como decía una amiga: “Madrid sólo ocurre en Madrid”. Mientras voy pensando todas estas cosas, ya estoy sentada a la mesa de unos de esos restaurantes de comida rápida, acabando de comer, y observando a través de los cristales cómo corre la gente de acá para allá, sin detenerse ante nada, todo el mundo corre en la ciudad de las prisas, incluso los que parecen estar parados esperando el autobús, también están inquietos y dan pequeños pasos como intentando alejarse de allí sin conseguirlo. Yo misma corría hace un rato por las escaleras del metro, sin saber porqué, como si una fuerza invisible me arrastrara hacia abajo (¡siempre por el lado izquierdo!), yo no llevaba prisa pero ahí estaba, corriendo, como si fuera a llegar tarde a alguna parte. Incluso corre también aquel joven que, cada mañana, sube y baja las mismas escaleras del metro de la línea 9 en Plaza Castilla, sin entrar ni salir de ningún tren, cantando su canción favorita, con un radiocasete al hombro, una gorra visera negra y una camiseta de los “Rolling” que jamás se quita. Este curioso ser parece feliz, no habla con nadie, sólo les canta, escucha la canción y disfruta al compás de la música y del subir y bajar de las escaleras mecánicas mientras corre por ellas hacia ninguna parte. Nunca nadie le pregunta hacia dónde va, pero todos sabemos que durante esas horas de la mañana, aunque uno vaya más tarde para el trabajo, él está allí, vaya uno a saber hasta qué hora y a dónde va cuando sale del metro si es que sale. Este tipo de personas, no muy equilibradas, abundan en la capital y aunque al principio sorprenden, dan risa, o pena, o simplemente despiertan curiosidad, al cabo de un tiempo, uno se acostumbra a que son parte del paisaje urbano. Tal es el caso de la señora que se pasea por la zona de Nuevos Ministerios, con un abrigo rojo, vestida con ropas de noche de lo más juvenil aunque pasa los sesenta años fácilmente, con su cabello estropeado al que ha agregado unas rastas de lana roja, y con su caminar apresurado, esta mujer, se acerca al que pasa y le pide ansiosamente un cigarrillo, al oído. No hay cámaras ocultas ni se trata de un show, es la vida misma, la vida de una persona que cada día repite su forma de actuar, con un guión que está en su mente, y sobre un escenario urbano que puede volver loco a cualquiera que no esté preparado para vivir en Madrid.

