Nota 2: Noche de fiesta y reflexión

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Sabía los errores cometidos, los fallos que me debían enseñar algo y las heridas que cree yo misma. Consciente de todo ello, asumí la responsabilidad de no repetirlos. No lo conseguí.

Cuánta gente habré perdido en el trayecto y cuánta han pasado de mí. Gente que no quiso acercase, a la que no quise acercar, gente que se fue sin avisarme y gente que no pudo avisar. Desde pequeñita supe que la soledad elegida debía ser estupenda, porque la impuesta era una pesadilla. Y que no hay peor cosas que sentirse sola estando en compañía.

Se supone que tendría que ser ahora más sabia que al principio, pero en realidad no es así. Más perdida que nunca y con más miedo que nadie. Es sorprendente como tu corazón nace fuerte y poco a poco se debilita, cada paso más frágil.

Sé de gente que no quiso estar, personas que estaban sin querer, gente que quería pero no podía y gente a la que abandoné. De muchos no me pesa su ausencia, de otros  arrastro sacos de dudas. No entender me mata, me mortifica, me desquicia. Saber que de todos aquellas personas a muchas no les importé nada y a otras más bien poco. Que muchas veces puse más de lo que recibí y otras menos de lo que me dieron.

Y al pensar en todo ello se siente una tan desolada como asquerosa. Tan herida como cruel. Sabiendo que no he llegado ni a media vida, pensando que este palpito leve de dolor no ser hará más pequeño sino al revés. Que tanta gente conocí y tanta conoceré. Solo de pensarlo me tiembla la barbilla. Asoma una pregunta entre tanta reflexión: ¿alguien se habrá sentido así por mi culpa? Pagaría por creer que no.

Pesan las ausencias inesperadas, las palabras que se decían con cariño y se convirtieron en lágrimas. Pesan los abandonos involuntarios de personas queridas y necesitadas. Pesa todo tanto que la corvadura de los ancianos cada día es más comprensible, las arrugas no solo las provoca la sonrisa y la luz de las miradas cada día es más oscura.

El único alivio ante tanta autocompasión gratuita es la gente que quiso quedarse y que nunca se ha ido. Es compañía muchas veces no apreciada, pero permanente. No siempre será la mejor, pero calma los dolores de las heridas. Intentan arreglar los desgarros del corazón. Gente que merece un “yo” mejor.

A pesar de ello, hay un día al año, uno solo, para recordar lo que tuviste y perdiste, lo que perdiste sin que nunca fuera tuyo, lo que soñaste y no tendrás, lo que no esperas y llegará. Un día o una noche para desbordar mares pequeños a través de pupilas profundas y cansadas, arrojando los pensamientos de gentes que ya no importan nada.

Fuentes de las imágenes:
www.tadega.net
www.gentsupplyco.com
www.másde100pupilas.blogspot.com

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