Nueva economía, ¿para quién?

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El término Nueva economía fue acuñado por el economista Ben Arthur a finales de los años 90 y posteriormente divulgado por la revista tecnológica Wired hasta convertirse en una expresión de uso común. Al hablar de Nueva economía nos referimos a la evolución (o mejor dicho, revolución, puesto que afecta a componentes económicos de carácter estructural) que experimentan las sociedades al transformar un sistema esencialmente industrial en otro en el que actúan como motores del crecimiento los servicios basados en el conocimiento y la información. De esta manera, este tipo de servicios se convierten en los rasgos distintivos de una mejora sostenida en la competitividad y en la productividad de estas economías en las que la producción, la organización y la gestión de los bienes y servicios puede llegar a realizarse a nivel planetario gracias a los más diversos y sofisticados programas informáticos y a las conexiones instantáneas que en cualquier lugar del mundo permite Internet.

Todo lo que las nuevas tecnologías implican ya no sólo para el desarrollo de una sociedad, sino también para el día a día de cualquier ciudadano, es algo sobradamente constatable en los países del denominado Primer Mundo. Sin embargo, aquellos estados que precisamente más podrían beneficiarse de estas mejoras tecnológicas, son los que menos acceso a ellas tienen. A pesar de ello, existen algunos datos positivos: según informes realizados por el Banco Mundial, las nuevas tecnologías se difunden mucho más rápido entre los habitantes de los países en vías de desarrollo que entre los habitantes de los países desarrollados, a tasas que incluso pueden llegar a ser el doble en el primer caso que en el segundo. Este hecho podría deberse a que las tecnologías de hoy (tales como teléfonos móviles u ordenadores) requieren de mucho menos personal para su instalación y sus costes de mantenimiento son mucho menores respecto a las tecnologías tradicionales (como redes eléctricas o tendidos de líneas telefónicas). Aun así, la brecha tecnológica continúa representando un serio obstáculo para el progreso de las naciones más necesitadas y su reducción es uno de los principales objetivos de los organismos internacionales.

Si bien es cierto que la implementación de estas nuevas capacidades tecnológicas no logrará erradicar la lacra del hambre y de la pobreza por sí misma, qué duda cabe que se trata de una más que poderosa arma para combatirla, muy especialmente en lo que al aumento del bienestar de los ciudadanos se refiere. En relación a esto último existen casos muy concretos dignos de ser analizados, como, por ejemplo, lo ocurrido en Kerala, India, donde la consecución de móviles por parte de los pescadores de la zona supuso la realización de llamadas a los mercados en las que acordaban los precios de las mercancías antes de desembarcar. Este hecho, a priori tan simple, se tradujo en una disminución de tal magnitud en la fluctuación de los precios que repercutió en un aumento de las ganancias de los pescadores de un 9% y en una reducción del coste para los consumidores de hasta un 4% en tan sólo una semana.

Según datos del propio Banco Mundial, el porcentaje de personas que viven en la pobreza disminuyó de un 28% en 1990 a un 18% en 2004 gracias a la adopción de nuevas tecnologías. Pero, incluso dentro de los países en vías de desarrollo, éstas se difunden mucho más rápido entre aquellas personas pertenecientes a una clase acomodada que entre las que sufren verdaderas penurias: la desigual distribución de los recursos no entiende de países, sólo de personas.

Fuente de la imagen:
www.elrincondesele.com

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