Tengo que ir a Sol, para comprar algunos regalitos además de ver los puestos de Plaza Mayor, Cortilandia, el árbol de navidad y las lucecitas, cuando oscurezca. Me meto otra vez al metro, no es que adore este transporte público pero es la forma más fácil para acudir a una zona que se denomina de la misma manera que su parada de metro y es por eso que siempre me muevo en él. Al entrar en el mundo del metro, todo vuelve a ser infernal, otra vez los empujones, los atascos humanos, el caos social, la gente perdida, los maleducados, los que no ceden el asiento, etc. Cada vez que uno se introduce en el subterráneo, tiene que saber que le esperan aventuras de las más diversas y que no siempre tienen un final feliz. Ahora que estoy bajando las escaleras mecánicas y veo todo sucio, lleno de papeles por todas partes, me acuerdo que hay huelga de limpieza, llevan unos días anunciándola por los altavoces y pidiendo al usuario de metro que “disculpe las molestias” y que trate de colaborar. Parece que nadie quiere hacer caso a la llamada de colaboración porque ahora mismo estoy intentando abrirme paso entre papeles de chocolates, papel higiénico (me pregunto cómo llegaría hasta aquí) y otros tipos de basura casi indescriptibles. El olor que se respira tampoco es agradable pero pienso en que pronto saldré a Sol y el ambiente navideño inundará mi espíritu y me olvidaré de este momento. Una vez dentro del tren, contra más se acerca al centro de la ciudad, el espacio más se reduce y con él la capacidad para respirar (incluso de pensar); dentro del vagón me siento un animalito dentro de un camión de esos que trasladan a las vacas todas apiladas entre sí. Todos formamos parte de una acinesia casi mortal donde intentar levantar un brazo suele ser una actividad casi imposible y nos limitamos a luchar por tomar una bocanada de aire que nos permita sobrevivir hasta la siguiente estación donde, con suerte, se bajará mucha gente y entrará un poco de oxígeno. Cuando por fin llegamos a Sol, una nueva fuerza -esta vez visible- empuja y nos escupe a un gran grupo de personas hacia fuera, incluso a aquellos que no deseaban bajarse. Sin poder elegir el rumbo, soy guiada por una masa de la que formo parte y que seguramente tenga una especie de motor humano, y sin darme tiempo a pensar, estoy a los pies de una escalera mecánica que sube hacia un vestíbulo donde puedo elegir –ahora sí- la puerta por la que quiero salir. Salgo hacia la calle Carretas y ya me siento mejor, el aire fresco me despierta de la somnolencia a la que fui sometida por la masa usuaria del suburbano. Aferrando el bolso a mi cuerpo y mirando en todas las direcciones, me dedico a pasear, básicamente lo que he deseado todo el día, caminar por las callecitas más famosas de la ciudad, mirar los escaparates de tiendas de moda, los adornos navideños… ¡Qué horror! ¡Esto es un auténtico hormiguero! Andar cinco pasos en la zona de Sol me está costando más que todo el trabajo de esta última semana, y acercarme al escaparate de una tienda es tarea imposible. No estoy hablando de un hecho normal de amontonamiento de gente en la Puerta del Sol, sino de una especie de embotellamiento de gente, con retenciones de más de tres kilómetros, donde resulta muy difícil cualquier tipo de movimiento. No sé qué dirección tomar, pero ahora eso mucho no importa ya que me encuentro nuevamente dentro de esa masa con motor que sólo va hacia delante y de la cual resulta improbable salir. Después de casi media hora de trasladarme en esa dirección única, descubro un hueco, me escabullo entre la multitud y, chocándome a varias personas, me dirijo hacia la Plaza Mayor. Este es, normalmente, un lugar frecuentado por jóvenes y familias que disfrutan del sol y de un delicioso bocadillo de calamares mientras escuchan la música proveniente de algún violín, acordeón o guitarra de las proximidades. Hoy, repito, no es un día normal, a pesar de que aún queda para el fin de semana, la plaza parece un recinto ferial o una sala de conciertos a cuyas puertas se pide la tarjeta de entrada, comprada previamente. La diferencia con los lugares donde se celebran estos eventos es que aquí no hay orden, no hay formación de colas de espera, y no hay personal de seguridad pidiendo la entrada para acceder a la plaza, por lo que la única opción posible es entrar a los empujones y hacerse un hueco en algún grupo masificado que se dirija hacia los puestecitos de venta de cotillón y de productos navideños. Y otra vez ocurrirá el “milagro” del traslado sin voluntad propia: sin que pongamos más esfuerzo que levantar un poquito los pies, estaremos en pocos minutos delante de algún puesto donde además de poder comprar objetos muy extraños que no tienen nada que ver con la Navidad, también podemos escuchar los villancicos típicos de esta época que habremos oído, semanas atrás, en los supermercados y grandas tiendas.

Después de pasar una hora mirando dos o tres puestos, de la cual casi he perdido media hora trasladándome de uno a otro, me doy cuenta que hoy no es el mejor día para pasear, al menos no por esta zona, pero aún me queda comprar los regalitos así que me armo de paciencia y me dirijo, paso a paso, hacia Gran Vía. Supongo que allí habrá menos gente y podré comprar tranquilamente los obsequios. Como casi todas las conjeturas basadas en la esperanza y el optimismo irreal, mi suposición se desvanece en cuanto alcanzo, una hora más tarde, la famosa avenida, la vía principal del centro. Si bien es verdad que aquí puedo respirar y moverme sin ser arrollada por los grupos masificados de gente, también es cierto que las tiendas de la zona están abarrotadas de sujetos intentando adquirir lo mejor de la moda para jugar a ser Papa Noel en la noche mágica que se aproxima. Una vez dentro de una de las tiendas a las que pretendía llegar, me las rebusco para conseguir la prenda que quiero regalar, y me coloco en la larga cola de espera para pagar. Minutos antes, en el probador, me encontré una alarma y avisé al personal de la tienda; al parecer, alguien se había robado algún modelito para lucir en Nochevieja o para regalar en Navidad. ¡Qué vergüenza! Yo, por mi parte, prefiero mantener mi dignidad intacta y comprar los regalitos con mis ahorros.

