Notas terrenales

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A veces, entre el amortiguado sonido del motor y el rayar del neumático sobre el asfalto, es bueno recibir sonidos que se alejen de la gutural sintonía habitual. Otras, en cambio, el deslizamiento del vehículo, rutinario, cabizbajo o merecidamente cansado, se acopla con tu propio ritual de pesadumbre y caminan como uno solo en el leve transitar.

Como ya he dicho, esa fusión duerme en el cajón de tus posibilidades, lidiando con el descontrol y el suave acompañamiento de la música. En ocasiones, cuando opto por esta última experiencia, circulo los dedos en busca de las cintas regrabadas que han escupido sin ningún tipo de escrúpulos las viejas melodías que acompañaron mi incipiente adolescencia. Menos mal que mi coche no tiene CD, así he podido desechar esa mala idea que tuve en el pasado.

Me encanta reencontrarme en esas cintas con mi verdadera música, pero otras veces me invaden las ganas de correr. La reiteración en dosis sustanciales otorgan al viciado aire del coche una sensación aplastante sobre los sentidos, por ello es hora de cambiar, aunque sólo sea por unas horas.

La radio musical del país llega desde los altavoces a través de un aparato reproductor escaso de sentimientos que a su vez ve enfermar sus órganos hasta que terminen de desaparecer por completo. Pronto se convertirá en un aparato con botones, una rueda para el volumen y una búsqueda invisible hacia la emisora extraída de los mismos brazos de la nada. La música o las entrecortadas voces se abrirán agrietando la sinrazón de un obsoleto medio de entretenimiento, de un cadáver con los circuitos atestados de pasado, destruidos por el presente.

Conocía un par de cadenas y el resto existían en una imaginación que no podía asimilar números, pues las notas volaban sin una emisora a la que aferrarse. Conocía sus características llamadas de socorro, las antipersonales voces de sus extasiados locutores, pero nada más. Una pequeña criatura me dio a conocer las pautas para seguir mi pequeño aprendizaje, el cual sólo sirve para huir de algunas cadenas. Como el que atisba un camino alterno en cualquier persecución, mi pequeño plano musical se abría a más posibilidad de escapada.

La radio que menciono es primordialmente comercial. Los presentadores, los que dan paso a cada una de las canciones, transmiten una exacerbada dosis de optimismo, una manera absurda de escenificar lo positivo. Luces de neón y piruletas de colores, multiplicadas entre sí y elevadas a la mayor potencia posible. Siempre he supuesto que su manera de narrar va estrechamente ligada a su sueldo, o es consecuencia de él.

Los anuncios que se escuchan proyectan la vaga capacidad de los creadores. Personas cogidas de la calle a las que se le atan finos hilos a las extremidades, subiendo todos hasta una cruz de madera abrazada por una mano. Con algún tipo de instrumento consiguen manipular sus bocas para llevar la vocalización al extremo, el énfasis a un nivel para el que no ha sido inventado.

Dejando a un lado el desastre comercial, es momento de hablar de la música. Lo primero que hay que saber a la hora de poner la radio a las 11 de la mañana es que no son las 3 de la madrugada. La música que te visita los oídos en tiempo de alcoholismo o simple desventura discotequera no puede ser la misma que escuchas a media tarde o estudiando. Por la noche, abrigado por la fría manta del viernes o sábado, el cerebro no se preocupa por analizar el contenido de la mayoría de las cosas que le llegan. Está allí como quien abandona un perro enfermo en una cuneta, como quien deja los platos a merced del pasivo aleteo de las moscas.

A no ser que te muevas por ambientes atípicos, las tres figuras de la baraja española inciden de forma soez en cualquier bar. Desde la retahíla de golpes en forma de lluvia de tornillos, tuercas y cacerolas hasta las poperas versiones de canciones magnificadas en el pasado. Por ello, y ante la aclamación popular, la radio brinda a su audiencia la misma sintonía. El problema es que algunas personas despiertan por el día, y analizan todo lo que se les acumula entre las neuronas. Intentan despedazarlo poco a poco hasta que le encuentran el verdadero sentido. Uno se preocupa por escuchar y deja a un lado oír.

