(No es un) Juego de niños

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Más de 39 millones de niños son víctimas de la guerra. Esta cantidad equivaldría a la población de Polonia. Se convierten en soldados (más de de 250000 ya lo son), refugiados, desplazados, sufren violencia sexual, malos tratos y explotación, o son víctimas de restos explosivos de guerra o minas antipersona.

Para una niña, ser soldado significa someterse a las órdenes de los combatientes, realizar tareas domésticas o de enfermería y ser objeto de abusos sexuales por parte de uno o más milicianos. Su situación representa elevar las posibilidades de contraer sida o quedar embarazada a una edad temprana.

Para un niño, ser soldado significa ser obligado a cometer crímenes de guerra, ser mensajero, espía, porteador y también proporcionar servicios sexuales.

El reclutamiento de niños no es una práctica nueva. La palabra infantería viene del latín infans, que significa niño. Más del 45 % de las muertes producidas por los conflictos armados ocurridos desde 1990 eran niños, según UNICEF. La mayoría de los conflictos que han finalizado recientemente han involucrado de manera masiva a la infancia (Liberia, Sierra Leona, Angola, Afganistán y El Salvador, por ejemplo).

En más de 30 situaciones de conflicto de todo el mundo se cometen brutalidades contra niños, que son utilizados de forma cruel para alcanzar los objetivos fijados por adultos. Se calcula que más de 2 millones de niños han muerto en situaciones de conflicto armado y que otros 6 millones han quedado discapacitados de por vida. En un porcentaje cada vez mayor, los niños y las mujeres se convierten en víctimas de la guerra, y el número de víctimas mortales entre la población civil ha pasado a ser superior al registrado en cualquier otro momento de la historia de las guerras. Miles de niñas son violadas o sometidas a otras formas de explotación y violencia sexuales, y los secuestros de niños y niñas en sus casas y sus comunidades adquieren una magnitud sin precedentes.

Los lugares que deberían suponer un refugio seguro para los niños, como escuelas y hospitales, son uno de los principales objetivos de los ataques de los grupos armados. En muchas ocasiones, las partes involucradas en el conflicto niegan de forma sistemática a los organismos el acceso a los territorios bajo su control, con devastadoras consecuencias para la población civil, y en especial para los niños. Y además, se calcula que la lacra de las minas terrestres acaba todos los años con la vida y el bienestar de entre 8000 y 10000 niños. También hay indicios de que la trata de niños en zonas de conflicto o de niños procedentes de esas zonas es una tendencia transnacional cada vez más común, y que está vinculada a complejas redes internacionales de delincuencia. Con frecuencia, esas redes alimentan los conflictos facilitando la conversión de recursos naturales como diamantes en los medios e instrumentos de guerra.

La amplia disponibilidad de armas pequeñas y armas ligeras ilícitas en las zonas de conflicto y en áreas problemáticas sigue siendo un importante factor que permite el reclutamiento de niños soldados. Estas armas son cada vez menos costosas, de simple utilización y pueden transportarse fácilmente, con lo que se pueden entregar a niños y enseñarles a usarlas. Un ejemplo de ello es el fusil de asalto kalashnikov, el famoso AK-47, que pesa menos de cuatro kilogramos.

En ocasiones, los graves problemas experimentados al tratar de reintegrar a estos niños en sus comunidades después de los conflictos se ven acrecentados por la profunda adicción de estos niños a drogas duras como la cocaína y su dependencia de ellas. En Sierra Leona, por ejemplo, los niños recibían a menudo una mezcla volátil de cocaína y pólvora para anestesiar el miedo durante el combate. Y, ya que en la actualidad los niños son también quienes cometen las brutalidades, su reintegración es a menudo un proceso complejo de expiación, cicatrización de las heridas de la comunidad y negociación con las familias para que los acepten de vuelta. Todo ello tiene repercusiones importantes y plantea problemas considerables en cuanto a necesidades de recursos y diseño de los programas psicosociales y otros programas de reintegración necesarios.

Los niños son inocentes y vulnerables. No están preparados para adaptarse o responder a los conflictos. Son los menos responsables de los conflictos y sin embargo sufren de manera desproporcionada las consecuencias de sus excesos. Los niños representan la esperanza y el futuro de toda sociedad. Si los destruimos, destruimos también a la sociedad.

Fuente: UNICEF (www.unicef.es)
Fuente de la imagen: news.bbc.co.uk

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