Orígenes

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¿Ustedes recuerdan cuándo el ser humano pisó por primera vez la luna?, ¿y cuándo mataron a John Lennon?, ¿o cuándo estrenaron `Verano Azul´? Cuándo se aprobó nuestra Constitución, cuándo entramos en la Unión Europea, cuándo Luisito hizo la primera comunión, cuándo se casó el primo, cuándo pasasteis el verano en Benidorm y te quemaste la espalda, cuándo fuiste al primer concierto, cuándo besaste por primera vez a tu primer amor,… Un sencillo ejercicio para nuestra frágil memoria, esa que a buen seguro ahora viajará en el tiempo como si todo ello ocurriera hace unos días, apenas unas horas. ¡Qué emoción!, ¡qué ilusión neuronal!

Ahora pongan banda sonora a todos esos recuerdos que bullen por su cabeza. Adelante, es fácil, coloquen los labios como si fueran a silbar y soplen, seguro que surge una tonadilla. Bien, para los iniciados en el arte del silbido pongan el aparato de radio en funcionamiento y coloquen un CD, un vinilo o un cassette en su interior a su gusto. Ahora sí, la nostalgia penetra en nuestro recuerdo y esa mezcla es letal. Que nadie se precipite sobre el mueble bar y acabe con la reserva alcohólica del hogar familiar.

Sí Manolo, ya no tienes tanto pelo como antes, las entradas y esa tripita cervecera hacen estragos. Y tú Carmina, el tinte ya no disimula esa cana maravillosa, y tu mirada delata más tristeza que ayer. Os estáis haciendo mayores y ha pasado el tiempo,… ¡cuánto tiempo! ¿Y la casa?, ¡cómo ha cambiado la casa!, hemos pasado de tener un simple colchón en el suelo y cuatro sillas viejas en la fiesta de inauguración con los amiguetes a tener ahora adornos inservibles hasta en el cuarto de baño. Pero lo mejor de todo, ¿quieren saber qué es?, si señores, los hijos. ¡Qué gran tesoro los hijos!, nacen y ya son una la gran alegría de la casa: la cuna, el cochecito, los pañales, los biberones, las noches en vela y las ojeras del día siguiente, los sustos, los disgustos, etc.

Cuando éramos críos debíamos ser unos salvajes, porque los niños jugaban a guerras de piedras, al futbolín, a tirarse desde el punto más alto posible, a ser Superman, a frenar la bicicleta con la zapatilla o a churro; y las niñas a la rayuela, a la goma, a la comba, a la villarda, a la pelota o a la mariquita. Y todos juntos a miles de juegos como el escondite, el escondite inglés, a bote botero, a médicos y enfermeras, al balón prisionero, al rescate, a la liebre,…; y así hasta donde les llegue la imaginación. Pero siempre jugábamos en la calle, aprendíamos en la calle, compartíamos en la calle y nuestros amigos estaban en la calle. Esos son nuestros recuerdos de infancia, y de todos sin excepción, en pueblos y ciudades.

Todos estos recuerdos son nuestros orígenes, nuestra esencia más valiosa que estamos olvidando, que hemos relegado al subterfugio tenebroso de nuestras lamentaciones más profundas. ¿Dónde están nuestros hijos?, ¿por qué están las calles de nuestros pueblos y ciudades vacías de gritos infantiles?, ¿cuándo se murió la imaginación de los juegos? Existe una estrecha relación entre el quejoso olvido de nuestros orígenes y la contestación a todas estas cuestiones. Y es que en cierta forma somos culpables de esta transformación tan marchita, culpables como padres, educadores y transportadores de las tradiciones que ostentamos y que nos negamos a plasmarlas en la vida real de nuestros infantes, a los que convertimos finalmente en burbujas de cristal.

Quizá sean nuestros temores a los peligros que existen en las calles, quizá sea nuestro hiper-desarrollado sentido de protección, quizá el modo de vida que preferimos en estos tiempos modernos, o quizá cierto bienestar en nuestras actitudes educativas. Son tantos `quizás´ que la respuesta a las cuestiones que se nos formulaban con anterioridad se vuelve ardua complicada. Hace unos días, en el autobús, se podía escuchar a una madre quejarse del jaleo que unos críos montaban a las doce de la noche en la plaza de un barrio en pleno mes de agosto. Es una ilustración más del complejo presente que podemos observar en esta generación de niños “frágiles”.

Recordemos todo el ejercicio anterior de memoria, y ahora recapacitemos en la educación que estamos injertando a los niños del mañana. ¿Nos equivocamos al consentir todos los caprichos?, ¿estamos haciendo bien al proteger en demasía a nuestros hijos?, ¿deberían jugar más en la calle y no tanto a la `Play Station´?, ¿les prestamos el tiempo y la atención suficiente?… Pensemos por un momento en todos nuestros orígenes.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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