Ni juntos ni revueltos

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GilaCreo de un modo enfermizo en las casualidades, y achaco al azar lo que me ha sucedido hoy: por un lado, leo en esta interesante entrevista a Samuel Aranda (ganador del premio World Press Photo 2011) que los medios de comunicación en España (…) son los medios con menor imparcialidad de cuantos ha conocido el joven fotógrafo. Por otro, asisto a una tierna escena costumbrista de “entrada de biblioteca”; esas que presencié tantos años y que sigo presenciando, ahora, como eterna estudiante. Entre libros de todo tipo, cotorreo, regusto a tabaco en el ambiente y latas de Coca-Cola a medias, se oye de todo. Que menudo cabrón el profesor Arias, que quiero acabar ya, que he dormido tres horas, que qué apuntes más de puta madre me he bajado de no sé dónde. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el “Es que me encanta escribir” que le soltó una chica con una camiseta de los Ramones a otra con gafas, que le preguntaba “¿Y cómo te ha dado por Periodismo?”. La de las gafas consideró adecuada esta explicación, sonrió, y volvió a ensimismarse en su Blackberry. Para entonces yo no sabía si reír o llorar. 

¿No se acuerdan de la periodista que ganó un Pulitzer por El mundo de Jimmy? Se llamaba Janet Cooke y escribió, a principios de los 80, un impactante reportaje sobre un niño drogadicto que pudo remover conciencias. El único detalle que no desveló Cooke sino a posteriori –y por supuesto, tras haber renunciado al galardón- es que Jimmy no vivía en las calles de Estados Unidos, sino únicamente en las de su imaginación. ¿Qué ha cambiado en 30 años? Afortunadamente, mucho. Hoy la información y la contrainformación corren como la pólvora -y, como la pólvora, también vuelan los cimientos más aparentemente sólidos-. Los bulos se desmienten con la misma celeridad con la que se crean, y el conocimiento se ha democratizado. Hoy –siempre hablando desde la comodidad de la zona mullida de la brecha digital-, quien lleva la venda de la ignorancia en los ojos es más porque quiere que porque se la impongan. El único problema es que en este país impera esa extraña ley que, como un calcetín, da la vuelta al refrán: lección sabida, lección dormida  -y no al revés, como decían nuestras abuelas-… porque parece que lo que había en aquellos apuntes de Lógica es aprendido un día y después se enmohece. ¿El gusto por la escritura es condición necesaria para elegir el periodismo como forma de vida y sustento? No; es suficiente; pero, desde luego, tener la mejor pluma de la promoción no asegura una profesionalidad honesta, confiable y competente. ¿Cómo vamos a aspirar a tener medios imparciales si ya desde que empieza la formación de los que trabajarán en ellos se acusa tanta falta de rigor, de esa accuracy de la que hablaba McQuail? Hoy me da miedo pensar en cuántas brillantes plumas afiladas han reclutado los medios zafios, que por sí mismos no saben manejar el arte de las palabras y necesitan, como vampiros sociales, valerse de la comunicación para envenenar conciencias y moldear percepciones. Este es mi deseo: ojalá al abismo de la literatura no se asomen nunca las injusticias que acarrea consigo esta profesión que muchos han convenido en definir como maldita, y que al periodismo le libren por siempre de los buenos escritores que dibujan fantásticos mundos más allá de las fronteras de la realidad. 

Imagen: Gila. (Reproducción de Rocío Martínez). 

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