Pablo Laso en su laberinto

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El Real Madrid afronta mañana (19.15 horas, La 1) el cuarto partido de la final de la Liga Endesa sin margen de error. El FC Barcelona dispone de dos oportunidades para cerrar el título, la primera de ellas en el Palau Blaugrana. El entrenador de los blancos encara el decisivo duelo en la Ciudad Condal aferrado a un equipo que vive el peor momento de su temporada. La derrota en la final de la Euroliga deprimió a un grupo que maravilló en el despertar de curso.

Enfrente, un Barcelona superior; por delante, el abismo ante una derrota probable. El eterno rival del Madrid acaricia el título. Quienes cerraron la liga regular con un récord de victorias (32-2) propio de tiempos pretéritos deambulan ahora sobre el alambre. Un largo repertorio de carencias e inferioridad está lastrando al cuadro de Laso en los últimos capítulos del año. Menos intensidad y acierto sobre el parqué y falta de alternativas desde la banda diluyen el potencial de un colectivo llamado a rubricar una temporada histórica.

Pablo Laso (46), entrenador del Real Madrid de baloncesto. Foto: Mangass (wikimedia)
Pablo Laso (46), entrenador del Real Madrid de baloncesto. Foto: Mangass (wikimedia)

El vitoriano llegó al banquillo de la capital en el verano de 2011, fracasado el proyecto Messina y con escaso bagaje en la élite. Pronto rebasó las expectativas más optimistas: ganó la Copa del Rey de 2012 mientras los suyos regalaban baloncesto alegre y veloz. Aquel Madrid, de vuelta al Palacio de los Deportes tres lustros después, devolvía la ilusión al hincha y emprendía el camino de regreso a la élite. Todo eran parabienes. Laso ejercía de cerebro de una operación de éxito inesperado.

La campaña siguiente, la de la confirmación del vasco en el puesto, trajo la definición de roles y sistemas. El Madrid se hizo reconocible. Pero aquella virtud, la de ser previsible, rebasó hasta el exceso. Desde el banquillo se repartían minutos y posiciones con escuadra y cartabón. El cuerpo técnico fiaba la capacidad de sorpresa a lo que su quinteto en pista pudiera hacer. El guion se repetía una y otra vez. La consecución del título de Liga seis años después aplazó cualquier debate sobre la idoneidad del método.

En mayo el Madrid había acariciado la ansiada Novena. Los blancos dilapidaron una renta de 17 puntos y terminaron cayendo tras encajar un centenar de puntos. Un año después, la historia se repitió. Olympiakos y Maccabi despertaron del sueño al Madrid. En ambas finales el papel del entrenador rival jugó un papel decisivo para la remontada de quienes venían por detrás. La derrota frente al cuadro israelí abrió un abismo de dudas en el seno de la plantilla. El equilibrio emocional se perdió en Milán.

Nikola Mirotic, estrella emergente, naufraga desde aquel domingo. Sergio Llull y Sergio Rodríguez alternan buenas actuaciones en la dirección con otras repletas de errores. Los interiores son protagonistas secundarios porque rige el ‘run and gun’. No mejora el análisis con el resto de piezas. Y colectivamente la caída es mayor: las señas de identidad, asidero al que se agarran los defensores del proyecto,  se diluyen según avanzan las rondas finales. Este Madrid de junio apenas recuerda al que maravilló en invierno. La frescura se perdió según transcurría la temporada; la magia después de perder en Europa.

La radiografía posterior al segundo traspié en la final continental deja a Laso malparado. Su balance es positivo en la gestión de egos pero la historia le reprueba como negociador de finales y momentos clave. Las dos caídas en la cima de la Euroliga son su peor carta de presentación. El reciente cruce contra el Unicaja de Joan Plaza en semifinales de la ACB confirmó las debilidades tácticas del equipo. El duelo contra el renacido Barça, las amplifica.

Los esquemas del entrenador alavés, reiterados y manidos, no resuelven cuestiones también habituales. El 2×2 entre Marcelinho Huertas y Ante Tomic sigue reventando las costuras de la defensa blanca. Tampoco se observa una mejoría consolidada en el juego de los pívots, muchas veces lejos del aro. El de Laso sigue siendo un conjunto sostenido por un excelente plan a pero carente de alternativas de envergadura. La zona 2-3 de Pascual, otro clásico en los enfrentamientos entre grandes, sigue cortocircuitando la circulación de balón de un equipo dinámico y raudo cuando corre el contraataque.

La evolución del proyecto parece frenada por las disfunciones mostradas en la cumbre. El Madrid de Laso suma cinco títulos en tres temporadas, registros muy superiores a los conseguidos por cualquier otro técnico en las dos últimas décadas. Sin embargo, la idea que rodea el final del curso es la de oportunidad perdida -también la de posterior e inaplazable reforma en verano-. El epílogo está mostrando a un plantel agotado. La ambición por batir récords menores minó la capacidad de un plantilla cuya defensa se ha deshecho en el tramo final. La media de puntos encajados en los playoff (casi 87) ilustra el bajón físico.

El periodo de Laso ha sido más prolífico en fogonazos de brillantez que en resultados, más completo en juego que en títulos. Derribó la supremacía del Barcelona pero no impuso la suya. Su tríptico al frente del Madrid está a punto de cerrarse (punto y seguido mediante) con dos ligas azulgrana y solo una propia. Su reciente renovación asegura, en principio, su continuidad en Madrid. El reconocimiento por los servicios prestados no esconde un ejercicio crítico ni maquilla el mal aspecto de los suyos, cada jornada más decaídos.

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