Naturaleza

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Haz clic sobre la foto para ampliarlaMi madre hoy se ha negado a darse un baño en el mar. Estamos ya vestidos de otoño y habría resultado fácil y rápido excusarse gracias a la temperatura baja del agua en esta época del año. Pero no.

La verdad es que daba gusto ver a la gente esta mañana. Se respiraba una tranquilidad alegre. Hemos concluido que son los que vienen de fuera los que traen la angustia, las prisas y las malas caras a santo de qué.

En medio de tanto sosiego a mi no se me pasaba por alto la manera sistemática y nerviosa con que se separaba del mar como si se tratara de algo contagioso, radioactivo. Ya me parecía rara e incómoda la conversación conmigo dentro y ella a unos metros, así que he decidido preguntar. Hacía sol y era reconfortante caminar por el agua después de dos semanas en Madrid guareciéndome sin descanso.

“Hay una confabulación del mar contra los hombres”, ha dicho. Me he quedado de piedra. Sin esperar que yo siguiera cuestionando, ha reflexionado largo y tendido sobre cómo había podido permanecer callado tanto tiempo. Aclaro: está leyendo un libro en que todos los animales marinos y los oceános en general se rebelan literalmente contra los seres humanos. De tanto mal que  le habíamos causado, el mar se había decidido por la acción. Todos estaban de acuerdo, desde un cangrejo hasta una ballena. Y, mi madre, que siempre fue muy precabida, prefería no meterse en el asunto, por decirlo de alguna manera. Quizá también por vergüenza. No son pocos los que advierten de las catástrofes naturales futuras, cada vez más mortíferas, por culpa del hombre. Tan solo recordad la intensidad de un tsunami en el Sudeste Asiático.

Podeis imaginar mi parálisis si os cuento además que en la ida del paseo nos hemos topado con el cadaver calcinado por la luz de una gaviota y, de regreso a las toallas y de sopetón, me he dado con el pánico de los ojos de un pez tendido en la orilla. Al reparar en mis espasmos ante las dos visiones ella ha recalcado que sólo se trataba del “orden natural”, que todos teníamos que morir y que eso era lo que nos hacía iguales.

Me gusta cualquier manera que establezca una relación estrecha entre animales y seres humanos. Como cuando lo sentí, a través del lenguaje, en la famosa distinción entre escritores ovíparos y vivíparos de Unamuno, escritor al que se suele adscribir la idea aquella del sentido trágico de la vida. Pero, ¿sólo para el ser humano?

Pienso ahora que nunca me quedó sufientemente claro dónde radica la superioridad del hombre por encima del resto de seres de la naturaleza. O mejor, ninguna de las respuestas logran convencerme de ser motor para legitimar. Por ejemplo, de haber sido creados por Dios ¿por qué después de erigirnos como sus hijos privilegiados entendemos nuestro papel como dominio en lugar de como responsabilidad? Queda fijada esta idea en los ensayos del lúcido Montaigne. He leído algo de ellos en los últimos días y estoy realmente fascinada. Dice: “¿Es acaso posible imaginar nada tan ridículo como esta miserable y raquítica criatura que ni siquiera es dueña de sí misma, que se halla expuesta a recibir daños de todas partes, y que, sin embargo, se cree emperadora y soberana del universo mundo, del que ni siquiera conoce la parte más ínfima, lejos de poder gobernarlo?” .En su crítica a los peligros del antropocentrismo en el seno de la Modernidad, me ha parecido la del filósofo-profeta una mirada hacia el abismo.

Abismo que he percibido, hasta el punto de caer mareada, en el documental “Una verdad incómoda”. Y si teorizando sobre la novela de Unamuno no atinamos al poner límites entre realidad y ficción, no sé si yo tampoco puedo hacerlo entre el libro de ciencia ficción que está alterando a mi madre y un documental en el que Al Gore infla su sermon con datos que precisan la señal de alarma. Cuidado. Aunque yanqui y personalista, aturde a cualquiera que lo vea por todo lo que está en juego.

Los elevados índices de los gases de efecto invernadero provocan: un aumento del nivel del mar (aún me entran escalofríos si recuerdo un mapa que presentaba las consecuencias del calentamiento global ilustrando qué partes de los continentes quedarían sumergidas primero…); mayor frecuencia e intensidad de precipitaciones (¿alguien se ha separado del paraguas en los últimos 15 días?), olas de calor que generan la transmisión de enfermedades infecciosas, derretimiento y retroceso de glaciares y procesos de desertificación.

Que los escépticos del cambio climático piensen que es el único planeta del que ya no disponemos. Que el futuro no nos espera, pide. Me pregunto por qué sólo se habla de la amenaza terrorista cuando estamos sentados encima de una bomba de relojería. Viendo las poderosas imágenes que muestran cómo mueren osos polares ahogados por el deshielo del Ártico, por poner un ejemplo, pienso con claridad. No es la naturaleza la que está loca.

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