El coche barre la calle y mi particular estela amarilla se filtra en la carretera como un piojo. Mientras, la radio está puesta y yo, cansado a veces de la única emisora que me gusta, voy de aquí para allá por cada una de las comerciales. Instrumentalmente hablando, sus sonidos se inundan en un estanque de simpleza, intentando engatusar con repeticiones y timbres melodiosos. Las letras mueren en pañales. No pueden llegar a nada, y deberían aprender de los discursos de los yonkis y sin-techo del tren de Cercanías. Casi todos no cumplen las pautas de veracidad, pero intentan alejarse de las palabras baúl, a no ser que su propósito sea parecer analfabetos.

Muchos letristas serán recordados. Algunos no han sido brutalmente destacados, pero me han brindado buenos momentos. El cantante de Celtas Cortos trató de meter, en sus mejores tiempos, la capacidad metafórica que atesoraba y que estamparía en el conjunto de violines, flautas y guitarras eléctricas. Radio Futura, grupo de los 80 que me inyectaron en vena mis padres en esos trayectos muertos de idas y vueltas de vacaciones, destacaba por sus letras, por las ganas de dificultar la sencillez de cualquier acontecimiento. Mägo de Oz, que protagonizó el génesis de mi adolescencia (de la parte buena), era el ejemplo de hacer buena música (antes, claro) y poder transmitirlo con algo más que instrumentos. Por otro lado, los incomprendidos raperos nos sirven en bandeja su cerebro que, tras interminables frases habladas, terminan por soltar una floritura filosófica. Bueno, al menos yo lo veo. Finalmente, los recientes Vetusta Morla se han atrevido con lo más íntimo de su cuerpo, con una plasmación absoluta del intelecto, de la acentuación y extensión del sentimiento. Han llevado su mundo a la partitura, y lo han dado sentido con palabras personales, casi eróticas. Construcciones que se consumen ante la ignorancia.

Una vez escuché que un altísimo, incluso alarmante porcentaje de canciones hablaba de amor. Siempre entre parejas. ¿Qué hay de los perros, las natillas, los balones de fútbol, los cordones de las zapatillas, las bolsas de basura? Y si no quieres nada, qué hay del resto. La vida no se reduce al amor, o no al menos al empalagoso panorama de las canciones absurdas. Son como un bollo relleno de leche condensada, pudin y leche frita; como una pechuga de pollo rellena de morcilla. Tratan al amor como a un niño de teta. Le intentan divertir con expresiones como “mi amor/corazón entregarte”, “te quiero más y más”, y una multitud de astros o esencias típicas imposibles de entregar. Algunos pretenden ser originales, haciendo gala de la antítesis de forma burda al comparar sin gracia la vida del obrero con la del ricachón. Si, Melendi. Su último single es la mayor vergüenza que he escuchado en mi vida, más que nada por su intento de originalidad, llevado al ridículo ante la impasibilidad de la audiencia.

Pero por qué siempre hablan de lo mismo y utilizan lo mismo. Las canciones deberían pasar controles, estallar al menor indicio de repetición, tanto léxica como temática. Deberían dejar la libre manifestación de los artistas, con la previa modificación del concepto de artista. Lo peor de todo es el bombo que se les da, partiendo de la forma con que los presentadores les colocan en nuestros oídos. Una canción que hablaba del complejo de Peter Pan de un intento de malote que ahora quiere hacer sus pinitos en solitario fue recibida como “bonita” por parte de la locutora, con una voz sensual que pretendía vender aquello como el descubrimiento del milenio.

Aún así, ellos seguirán torturando mis altavoces. Es verdad que yo soy el que los pone, pero mi desidiosa actitud descarga su extrema manifestación en la elección musical de un reiterativo coche. Siempre digo que tengo que hacer más cintas, pero los casettes se quedaron en el segundo lanzamiento de los Backstreet Boys. Ni siquiera David Bisbal ha enseñado sus rizos en este soporte. Por suerte, cuando cambio de coche reviento los cristales en busca de evasión, y consigo dejar el volante para cabalgar en las ideas, en los solos, en la verdadera música. Ésta es la que te envenena, la que de placer te hace sangrar, la que hiere el acontecer normal. Si tus aspiraciones descansan en ese coche, no escuchas música.

Supongo que seguiré escuchando emisoras simples que suenan en cada peluquería y secretaría, sé de sobra que algunas me harán despegar los labios o golpear algún elemento del coche, pero también sabré que no estaré orgulloso de mí, o al menos no siempre.

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