“O eres mía, o de nadie más”

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Cincuenta y cuatro mujeres han muerto este año en España a manos de sus parejas, y son cientos las denuncias que se ponen cada día por agresión y maltrato, pero no es fácil luchar contra esta violencia que se remonta a la Prehistoria.

Actualmente, la violencia de género forma parte del día a día de miles de mujeres en todo el mundo, pero este problema no es algo reciente ni mucho menos: las mujeres han sido consideradas inferiores desde el principio de los tiempos. En la Prehistoria, las mujeres quedaban relegadas a un segundo plano, y cualquiera que se atreviera a llevar la contraria a un hombre o incluso a hablarle cuando no estaba autorizada, recibía su correspondiente castigo a base de golpes. Partiendo desde aquí, en los últimos años se piensa que el número de mujeres maltratadas y asesinadas ha  aumentado, ya que parece que cada año son más las mujeres que sufren esta violencia. Pero la realidad no es esa: esta violencia no aumenta, incluso me atrevería a decir que ha disminuido con respecto a épocas pasadas, gracias a la concienciación y educación actuales. ¿Por qué entonces se cree que el número de víctimas crece según pasa el tiempo?

La diferencia entre el pasado y la actualidad es que, hace años, las mujeres sufrían en silencio este maltrato, ya que pensaban que eran las culpables, y que su pareja tenía razón al castigarlas; además, antiguamente se tenía muy en cuenta la opinión que los demás tenían de ti, por lo que al tener este sentimiento de culpa, preferían callar a quedar mal en la sociedad. Ahora, en cambio, muchas más mujeres cada año comprenden que los que merecen ser castigados son ellos, y se atreven a enfrentarse a sus parejas, a denunciarles, a huir de ellos, a ponerse a salvo, a compartirlo con el mundo. Poco a poco, se dan cuenta de que no viven con el amor de su vida, sino con su peor enemigo, y tratan de escapar, de que el mundo oiga sus gritos de ayuda, y comprenden que no están solas en esta lucha, que hay algo más después de ese infierno al que antes llamaban hogar.

Uno de los peores ejemplos de maltrato es el que sufren muchas mujeres en Pakistán: sus maridos les echan ácido a la cara e incluso las prenden fuego después, por el mero hecho de negarse a usar velo, o de salir acompañadas por un hombre a la calle.

Es una vergüenza que la sociedad en la que vivimos hoy en día esté tan avanzada en muchos aspectos, como la tecnología o la ciencia, y sin embargo tan atrasada en otros, como la falta de respeto hacia la mujer, horriblemente demostrada en este ejemplo de Pakistán, y más aún, el respeto a la mujer que “supuestamente” amas. Y digo “supuestamente” porque alguien que de verdad ama a una persona sería incapaz de hacerle el menor daño, y miraría siempre por su felicidad incluso en el peor de los casos. Quizás es esto lo que les pasa a muchas de las mujeres que sufren maltrato: aman tanto a su pareja que quieren hacerla feliz, al precio que sea, incluso anteponiendo su felicidad y su vida. Pero no se dan cuenta de que no vale la pena hacer eso por alguien que te infravalora, que no tiene en cuenta tus sentimientos ni emociones, que es capaz de pegarte, matarte o echarte ácido a la cara, sólo porque tiene metida en la cabeza la idea de que si no eres de él, no mereces ser de nadie más.

Para que se libren de esa venda que ciega sus ojos, y sean capaces de entender que no se merecen ese tormento, se han creado diversas organizaciones e instituciones de ayuda y apoyo para las víctimas del maltrato, al igual que se ha declarado el 25 de noviembre “Día Internacional contra la Violencia de Género”. A pesar de todas estas medidas, no es fácil luchar contra un enemigo con el que convives y alrededor del cual has creado tu vida; muchas de estas parejas tienen hijos en común, lo que complica aún más las cosas, porque aunque la mujer huya, su pareja puede exigir la custodia compartida. En diversas ocasiones, la gravedad de la situación y la desesperación de la mujer es tal que puede llevar a que muchas de ellas asesinen a sus parejas antes de que ellos lleguen a hacer lo mismo.

Los hijos que vivan esta clase de situaciones también sufren un maltrato, que no tiene por qué ser físico, sino que puede ser simplemente psicológico: la imagen de tu padre asestando golpes y puñetazos, y propinando patadas sin control a tu madre es algo que nadie quiere presenciar, y mucho menos recordar en el futuro. A veces, a un niño que ha vivido con un padre maltratador se le han inculcado unos valores consistentes en someter a la mujer a los deseos del hombre, y en considerarse superior a ellas. Por eso, el primer paso que hay que dar para acabar de una vez con esta tortura es enseñar un correcto comportamiento a los niños, y que reciban una educación rica en valores éticos y morales: tienen que aprender a decir: “No a la violencia de género”.

Fotografías: Dreamstime.com y Gettyimages.com

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