Al salir de la tienda, veo que la noche ha dado paso a las encantadoras luces navideñas y el ambiente ha dado un giro enorme que me cambia el humor. Ya no importa que me hayan empujado, arrastrado, y casi pisoteado, ahora contemplo la luminosidad de la Gran Vía y me alegro de estar en Madrid para ver esta preciosidad. Estoy tan contenta que ya no siento deseos de volver a casa urgentemente para descansar, sino que más bien me apetece comer algo en un bar de tapas, así que me voy caminando por la calle Fuencarral hacia Bilbao en busca de un buen sitio donde disfrutar de las tapitas madrileñas. De camino me cruzo con otra serie de extravagancias que habitan la ciudad diariamente, pelos de colores llamativos, las caras pintadas con agresividad, pantalones rotos, chaquetas desgarradas, botas de montaña, todo en una misma persona. También se topan en mi camino algunos individuos que han empezado a festejar desde muy temprano y que ya no tienen claro hacia dónde se dirigen porque van dando saltos de un lado al otro, se ríen, dicen cosas ininteligibles, y llevan la cara roja de vergüenza. Me gustan más los bares de tapas que hay entre Sol y Plaza Mayor, o los de Embajadores o la Latina, pero nada me hará volver en esa dirección donde perderé otras dos horas intentando llegar a alguna parte. Mejor no pensarlo. Acabo comiendo pizza en un restaurante italiano de estilo moderno que cobran como si la hubieran preparado en un horno de oro. Ahora sí es hora de volver a casa. Vivo en Tres Cantos, una ciudad al norte de Madrid, donde la gente es más tranquila, los coches suelen ir más despacio, no es común ver atascos y se respira un aire más limpio y puro. No quiero llegar muy tarde así que bajaré hasta Atocha y de ahí me voy en un tren de cercanías.

Me hubiera gustado pasar por el Parque del Retiro para ver las exposiciones de invierno, comprar chucherías, darle de comer a los patos, ver a los turistas remar en el lago, hacer fotos de este paisaje natural en pleno centro de la ciudad, y disfrutar de la hermosura de la Naturaleza, pero los días son más cortos y de noche no me gusta ir. Este parque es de las mejores atracciones de Madrid pero cuando baja el sol se convierte en un lugar peligroso, los traficantes de droga se multiplican así como los mendigos, los borrachos y los manilargos oportunistas, que acechan detrás de los arbustos. Otro día, talvez vaya en la mañana, cuando la compañía es más agradable, y está lleno de pajaritos y mariposas que endulzan aún más el paisaje. Ahora me voy a la estación de Atocha. ¡Otra vez al metro! Me subo al tren y me quedo cerca de la puerta porque bajo pronto. A poca distancia de mí, va un grupo de adolescentes con mochilas, un hombre de mediana edad está cerca de ellos y los mira misteriosamente. Me quedo observándolo sin que se de cuenta y asisto a un auténtico robo en mi propia cara: el hombre introduce la mano en el bolsillo de la mochila de una de las chicas y extrae algo que no alcanzo a ver porque, como de costumbre, el vagón va pleno de gente. A los pocos minutos, justo antes de que lleguemos a la parada en la que me bajo, escucho a la chica quejarse de que no encontraba su cartera, sus amigos se ríen y no la toman en serio, al principio, hasta que se dan cuenta que le falta porque se la han robado. Yo estoy a punto de decirle que vi que alguien le sacaba algo cuando siento la mirada desafiante del ladrón posada sobre mí. No sé qué hacer, me siento incómoda, indefensa, impotente. Se abren las puertas del tren, es mi parada. Me bajo, indignada por mi incapacidad de reacción y porque ese hombre se ha salido con la suya, y no será castigado por el robo. Ahora ya no puedo hacer nada.

Al entrar en la estación de Atocha, descubro que también allí está repleto de gente. Es como si los habitantes de Madrid se hubieran triplicado desde la última vez que salí a dar una vuelta por la ciudad. Bajo al andén que me corresponde, me pongo lejos del borde porque he oído de varios casos de gente que se ha caído a las vías y otros a los que los han tirado. Después de unos minutos, llega el tren que espero, consigo asiento y me pongo a leer un periódico gratuito de esos que reparten por la mañana y que viajan por toda la ciudad, de mano en mano, de tren en tren, y a estas horas me informo sobre los hechos ocurridos el día anterior y de los que se esperaban para hoy. El tren arranca, la música clásica que emiten por los altavoces y la calefacción crean un ambiente propicio para el sueño y muchos de los pasajeros ya están disfrutando del descanso. Al acercarnos a la estación de Chamartín, me quedo asombrada por la nube gris que posa sobre la zona de Plaza Castilla. Antes estuve ahí y, si bien es verdad que por momentos se respira un aire asfixiante, no noté que había sobre mi cabeza un conjunto de gases contaminantes a modo de nubarrón. Ahora que pienso, recuerdo que algunas personas llevaban la boca cubierta para evitar ingerir algún virus del ambiente. A medida que el tren se aleja de Plaza Castilla, veo como la nube gris se vuelve anaranjada y es más grande de lo que me parecía al observarla de cerca y parece cubrir gran parte de Madrid.

