Oda a los que aún lloran

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En la que probablemente sea la zona más contaminada del planeta sólo se puede escuchar un sonido: el pitido del medidor de radiación.

Ni siquiera el viento se atreve a pulular por las carreteras próximas. El alquitrán gris hace veinte años que no oye una voz. Las casas próximas parece que nunca han escuchado una risa.

En Pripyat vivían los trabajadores de la planta nuclear de Chernóbil, que se dio a conocer al mundo el 26 de abril de 1986. Quien ha conocido la ciudad después de la explosión dice que parece que todos salieron corriendo.  La huida de un enemigo invisible.

Supermercados, parque de atracciones, hoteles, colegios, viviendas equipadas… tiene todo lo necesario para vivir, excepto habitantes. El día del accidente el viento evitó que la nube radioactiva enterrase en ese mismo momento a los 50.000 ciudadanos.

La ciudad no ha superado el impacto de ver pasar frente a ella cientos de cadáveres, de oír llantos y gritos de agonía. De conocer a los que con la intención de socorrer a las víctimas y de arreglar el estropicio material, se acercaron al lugar, sin saber que estaban cavando su propia tumba. Nadie les avisó del peligro de la radiación.

Hoy Pripyat se esconde entre la maleza que la ha empezado a sepultar.

Durante dos días, sólo ella supo de la tragedia. En ese tiempo tuvo que enfrentarse en soledad a la mayor catástrofe nuclear de la historia.

48 horas de lágrimas reprimidas, de llanto en silencio.

Aún hoy llora sola, pero el dolor ha sido sustituido por el abandono.

La desesperación de los primeros momentos, de plantar cara a un monstruo omnipotente, ha dejado paso a la conformidad.

Ve la vida fotografiada. Siempre la misma imagen. El único movimiento que percibe, asomada entre los árboles, es el de los grupos de visitantes que se apuntan a un “tour por el escenario de la tragedia”

Así pasa sus días, sin noticias del mundo. Y un escalofrío la sacude al pensar que una vez fue el mundo el que no tuvo noticias de ella.

Algunos de sus antiguos habitantes han regresado a la región, y en áreas próximas pueden verse cultivos. Los expertos dicen que la tierra posee una contaminación demasiado alta como para poder extraer alimentos de ella, incluso para vivir sobre ella. Pero la mayoría de los ciudadanos persistentes son ancianos y, volver es lo único que les queda; nadie les ha ofrecido una alternativa. El lugar en el que nacieron y en el que han pasado toda su vida. También, la mayor parte de ellos perdió a algún familiar en el accidente.

Nadie sabe lo que va a pasar con el reactor. Continúa emitiendo radiaciones. Se intenta mantener escondido bajo una masa de hormigón. Pero el enemigo, que no se puede arrestar, continúa escapando por las numerosas grietas que recorren su armadura.

En los medios se conmemora el 20 aniversario de la explosión de uno de los cuatro reactores de la planta nuclear de Chernóbil. Se conmemora que aún continúa enterrando a gente de carne y hueso. Se conmemora que aún hoy se desconoce la magnitud de lo que ocurrió aquella madrugada. Se conmemora que las tres semanas iniciales, durante las que se intentó ocultar el accidente a la población, se han alargado ya a 20 años.

Fuentes de las imágenes:
www.flickr.com
www.greenpeace.com

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