Nunca más seré repudiado II

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Después de que la mente se me quedara en negro sentí un enorme batacazo, una sacudida abominable. Recuperé la conciencia y cual fue mi sorpresa cuando me encontré ante un maravilloso lugar con olor a jazmín y azahar. Estaba tumbado, en la misma posición que debí quedar tras el impacto, como en una especie de cama interminable de sábanas blancas. Intenté incorporarme, pero me dolía el costillar cosa fina, se supone que el alma no adolece de dolores físicos, pero yo estaba completamente molido.

Me puse de pie, la luz blanca era cegadora. De pronto me fijé que a lo lejos se acercaba sigilosamente una figura informe. Poco a poco pude deducir que era la de una persona. Se acercaba hacia mí como quién pasea y encuentra un viejo amigo. El tipo llevaba barba blanca y túnica a juego, con la barba claro, y una llave de dimensiones exageradas colgada al cuello. Cuando estuvo a la distancia suficiente como para mirarme a la cara se quedó quieto. Yo no sabía qué decir, aquel hombre me observaba con gesto paternal. De pronto me dijo: “¡Tú eres gilipollas!”.

Yo permanecí callado con gesto de incomprensión. El tipo de la barba daba vueltas sobre si mismo y me miraba de vez en cuando de reojo a la vez que balbuceaba lo que parecían ser una retahíla de palabrotas. “Mira tío –me dijo-, ¿Sabes el tiempo que llevo aquí con  esta maldita llave que pesa un quintal colgada al cuello? Abriendo y cerrando la puerta, abriendo y cerrando, abriéndola otra vez y volviéndola a cerrar. ¡Daría lo que fuera por estar ahí abajo aunque fuera por un día, y vas tú y te tiras de un sexto piso, debería darte vergüenza!”. Intenté explicarle lo de mi clavario, las razones que me habían llevado a tan drástica decisión pero al anciano no me dejaba, se le había hinchado una vena en la frente que daba un miedo pavoroso. “Mírame –le dije al anciano- soy las sobras de un ser humano, un hombre horrible”. Parecía que de un momento a otro me iba a atizar, “Tú lo que eres es un marica, si hubieses visto los personajes que han pasado por este lugar… joder –dijo con un gesto de impotencia que rozaba el sollozo- ¿tú sabes lo que es ver a las muchachas con minifalda desde aquí? ¿Sin poder siquiera tirarles un piropo? Es que me pongo malo, estoy hasta las narices de tanto jazmín y azahar. No sabes lo que tienes, o tenías mejor dicho”.

Bueno, yo estaba, pues, patidifuso. Después del infierno que había pasado aquel hombre hablándome de faldas, no podía creerlo. Intenté hacerle entrar en razón, pero el tipo estaba atacado, había tirado la llave al suelo y había comenzado a pisotearla una, y otra, y otra, y otra vez; menudo espectáculo. Entonces caí: “Tú entonces debes de ser San…”, me cortó y añadió eufórico “¡San tu puta madre!, mira te doy una oportunidad para volver al mundo terrenal, con vino, mujeres, rock & roll…”. Yo intenté decirle que no, que lo que había hecho había sido una decisión premeditada a lo largo de mucho tiempo. Me cogió de una oreja y me arrastró unos cuantos metros, me dijo que o bajaba de nuevo o me presentaría a un amigo suyo con la cola roja y cuernos que sabría ponerme en mi sitio; aquello no sonaba bien.

Quizá el viejo tuviese razón. Quizá todo había sido una película que había motado en mi cabeza… el tipo me hacía dudar. Decidí aceptar, al fin y al cabo el objetivo de todo animal es la suervivencia. Entonces fue cuando me dijo algo que me dejó a cuadros: “Puedes volver con la condición de que a la primera chica con minifalda que pase le digas, BONITAS PIERNAS ¿A QUÉ HORA ABREN?” Aquello era demasiado, “o eso o el tipo de la cola roja, tú eliges gorrión”. No tuve alternativa. “Te estaré vigilando desde aquí –me dijo mientras me señalaba con el dedo- recuérdalo, sino cumples te sodomizará el señor cola roja”. El viejo alargó su mano y la puso sobre mi cara, de nuevo paternalmente, al momento cambió el gesto y me dio un ostia que me tiró al suelo.

Ahí estaba yo, todavía con la mejilla colorada, apoyado sobre una farola esperando a que pasase una chica con minifalda. Estaba muerto de miedo, nunca había hablado directamente con una mujer, y menos para decirle semejante burrada, pero lo de que me sodomizara un tipo con cola roja y cuernos era algo por lo que no estaba dispuesto a pasar. Tenía que ser la primera, el anciano lo había dicho claramente. De pronto a lo lejos una despampanante rubia de pechos voluptuosos se acercaba caminando, llevaba minifalda, y qué minifalda, de esas que se confunden con cinturones. Caminaba segura de sí misma, como si ella fuese la dueña y señora de aquel lugar, sobra decir que todos lo caballeros en cuyo radar había sido detectada la hembra la miraban con determinación y lascivia. Decidí meterme en su camino, no podía dudar ni un segundo, pues sabía que en caso contrario mi coraje se desvanecería como la llama de un fósforo. Fue entonces cuando le dije:

-“Bonitas piernas señorita, ¿a qué hora abren?”

La mujer se quedó parada, me miró. Tras un segundo de incómodo silencio cogió mi mano y la puso sobre su seno izquierdo, no era momento de pensar en si era el izquierdo o el derecho, pero es que su corazón bombeaba con una violencia majestuosa.

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