El tren se adentra en el campo. Ha sido un día largo, a pesar de que no tuve que trabajar, estuve caminando de acá para allá y estoy cansada. Mañana tendré que volver a Madrid para hacer más trámites y empezar a buscar trabajo, introducirme nuevamente en el acelerado mundo de la capital, correr de un lado al otro sin saber bien porqué y comprar algún producto innecesario a los vendedores ambulantes que pueblan las entradas y salidas de metro. Esto me recuerda aquel paraguas que compré, un día de lluvia, al salir del metro, a un asiático que no dejaba de repetir el importe y el nombre del producto, algo como “paraguas, paraguas, dos euros, dos euros”. Y así sucesivamente hasta que me convenció y le compré dicho artilugio que al cabo de unos minutos se doblaba hacia arriba, a modo de paellera, se volaba hacia izquierda y derecha permitiendo que me mojara a pesar de llevarlo sujetado fuertemente. Este producto, que podría calificarse de inútil, no sirvió más que para fastidiarme el rato que lo tuve abierto, incluso cuando lo cerré porque mojaba el suelo del metro y con el apretujón dentro del vagón acabó por mojarme también la ropa. Hay un tema a tener en cuenta sobre los días de lluvia y es que la ciudad de Madrid no está preparada para este clima, las calles se inundan, los peatones van chocándose entre sí y se enredan con los paraguas que además de no permitirles ver nada a su alrededor, se convierten en armas peligrosas contra los ojos de los que no llevan dicho elemento protector. En las carreteras, se producen atascos enormes, todos quieren usar su coche, nadie quiere andar bajo la lluvia, el metro está aún más abarrotado de lo normal y mucho peor si se inunda, todo se retrasa, todo se traba, y al cabo de unas horas, la ciudad huele a podrido.

Me he quedado pensando en esto cuando escucho que el tren avisa la próxima parada: Tres Cantos. Pronto estaré en casa, descansando del trajín del día. Me bajo en la estación y me encuentro con una amiga que me cuenta que ha estado en Madrid de compras, no ha encontrado nada de lo que buscaba, ha sentido la misma opresión que yo dentro del metro y se ha vuelto a casa con las manos casi vacías. Vivimos cerca así que vamos caminando juntas, le comento que ahora estoy desempleada, me da la “bienvenida” ya que ella lleva un par de meses en el paro y me cuenta que le ofrecieron un trabajo de administrativa en Barcelona pero que no quiere moverse de Madrid, porque al fin y al cabo, es su ciudad. Cuando nos despedimos me quedo pensando en la oportunidad de irme a otra ciudad a buscar trabajo, nuevos sucesos, esperanzas y expectativas como las que traje cuando llegué a Madrid, cuando sólo conocía la Plaza Cibeles, la Puerta del Sol y poco más. Recuerdo las caminatas por el parque del Retiro para alejarme de la vida agitada de la ciudad, de las idas y venidas, de la locura del tráfico automovilístico y de gente. Recuerdo también cómo me divertía paseando en metro, escuchando a los músicos, aprendiendo miles de idiomas entre los turistas que pasean asombrados por la calle Preciados, caminando por huertas de bar en bar probando las distintas tapas y platos típicos…

Tampoco creo que sea fácil dejar una ciudad como ésta. Más allá de los ruidos, de los agobios, del estrés, de la contaminación, de la ira y la locura de ciertas personas, de las colas interminables, de las esperas cansadoras, y de todo lo que suele molestar de la capital, Madrid siempre será una ciudad entretenida, llena de vida, de extravagancias, de elementos originales, incluso impresionantes, donde un simple paseo puede convertirse en una auténtica aventura. Todo dependerá del punto de vista de quien lo viva, del optimismo que se ponga al atravesar los barrios de esta gran ciudad, y de la forma en que se esté dispuesto a esperar lo que tiene para ofrecernos. Simplemente hay que saber entenderla, conocer sus movimientos, atreverse a seguir su ritmo, disfrutar con ello y aceptar que el tiempo es el valor más cotizado en este paraíso de ambigüedades y relativismos que es Madrid.

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