Oradores del pasado

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Hace algún tiempo ya, ni mejor ni peor que el actual, se vivieron momentos de cambios, de transición y de politólogos de gran autoridad que emergían de las catacumbas tenebrosas para comenzar un ciclo democrático. Eran políticos licenciados, impregnados de valores humanos aprehendidos en la escuela vital del que sufre en sus huesos procesos cancerígenos enquistados durante una cuarentena. Eran personajes con una dialéctica de perfecta métrica y prosodia, aquellos mismos que en sus rostros mostraban cicatrices fruto del tiranicidio irracional que soportó esta nación.
Durante casi dos décadas España irrumpió en el hemisferio internacional gracias a una excelente ornada de oradores ideológicos, dueños de la racionalidad discursiva que se enlazaba suavemente con la visceralidad del que patrocina sus argumentos con la mayor de las intensidades y convencimiento.

De aquella libertad primigenia se ha derivado a un libertinaje cochambroso que se instala hoy en las esferas políticas cual peligroso mal endémico. De la crítica constructiva, ácida o mordaz se pasa a la burla bufonesca, a las palabras huecas y maniqueas que se utilizan para dirigir a la masa social de derecha a izquierda, de Aznar a Zapatero. La ética del discurso se arrincona ahora en los suburbios de estadistas olvidados como Churchill, Lincoln, Roosevelt o Kennedy; y aún más cercanos como Cisneros, Maura, Azaña, Carrillo o Alfonso Guerra.

Las cortes españolas fueron testigo de grandes oradores, de brillantes discursos improvisados desde la tribuna por magnánimos líderes en tiempos pretéritos. Pero en este momento nuestro parlamento es una corrala en la que a diario se producen las riñas de nuevos tecnócratas enfrascados en dimes y diretes. Hace algún tiempo que se olvidaron de los intereses reales de la plebe, de ilusionar a su electorado con deseos que llevar a cabo, se olvidaron de hacer política. Quizá deberían observar nuestros diputados el ejemplo de la conquista del pueblo estadounidense por parte de Barack Obama, o el resurgir de algunos europeístas como Felipe González, que muchos mentideros postulan como futuro candidato para la presidencia estable de la Unión Europea.

No se trata de ser el mayor de los fanáticos por defender una ideología, no es aquel encantador de serpientes el mejor de los oradores, ni mucho menos se trata de adjudicarse el poder personal a toda costa cuando uno señala al sector político. Cuando menos, un buen estadista debería ser la suma de una ideología bien cimentada, un humanista sincero y devoto de la axiología, conjuntada con una praxis política veraz y social. Todo ello plasmado en una oratoria que sea idónea para esbozar unos sueños, unas hipótesis capaces de hacer imaginar a la opinión pública la realidad pretendida.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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